Franco diluvio

Francia celebra su segundo título mundial bajo un temporal, con sus jugadores emocionados y con Deschamps orgulloso. Un aguacero que simboliza el fin de una era y la proclamación de nuevos reyes de este deporte.


Ya pasaron 10 minutos de festejos. Antoine Griezmann se abrazó con todos y se queda solo mirando hacia la tribuna. Y ahí, recién ahí, entiende la dimensión de lo que hizo. Llora el autor de cuatro goles en Rusia 2018 (uno de ellos en la final). Llora, y con la cara cubierta con su camiseta, vive su día de máxima gloria. Él y sus compañeros de la selección francesa son los nuevos campeones del mundo.

Pero el fin del Mundial no significa solo una fiesta para los galos. También marca el cierre de una era en el fútbol. Por más que en sus respectivos clubes todavía tengan mucho que ofrecer, el triunfo de Francia en Moscú esculpe la lápida de Messi y Cristiano como los dominadores absolutos de este deporte. Y Neymar fracasó por segunda vez como el heredero.

Esta copa la ganó el colectivismo. Los focos, las cámaras y los flashes para un un jugador quedaron para otras citas. Francia y Croacia, dos equipos (envolviendo todo el significado de esa palabra) le dieron valor al trabajo en conjunto. Y no por falta de talento individual, sino porque sus estrellas resignaron su luminocidad en beneficio de la meta común.

Que lo diga Griezmann. O Modric, que recoge el premio como mejor futbolista del torneo por protocolo y no por gusto. Porque a Croacia le dolió perder su primera y quizás única opción de ser campeón planetario. Por eso Vida, su fiero zaguero central, envuelto en la bandera, regañaba, enrabiado, desestimando la arenga de un Vrsaljko que intentaba levantar la moral de sus camaradas.

Fue Zlatko Dalić, el entrenador, quien reunió a sus pupilos para intentar devolverles en algo su espíritu, al menos para recibir con dignidad la medalla de plata. En ese minuto, con el diluvio a punto de reventar, los jugadores galos corrían hacia las gradas para obtener algunas banderas. Pogba, el más juguetón, era el único con un emblema de sí mismo como capa.

Por las pantallas gigantes empezaron a repetir lo mejor del partido. Mbappe, con cara de orgullo al ver su ejecución en el cuarto gol. Y Lloris, con cara de chiste, reviviendo su grosero error en el gol de Mandzukic. El resultado final borró la vergüenza de un arquero que hasta ayer hizo un torneo notable, en un Mundial de muchos arqueros destacados (Courtois, el mejor, Pickford, Subasić, Ochoa y Akinféev, por nombrar a algunos).

La lluvia empapa Moscú y a las autoridades instaladas en el escenario del Luzhniki. Solo hay un paraguas para Putin, el presidente ruso. Para cuando llegan las otras sombrillas, Infantino (FIFA), Macron (Francia) y una emocionada Kolinda Grabar-Kitarovic (Croacia) ya están igual de mojados que los jugadores y cuerpos técnicos.

El temporal fue un ingrediente extra para la fiesta. Lejos de opacarla, le dio más color. Varios franceses, literalmente, quedaron dorados por los papelitos que explotaron cuando Lloris levantó el trofeo y que se pegaron al cuerpo mojado de sus protagonistas.

Piqueros en el césped, montoncitos. La pelea por sostener la copa y fotografiarse con ella. El rito habitual de un campeón. Y Deschamps, que ya conocía la experiencia como capitán en 1998, observaba, con una calma sorprendente. No se salvó, eso sí, del manteo con sus jugadores le agradecieron su guía hasta la corona.

Porque Rusia 2018 también fue un torneo ganado desde las bancas. Desde la estrategia más conservadora, pero igual de implacable. Porque en Rusia, el Mundial del VAR, varios paradigmas del fútbol actual se cayeron, o se limpiaron, si se le da simbolismo al aguacero moscovita de ayer.

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