El arte de no verlo venir: woketubre, democracia piramidal y las crisis que seguirán

Gabriel Boric y José Antonio Kast ganaron las elecciones y pasan a segunda vuelta

Gabriel Boric y José Antonio Kast pasan a segunda vuelta.




Los análisis al día siguiente de las elecciones siempre corren el riesgo de confundir contingencias electorales con cambios de fondo. Es un riesgo que hay que tomar, pero que traté de contener lo más posible en estos diez puntos de lectura que me parecen útiles para orientarse en el nuevo contexto:

1. Octubre sigue vivo, pero el octubrismo murió. La fantasía facciosa de sectores importantes de la izquierda que leyeron los resultados del plebiscito como un apoyo del 80% de la población a su programa de transformaciones radicales ayer terminó de disolverse. No tienen ese apoyo. También feneció la pretensión de legitimar el violentismo callejero y mirar para el lado respecto a la violencia criminal y terrorista en La Araucanía. El desorden no vende. Otra cosa es que desaparezcan los problemas estructurales que se manifestaron en octubre del 2019: todos siguen ahí (el gran problema de Kast sería intentar taparlos con un dedo). Pero requieren nuevas lecturas. Hay más distancia entre sociedad y política de lo que pensaba la izquierda alumbrada. Esto afecta principalmente a la Convención Constitucional, que sigue operando en código octubrista.

2. Los bienes humanos son jerárquicos. Muchas cosas son importantes para los seres humanos, pero no igualmente importantes. Hay bienes fundamentales, y entre ellos la paz ocupa un lugar prominente, superando incluso a la justicia. La promesa de reformas sociales radicales en un contexto de desorden sólo puede seducir a grupos que no sienten amenazados sus bienes fundamentales. Paz, seguridad y orden inmediato volverán siempre por sus fueros frente a un discurso de “meterle inestabilidad” a la vida.

3. La izquierda se equivocó al negarle legitimidad a la clase media de la transición. Los trataron como pobres alienados o como fachos pobres. Descalificaron sus expectativas y marcadores de movilidad. Los imaginaron como personas sin nada que perder, que seguirían la vocación de salto al vacío de las élites acomodadas asociadas hoy con Ñuñoa. Se equivocaron en esto rotundamente: Carlos Peña siempre tuvo razón respecto a la legitimidad de este grupo y a la conciencia de tener mucho que perder. Los excelentes estudios de Kathya Araujo y Juan Pablo Luna confirman esta idea. Woketubre no lo vio venir.

4. La izquierda desaprovechó, por arrogancia, una oportunidad histórica para acordar un Estado social. Hubo un momento, en 2019-2020, en que desde Gabriel Boric hasta Evelyn Matthei había consenso político respecto a avanzar en esa dirección. El empresariado, asustado, firmaba feliz el acuerdo. Pero la arrogancia octubrista fue más fuerte: exigieron una rendición incondicional. Ahora habitan el cadáver de esa exigencia. La hibris se los comió.

5. La polarización de las élites se traspasó al sistema político, pero no a las personas. La gran expectativa social son cambios profundos, pero ordenados. Ninguna de las candidaturas ha logrado encarnar esa promesa. Sichel y Provoste sucumbieron bajo las sombras de Piñera y Bachelet. Kast ofrece orden sin cambios, y Boric, cambios sin orden. Ambos tienen una mitad de la llave del desfile salvaje de octubre. Sus electorados no les serán leales.

6. El gran enemigo de quien gane la presidencial es el efecto péndulo. No habrá luna de miel. El desencanto con alguien que sólo ofrece la mitad de lo que se espera puede resolverse rápido en un bandazo en el sentido contrario. Boric y Kast deben moderar sus programas e intentar apuntar hacia la difícil ecuación de cambio social con orden público.

7. Kast tiene más margen de negociación que Boric. Quedó claro en los discursos de cierre de ayer. Esto se debe a la composición de sus liderazgos. Kast, aunque encarne un personaje más duro, tiene una agenda más simple, y más espacio para moverse hacia el centro sin que su base de apoyo acuse tradición. Otra cosa es que lo haga. Boric, por su parte, aunque personalmente busque parecer más dialogante y moderado, está atenazado tanto por el Partido Comunista como por la sumatoria de pequeñas causas que articula la izquierda identitaria: camina pisando huevos. Eso explica el tono de campaña de la FECH en su cierre de ayer: le habla a un complejo caleidoscopio de convencidos. Queda poco espacio para otros grupos.

8. El Partido Comunista está fagocitando al Frente Amplio. El grupo orgánico sigue alimentándose de las aglomeraciones inorgánicas. La soberbia frenteamplista los hace restarle importancia al fenómeno, que sigue avanzando. El FA puede terminar siendo una especie de agencia de relaciones públicas del PC si la tendencia se mantiene.

9. De la política de espectáculo pasamos a la democracia piramidal. El tercer lugar de Franco Parisi, así como el caso de Karina Oliva, se suman a la farsa de la “Lista del pueblo” y el “Pelao Vade” y a la candidatura fallida de Gino Lorenzini de “Felices y Forrados” para convocar nuestra atención en un nuevo fenómeno: la democracia piramidal. Los personajes que hacen “pasadas” políticas bajo la lógica del capitalismo de casino. Este fenómeno es más que anecdótico: es un eco de la crisis del orden capitalista del 2011. Del capitalismo del trabajo, el mérito y el esfuerzo se pasa a un mundo de apariencias, pasadas y plata fácil. La estafa piramidal es el opio de las masas defraudadas por la promesa meritocrática. El reflejo de un sueño roto. Hay que ponerle mucha atención. El documental de Amazon “LuLaRich” -concentrado en un modelo piramidal para un segmento de las clases medias estadounidenses- es un excelente punto de partida para esa reflexión.

10. La clase política chilena carece de reflexividad sociológica. Nunca los hechos sociales y demográficos habían sido más importantes para tratar de entender la situación que pasamos. Y nunca habían sido tan brutalmente ignorados. La idea de que “las ideas ya están” podría terminar siendo el epitafio de nuestra clase política completa.

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