Columna de Ascanio Cavallo: Minoría e ideología



En Las epidemias políticas, el filósofo alemán Peter Sloterdijk define la ideología como la tercera “de las formas de la conciencia que engaña y se engaña”, que funciona siempre que se junten ciertos engaños deliberados con una “voluntad de creer”, es decir, una propensión a ser engañado, siempre bajo “ciertas ilusiones edificantes”.

Pocas cosas expresan mejor hoy en Chile las distorsiones de la ideología como lo que ha estado pasando con el TPP11 (en verdad, CPTPP), que moviliza a algunas personas a rechazarlo apasionadamente, mientras la mayoría de los especialistas diplomáticos y comerciales lo respalda como un proyecto conveniente. En una reciente entrevista televisiva, el profesor chileno José Gabriel Palma, residente en Cambridge, ha dicho que este tratado nació de un acuerdo entre el Departamento de Estado de Estados Unidos con las transnacionales del entretenimiento y de la salud. Suena como las novelas de Eugene Sue, donde los malos se reúnen en secreto y se preguntan “cómo podemos perjudicar a más gente”. Los registros de la Cancillería cuentan otra historia. La idea germinal del TPP11 está en un acuerdo bilateral entre Nueva Zelandia y Singapur, al que luego se sumaron, por iniciativa del expresidente Lagos, Chile y Brunéi. Ni el Departamento de Estado ni las transnacionales estaban en la reunión de Wellington donde se firmó ese primer documento, conocido como P4.

El profesor Palma parece tener un trasfondo teórico-ideológico más extenso de lo que muestra su relato conspirativo, aunque no es claro si conoce la experiencia de la red de tratados comerciales y políticos chilenos. Pero él es la referencia intelectual del subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales, José Miguel Ahumada, que se ha esforzado por impedir la suscripción del TPP11, firmemente atado a su “voluntad de creer”. El subsecretario ha llevado al gobierno a una situación ridícula: está al borde de que el Congreso desborde la facultad del Presidente para dirigir las relaciones exteriores y termine imponiéndole el tratado por mayoría. ¿Cómo lo está evitando? Por ahora, con tácticas dilatorias aún más pedestres, como el desarrollo de side letters para modificar, no algo de fondo, sino el mecanismo de solución de controversias, la letra necia de los contratos. ¿Asumirá el subsecretario la responsabilidad si alguno de esos mecanismos alternativos resulta en sentencias negativas para Chile?

Pero desde aquí se pasa a otro nivel. Ahumada dijo en diversas ocasiones que el resultado del plebiscito permitiría replantear este tratado y revisar muchos otros, en función del cambio del modelo productivo planeado para el país con y por la nueva Constitución. Después del 4 de septiembre, no se le conoce ninguna intervención en la que admita que ese propósito fue liquidado. Quizás no crea que lo fue, como no parece creerlo tampoco el Presidente, que ha hablado apenas de “ir más lento”. Como si lo rechazado fuese el ritmo, no el fondo.

El gobierno no acaba de comprender la tragedia que le ha ocurrido. Antes de cumplir un octavo de su período le ha caído un balde helado cuya contundencia tiene escasos precedentes en la historia política reciente. En otros sistemas se habría producido un reordenamiento automático y completo de las fuerzas gobernantes. En Chile, apenas un mínimo, incluso un mínimo que no necesitaba un plebiscito. La mala noticia, tal vez, es que ese reordenamiento se va a producir igual, por decisión o por inercia, porque los países soportan poco a los gobiernos que no entienden.

Quizás la profundidad del drama se entiende mejor con este dato: el gobierno actual es uno de los más minoritarios de la historia chilena. El Presidente es caso aparte, porque logró la reunión de muchos votos diferentes en segunda vuelta (tras perder la primera, eso sí). Pero la votación de sus partidos en las elecciones de diputados -las últimas comparables- apenas rasguña el 30%, siempre que se sumen a Apruebo Dignidad los partidos del Socialismo Democrático. Y eso, sin contar con que en aquella elección, con voto voluntario, sufragó cerca del 50% del padrón electoral; según los cálculos que en su vida de oposición solía hacer el FA, esto significa que, en realidad, el apoyo a la coalición sólo llegaría al 15% de los ciudadanos. A pesar de eso, Apruebo Dignidad lleva la vida y la retórica de quien se siente poseedor de una mayoría social indisputada.

Eso es lo que canceló el plebiscito del 4 de septiembre, incluso para quien quiera creer que el Apruebo fue un incremento, porque llegó al 38%. Pero eso sería como cuando el ministro Sergio Fernández dijo que Pinochet era “la primera fuerza política” tras el plebiscito que perdió, lo que suscitó el ya legendario sarcasmo del general Matthei: “¿Y dónde está la champaña?”.

Es frívolo e injusto creer que el 4 de septiembre sólo fue derrotada la propuesta de la Convención Constitucional, como si esas 154 personas cargaran con la culpa del estado de las cosas. También fue derrotado el gobierno, en una etapa demasiado temprana de su gestión. Y fue derrotado, de paso, el programa, como lo implicaba el propio gobierno cuando declaraba que algunas decisiones debían esperar a que fuesen facilitadas por el nuevo texto constitucional (incluyendo, por cierto, al subsecretario Ahumada).

La ideología tiene, como ha escrito Sloterdijk un efecto cegador -los pensadores marxistas la llamaban “falsa conciencia”-; pero puede ser erróneo creer que esa ceguera es totalmente involuntaria. Lo que Sloterdijk llama “la razón cínica” es, entre otras cosas, el esfuerzo de los gobiernos modernos por encontrar, no una manera de enfrentar la verdad, sino muchas maneras de engañarse, primero a sí mismos, y luego engañar a los demás. La ideología es poderosa en ese momento fatuo en que alcanza a masas poderosas. Pero cuando sólo es la conversación de una minoría, corre el riesgo de no ser, al final, nada más que “el ruido y la furia”.

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