Las huellas de Romina

La familia de esta licenciada en Letras, que falleció en septiembre de 2017 tras el parto de su hijo Matías, libra una batalla en tribunales contra dos médicos por las negligencia que, acusan, le arrebataron la vida de Romina Rojas Zarhi, a sus 34 años. Hace unos días, la justicia civil les dio la razón y condenó a los facultativos y la Clínica Las Condes a pagar $ 660 millones por el daño ocasionado. Pero la ofensiva por la memoria de Romina aún no termina.




-Papá no resisto, me siento muy mal… Papá, me muero.

Aún en estado de somnolencia producto de los medicamentos que le habían suministrado para calmar una supuesta crisis de pánico posparto, Romina Rojas Zarhi logró levantarse de su cama en el área de maternidad de la Clínica Las Condes y pedir ayuda a su padre, quien en ese momento la acompañaba en la habitación. Ana María, su mamá, estaba en la sala de espera.

Esa tarde del 6 de septiembre de 2017 fue la última vez que Eliot Rojas de la Fuente (73 años) escuchó la voz de su hija. Romina se desmayó, fue trasladada a la UTI Cardiológica y entró en coma. Catorce días después, el 20 de septiembre, a las 20 horas, la mujer de 34 años había muerto.

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Viajar era una de las pasiones de Fernando y Romina.

Romina Rojas y Fernando Valle se conocieron en 2011 en un bar de Providencia. Estaban sentados en distintas mesas y cuando comenzó la música lo primero que hizo él fue sacarla a bailar. Esa noche decidieron no separarse más. Se casaron el 14 de marzo de 2015 y tras recorrer el mundo durante un tiempo, quisieron establecerse. Ella se empleó como encargada de Relaciones Internacionales de la UDD, y él consolidó su trabajo como paisajista. Luego vino la decisión de ser padres.

“Lo esperamos tanto al Mati”, recuerda hoy Fernando. Además de preparar un lugar para su llegada en el departamento que compartían, Romina programó una lista de Spotify para que acompañara la llegada de su hijo al mundo.

Romina Rojas tenía 34 años cuando tuvo a Matías, su primer hijo. El embarazo fue normal, recuerda su familia.

Pero las cosas no salieron como tanto lo planeó.

El día 2 se septiembre, Romina llegó a la clínica con un cuadro de pubalgia. Una afección común entre embarazadas, sobre todo primerizas, que se produce principalmente por alteraciones hormonales y cambio en el volumen corporal. Algo preocupada, la familia intentó ubicar a la gineco-obstetra Solange Sahid Zarhi, quien, además de ser prima en segundo grado de Romina, era su médica tratante. Como no lo lograron, siguieron la recomendación de los médicos de la urgencia y Romina quedó hospitalizada por precaución. Al día siguiente, la doctora Sahid revisó a Romina y determinó que había que hacer una cesárea.

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“I will stay with you tonight Hold you close till the morning light In the morning watch a new day rise We’ll do whatever just to stay alive We’ll do whatever just to stay alive”.

Eran casi las 11 de la noche del 3 de septiembre cuando un robusto Matías, de 3.520 kilos y 51 centímetros, llegaba al mundo. Emocionados, sus padres lo abrazaban y Romina se lo llevó al pecho largo rato para desarrollar un buen apego. Tal como lo habían planeado para ese momento, sonaba Stay Alive, de José González. Es el tema principal de La vida secreta de Walter Mitty, la película favorita de Romina.

Hasta que algo pasó.

Romina Rojas comenzó a sentirse mal. Le costaba respirar y tenía una frecuencia cardíaca inusualmente alta. “Siento como que estuviera ahogada, como cuando hacemos spinning, mi amor, y no puedo más”, le dijo a Fernando.

La doctora Sahid, dice la familia de Romina, atribuyó los síntomas a un cuadro de estrés e inestabilidad emocional. Pero hasta entonces, Romina no había tenido un historial médico en ese sentido. La ginecóloga no abandonó esta hipótesis y se aferró a ella en una historia que le había contado la familia sobre una especie de crisis de pánico que había sufrido Romina a los siete años, cuando viajaba con su padre a Estados Unidos. Obtusa en ese diagnóstico y sin solicitar una interconsulta para que un especialista en siquiatría avalara su tratamiento, Sahid recetó antidepresivos y en ningún momento atribuyó los síntomas a la presencia de un tromboembolismo pulmonar (TEP) que, finalmente, le quitó la vida.

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“Me arrepiento de muchas cosas. Yo no me percaté de que a la Romi no le pusieron nunca en la clínica las medias antitrombos que le ponen a la gente que es operada, debí estar más atento o debí haberla tomado y llevármela de ese lugar. Nunca nos escucharon”, dice hoy Eliot Rojas. Cuenta cómo, desesperado, exigió que le hicieran exámenes y que la visitara un cardiólogo. Hasta llegó a llamar por celular a la urgencia de la Clínica Las Condes, que quedaba dos pisos más abajo. “¡Necesito, por favor, que un cardiólogo revise a mi hija!”, gritó por el teléfono. La operadora se sorprendió al escuchar que el lugar de la emergencia estaba en el propio recinto asistencial, dos pisos más arriba, en maternidad.

Finalmente, el cardiólogo Fernando Pineda visitó a la paciente. Tras analizar un electrocardiograma, descartó la relevancia de cuadro de taquicardia. A esas alturas, acusan los familiares, Romina tenía una marcada taquicardia por largas horas, dolor en el pecho, dificultad para respirar, saturación de oxígeno, dificultad para moverse y mareos. El médico no indicó más estudios, asumiendo que el origen no tenía que ver con algo cardíaco.

“Nos convertimos en la familia cacho. Uno piensa que cuando contrata los servicios como los de la Clínica Las Condes se asegura de una buena atención. Pero ni los aparatos funcionaban bien; tuve que pedir en más de una oportunidad que lo cambiaran, porque no mostraba el ritmo cardíaco ni la saturación, ese nivel de una clínica de élite, se supone”, reclama Rojas. Su mayor reproche es contra la doctora Sahid. Recuerda, incluso, que el día antes de morir, la profesional visitó a Romina y bromeado con el estado anímico de la mujer le dijo: “Si no te levantas mañana, te voy a levantar yo a patadas”.

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El 5 de octubre de 2018, Eliot, Ana María y Fernando decidieron que era hora de que la Clínica Las Condes y sus médicos asumieran responsabilidades en la muerte de Romina. Con el abogado Juan Ignacio Piña presentaron una demanda civil por $ 1.100 millones. Hace pocos días, el juez Matías Franulic, del 29° Juzgado Civil de Santiago, condenó a la ginecoobstetra, al cardiólogo Fernando Pineda y a la propia Clínica Las Condes a pagar un monto pocas veces visto: $ 660 millones por el daño moral que causó en esta familia la repentina muerte de Romina Rojas a causa de un “tardío y mal tratamiento de una embolia derivado de una cesárea”.

Los condenados apelaron al fallo. Pero en las próximas semanas el caso se verá también en sede penal: los médicos Sahid y Pineda serán formalizados el próximo 11 de agosto por cuasidelito de homicidio.

“Nos comenzaron a creer. Ninguno de nosotros hace esto por la plata, buscamos honrar la memoria de mi esposa, no queremos que ninguna mujer vuelva a pasar por la desidia y despreocupación con la que trataron en esta clínica a mi señora. Y también lo hago por Matías, que este domingo, en el Día de la Madre, no podrá abrazar a Romina”, cuenta Fernando.

Eliot Rojas y Fernando Valle han librado una batalla judicial en memoria de Romina Rojas. Mario Tellez/La Tercera

Buscando darle algún sentido a su muerte, Fernando y su suegro lanzaron hace poco más de un año la Fundación Romina Rojas Zarhi, orientada a reivindicar los derechos de madres y padres primerizos, otorgando acompañamiento integral, con ayuda de profesionales, a embarazadas en el proceso de preparto, el parto y el puerperio. “Está enfocado principalmente en mujeres que estén más vulnerables. El espíritu es que nunca más una embarazada pase por la falta de atención de la Romi. Si sólo uno de los médicos la hubiera escuchado a ella, lo que decía, sus síntomas, su destino sería otro. Parte del dinero de la demanda es para esta iniciativa, que está a cargo de mi suegro”, explica Fernando.

La UDD, en tanto, creó una beca que lleva su nombre y que se le otorga anualmente a un estudiante para que durante seis meses vaya de intercambio a algún país del mundo.

-Uno nunca está preparado para ver partir a sus hijos, la muerte de Romina me partió el corazón-, comenta Eliot Rojas. En sus manos tiene un libro, De oruga a mariposa, que editó con varios cuentos que su hija había escrito durante su vida. Hay uno que Eliot lee una y otra vez. Lo escribió Romina a los 14 años y se titula Mientras muero quiero decir.

“No llores, no estés triste, sé que me iré pronto a otro lugar en el tiempo en que ningún hombre vivo conoce todavía. Pero, por favor, cuando me vaya no pienses que estoy muerta. Sólo recuérdame como me conociste en vida (…). Entonces podré sentirme verdaderamente feliz, por el hecho de haber pasado por esta Tierra y haber dejado una huella en tu alma que nadie más podrá borrar”.

* Consultada la Clínica Las Condes por este caso no quiso referirse a este tema.

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