Viajeros en pandemia

Antes del Covid-19, Santiago ofrecía vuelos a 43 destinos internacionales. Hoy, sólo hay a dos, aunque se espera que se sumen dos nuevas rutas este mes. ¿Cómo es viajar en medio de una pandemia? Tres pasajeros cuentan su experiencia.




Los viajes para María eran otra cosa y no esto. No eran comprar un pasaje rápido a fines de mayo para ir a estar una semana con su hermana en Miami, que la necesitaba por un motivo que María, de 41 años, no quiere profundizar, y desafiar al coronavirus y la obligación del encierro. Por eso, explica, no le dijo a nadie. Sólo a su pareja.

—Siento que desde octubre, por el tema social, que la gente está muy polarizada. Es muy poco lo que puedes decir sin generar reacciones de las cuales después no quieres, o puedes, hacerte cargo. Entonces no, no le conté a nadie. Estaba segura de que iba a haber gente que me iba a apoyar y otra que me iba a decir qué irresponsable. Y no estaba dispuesta a eso.

El avión despegó la noche del 11 de junio. Esta última semana, 133 aeronaves comerciales salieron desde Santiago. Fueron 11.000 pasajeros de vuelos domésticos y 1.500 que salieron de Chile. De los 43 destinos internacionales que antes había disponibles, queda bien poco. Hay una ruta a Miami, la más solicitada. También a Sao Paulo y a Madrid. Desde el 7 de julio se retoman vuelos a París y, ya en agosto, se espera que se inaugure un tramo directo hacia Ámsterdam. Pero todo eso no ayuda a recuperar el vacío que han experimentado las aerolíneas y el aeropuerto de Santiago.

En un comunicado del pasado 20 de mayo, Latam estimaba un aumento gradual de sus operaciones y que en julio alcanzarían el 18%. Hoy, dicen fuentes de la empresa, creen que será de un 12% o 13%. Por lo mismo, esperan retomar la actividad que tenían previa a la pandemia recién en 2023-2024.

—Respecto del año pasado, en estos últimos tres meses hemos tenido una baja aproximada del 97% en el tráfico aéreo —explica Branko Karlezi, subgerente de Comunicaciones de Nuevo Pudahuel—. Un efecto negativo muy relevante se verá en la economía de nuestra concesión, especialmente cuando es un contrato a plazo fijo y la inversión supera los US$ 950 millones. La disminución histórica del tráfico aéreo es sin precedentes y nos traerá consecuencias permanentes.

El escritor Rafael Gumucio también tuvo que subirse a un avión. A dos, siendo rigurosos. Uno de Nueva York a Miami y, después, otro a Santiago, el 26 de junio:

—Se había vencido mi visa de turista y además tenía que volver a trabajar. El pasaje lo compré como dos semanas antes. Muy barato. Había unos, sólo de ida, por 200 dólares.

El primer tramo lo hizo en un American Airlines que, cuenta, iba repleto:

—No había distancia social. Tenías que estar con máscara, porque era obligatorio, pero era terrible, porque iba lleno. Parecía un bus. Vi pasajeros que se ponían la mascarilla como antifaz. Te daban una bolsa de papel con algo adentro para comer, que no abrí. Yo pensaba que me iba a infectar de todas maneras.

Dos semanas antes, María llegó al aeropuerto de Santiago que, al contrario, estaba vacío.

—Era como estar en una clínica a las 5.00 am.

La pandemia cambió la fisonomía del principal puerto aéreo de Chile. Todo el proceso de embarque es sin contacto físico y realizado por los propios usuarios. Desde hacer el check in, hasta etiquetar la maleta. Sólo queda un restaurante funcionando, donde bloquearon mesa por medio, algunos quioscos con comida fría y está abierta una farmacia. De la misma forma, se removieron sillas en las salas de embarque para poder mantener la distancia social. Hay otras cosas que han aparecido: separadores en cada etapa previa al vuelo, 70 dispensadores de alcohol gel y una aduana sanitaria gestionada por el Minsal. La remodelación del recinto también se vio afectada: luego de un paro de tres semanas, ahora la construcción funciona con grupos de cinco personas.

María dice que su avión iba a la mitad. Que sólo dos pasajeras llevaban puesto un overol para protegerse, pero que había varios con guantes y escudos faciales. Algunos, incluso, portaban antiparras.

El último informe de la Administración Nacional de Aviación Civil recoge esta situación. Por ejemplo, en todos los vuelos nacionales chilenos de mayo del año pasado, el factor de ocupación era 80,3%. Hoy, expone el informe, Latam tiene 62% y Sky el 46,6%. Esto está relacionado con el confinamiento, pero también, con los miedos a contagiarse. Sobre eso no hay información concluyente. Hay un estudio que analizó un vuelo entre EE.UU. y Taipei del 31 de marzo, donde 12 pasajeros con síntomas de Covid-19 no lograron transmitir el virus a las otras 328 personas que volaban. Por el contrario, hay otro estudio que muestra que un pasajero contagiado que voló desde el Reino Unido a Vietnam el 2 de marzo, infectó a otros 14 dentro del avión. Este, dice un reporte de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo del 9 de junio, es el único evento conocido donde se sospeche de transmisión múltiple a bordo de un avión. Una encuesta realizada por esta misma asociación entre enero y marzo de este año a 18 líneas aéreas, que representan el 14% del tráfico aéreo de ese periodo, reveló cuatro episodios de sospecha de transmisión en vuelo: todos de pasajero a la tripulación. También hubo otros cuatro donde, aparentemente, el contagio fue de piloto a piloto.

Por lo mismo las aerolíneas han implementado biotecnología como los filtros Hepa, el uso obligatorio de mascarillas durante el vuelo y el reciclaje completo del aire de la cabina cada dos o tres minutos. Pero aún así, María sostiene que, una vez arriba, cada pasajero usó toallas desinfectantes para asegurar la higiene de su espacio.

—Si eres grupo familiar no hay ningún problema que vayan juntos. Pero si no, te separan. Obviamente, no te dan ni frazada ni almohada. Audífonos sí hay. Y cuando llega la hora de la comida, te la sirven, pero en una bandeja de cartón duro, con cubiertos de bambú —agrega ella, que además sostiene que los sobrecargos pidieron que nadie se paseara por los pasillos ni esperara fuera del baño si es que estaba ocupado.

La última micro

Verónica y su marido querían irse de Chile. No de vacaciones, sino que a vivir. Ella tenía familia en Miami que podía ayudarla a instalarse y, por eso, tenían pensado probar suerte durante el verano de 2021. Pero el coronavirus cambió sus planes.

—Con esto de la pandemia, que estábamos encerrados, todos los niños en la casa, mi marido dijo quizás es el momento para irnos. Yo no estoy yendo a la pega, los niños están estudiando en la casa y es mucho más fácil trasladarnos. No tenemos nada más que hacer, nadie se va a dar cuenta si estamos o no.

Eso fue un lunes. Ese mismo sábado ambos, con sus cuatro hijos, estaban en el aeropuerto. A Verónica le llamó la atención lo obvio: el edificio vacío, los negocios cerrados y que lo único que sí sobrevivía aún era la tienda que vende recuerdos de Chile.

—Para no acercarnos mucho a la gente cuando salimos de Policía Internacional, nos fuimos a otra puerta, a un lugar más vacío. Cómo será la poca gente que había, que nos fueron a buscar para decirnos que no estaban funcionando los parlantes del aeropuerto y que nos fuéramos a la puerta que nos correspondía, porque no nos íbamos a dar cuenta cuando se fuera el avión —cuenta Verónica.

Lo que más la estresó fue el momento del embarque. Las aglomeraciones que, dice ella, se produjeron mientras el personal de la aerolínea no sabía cómo manejar a ese grupo:

—Me tenía muy nerviosa la cantidad de gente, es súper complejo el distanciamiento social en lugares tan públicos. La gente se quiere ir, entonces se ponen en fila antes que llamen a su grupo. Y yo decía ¿por qué se ponen en fila? Vayan de a uno, túrnense. No es civilizado eso. Da la sensación que te estás subiendo a la última micro.

Los pasajeros, describe Verónica, no parecían ser personas que partieran de vacaciones. Más bien, sostiene, le dio la impresión de que “era gente escapándose de la pandemia. Gente que probablemente tenía dónde llegar, porque en Miami los hoteles estaban cerrados”.

Ella y su familia llevaron mudas de ropa en sus mochilas para cambiarse al aterrizar, para no subirse al auto que arrendarían con las mismas prendas con las que viajaron. Al igual que María, también desinfectaron sus asientos. Una vez que llegaron a su destino, arrendaron un departamento y se instalaron. Pero incluso ahí, mantuvieron el viaje en reserva:

—Mi familia siempre supo. Pero más allá del círculo social, no. Hay gente que lo está pasando muy mal, entonces irte de viaje, tú dices, no, nada que ver. Esto fue una decisión muy íntima, muy familiar. No vinimos a pasarla bien, sino buscando una alternativa de vida.

En el aeropuerto de Miami a María no le preguntaron mucho. Sólo a dónde iba y por cuánto tiempo. No le pidieron, por ejemplo, guardar cuarentena. Así que saliendo pudo ir a acompañar a su hermana. Pero allá, en Key Biscayne, se encontró con algo más: momentos que la devolvían a la vida que la pandemia le había quitado y que allá eran posibles, porque los contagios aún no se habían disparado.

—Llegar fue impresionante. Mis sobrinas tenían un cumpleaños y lo celebraron en la plaza. Las playas estaban abiertas, pero había una demarcación para que no movieran las reposeras. Había carteles que decían que el riesgo de contagio lo asumía uno.

Pero no era todo. Había también una culpa:

—Era muy loco que te volvieran a saludar de abrazo. Y una, súper parca. Porque tienes interiorizado el no saludo, el no beso. Los primeros días me reprimía la felicidad que sentía. Obviamente, no subí ni una foto a mis redes sociales. Siento que es parte del respeto de lo que se está viviendo acá. Fue una suerte increíble poder viajar, pero lo viví calladita.

María terminó alargando su viaje una semana. A su regreso, dice, ya quería seguridad.

—Me decía, me estoy moviendo por el mundo y no me han tomado ni la fiebre. Cuando regresé a Chile, me hicieron dos controles. En el primero te toman la fiebre y uno tiene que entregar una declaración asegurando no haber tenido síntomas, ni haber estado en contacto con nadie contagiado con coronavirus.

El segundo fue un poco más largo:

—Hay unos ocho módulos con gente del Minsal y tienes que acreditar residencia. Te preguntan de dónde vienes, a dónde vas y te dan un papel de cuarentena por 14 días. Es tu salvoconducto para salir del aeropuerto.

Eso fue el domingo pasado. Han pasado cinco días y, dice María, aún nadie ha controlado que esté guardando cuarentena. Lo que sí tiene claro, es que volvería a hacer todo otra vez.

—Yo me iría mañana de nuevo —dice—. A donde me digas.

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