Por Martín CifuentesMuerto, pero vivo en las redes: ¿qué pasa con los perfiles en RR.SS. de quien fallece?
Si usted llega a morir mañana, ¿ya definió qué quiere que pase con sus perfiles de Facebook, Instagram o Twitter? ¿Le gustaría que siguieran disponibles para quienes le sobreviven o preferiría que fueran eliminados? Quizá ya es hora de hacerse esas preguntas. Aquí, una abogada, una psicóloga y un sociólogo analizan las distintas aristas de lo que sucede -o lo que puede pasar- con nuestra vida digital una vez que dejamos este plano.

Hace tres años, María Jesús (34) recibió un mensaje que la tomó por sorpresa. Uno de sus mejores amigos la nombró “guardiana” de su imagen digital. Le explicó que, en caso de que él falleciera, ella quedaría como la titular de sus cuentas de Instagram y Facebook.
El trámite es relativamente sencillo: la plataforma Meta permite que las personas, en vida, dejen establecido un “contacto de legado”: una persona que, cuando ellos mueran, tengan permisos o para cerrar el perfil o para convertirlo en uno “conmemorativo”, en homenaje a quien ha muerto.
“Esa petición me dio angustia”, recuerda María Jesús. No sólo porque la obligó a pensar en una muerte que hasta entonces parecía lejana, sino porque instaló una pregunta aún más inquietante: ¿qué pasaría con su “yo” digital cuando ella misma muriera? Hasta ese momento, era algo que nunca le había preocupado.
A través de nuestras redes sociales, todos acumulamos fotografías, videos, conversaciones públicas y también mensajes privados: un rastro digital que está lejos de desaparecer cuando termina la vida física. Es más: la mayoría de los usuarios no tienen conciencia de que su perfil, en rigor, no es suyo, sino que forma parte de una plataforma que lo único que entrega es una licencia de uso para subir contenido.

¿Qué significa eso? Que lo que pase con los perfiles lo determinan ellos. Y si nadie les notifica que una persona ha muerto, sus cuentas pueden permanecer activas durante años.
Hasta ahora, Meta es la organización que más alternativas da a la hora de decidir qué hacer con el perfil de una persona ya fallecida. La abogada Jéssica Matus, creadora de la Fundación Datos Protegidos, explica que en el caso de Facebook e Instagram está la opción de eliminar la cuenta, pero, para eso, es necesario enviar un certificado de defunción del titular y comprobar que quien escribe es familiar directo. Uno también puede dejar establecido que el perfil se borre al morir, pero igualmente ese paso requiere que un alguien notifique a la plataforma del deceso.

Ambas RR.SS., además, dan la opción de convertir el espacio en un perfil “conmemorativo”. Eso sí, hay que dejar en vida un “contacto de legado”, a quien se le darán privilegios limitados, sólo para cambiar la foto de perfil y administrar comentarios, y se les restringirá el acceso a los mensajes privados.
En el caso de X sólo está la opción de desactivar la cuenta, y TikTok no tiene ningún protocolo al respecto. LinkedIn permite eliminar el perfil previa presentación de un certificado de defunción, y YouTube simplemente da de baja la cuenta si no se usa después de dos años. Sin embargo, si se ha subido, aunque sea un video, la cuenta existirá por siempre.
España es uno de los pocos países donde existe el llamado “testamento digital”, que permite dejar instrucciones legalizadas sobre el destino de las cuentas y contraseñas a alguna persona para que se haga cargo del tema; herramientas similares se han desarrollado en Estados Unidos y China, mientras que en Europa hay varias naciones discutiendo sobre la materia.
En Chile, en cambio, no hay aún ninguna normativa que establezca un camino concreto a seguir, lo que deja varias preguntas abiertas. “No existe una normativa de traspaso automático: rige la política de cada plataforma”, explica Jessica Matus, quien además es directora de Privacidad de Magliona Abogados. “Es decir, los familiares sólo pueden solicitar su cierre o memorialización acreditando la muerte”, plantea.
“En el mundo digital hay que distinguir que lo patrimonial (criptomonedas, saldos, ingresos de creador, licencias), sí integra la herencia y se puede transmitir por las reglas sucesorias ordinarias. Pero lo personal (perfiles, mensajes, fotos) no es un bien transmisible clásico, sino contenido protegido por privacidad”, explica Matus.
Los cambios que trae la Ley de Protección de Datos
Este escenario comenzará a cambiar con la entrada en vigencia plena de la Ley 21.719, de Protección de Datos Personales, prevista para diciembre de este año, que dejará legalmente establecidos los pasos a seguir, muy similares a las alternativas que hoy ofrecen las plataformas.
“Los herederos podrán ejercer derechos sobre los datos del fallecido, salvo prohibición expresa que haya establecido la persona en vida”, señala la abogada. Pero ojo: “Poder gestionar o cerrar la cuenta no equivaldrá a poder leer su contenido íntimo”.
Lo cierto es que hoy la falta de información y de reglas claras puede generar desde conflictos entre familiares por acceder a las RR.SS. de la persona fallecida hasta eventuales casos de suplantación de identidad mediante el uso de claves y accesos “heredados” informalmente.
Por eso, cada vez más especialistas recomiendan planificar en vida qué ocurrirá con correos electrónicos, fotografías, archivos almacenados en la nube y perfiles en redes sociales. Una especie de testamento para un patrimonio que no ocupa espacio físico, pero que puede contener años completos de recuerdos, relaciones y parte importante de la identidad de una persona.
Una identidad que sobrevive a la muerte
Esa es la arista digital. A nivel social, el doctor en Sociología Fernando Valenzuela Arteaga, director de la Escuela de Sociología y Trabajo Social de la Universidad Andrés Bello (UNAB), suma una nueva mirada al tema: cómo las RR.SS. están transformando la forma en que nos relacionamos con la muerte.
Para Valenzuela, este nuevo escenario instala una idea particular: la posibilidad de que una identidad digital permanezca más allá de la muerte física, como permiten hoy algunas redes al autorizar los “perfiles conmemorativos”. “La red social introduce una diferencia importante al estructurar la relación con los muertos en los mismos términos que con los vivos”, explica. “La persona fallecida aparece, entonces, como una persona más en el sistema social”.
En ese contexto, agrega, “es posible hablar de una identidad digital que sobrevive a la muerte física”. A diferencia del obituario, que tiene por objetivo principal comunicar un fallecimiento, el perfil en redes sociales conserva la misma forma “física” en que alguien participaba en la comunidad cuando estaba vivo. “Queda una especie de retrato fijo, sólo que ahora está administrado por quienes sobreviven o por el algoritmo”, sostiene.
“La muerte, tradicionalmente, implicaba adaptarse a la pérdida física de alguien”, dice Isabel Puga Young, psicóloga clínica y académica de la Universidad de Santiago. “Hoy, la huella digital hace que la persona fallecida siga apareciendo de manera activa en nuestro entorno virtual”.
La dimensión emocional de “seguir vivo” en las redes
En noviembre de 2019, Manuel (36) y Vicente (34) dejaron de hablar. Los amigos venían de un año complejo. Uno había quedado cesante y necesitaba apoyo constante; el otro enfrentaba una relación que había terminado consumiéndolo emocionalmente.
Como la situación de Vicente empeoró con los meses, volvió a vivir con sus padres al norte de Chile. Manuel entonces comenzó a enviarle audios por Facebook y mensajes de ánimo. Incluso revisaban juntos ofertas laborales o hablaban por teléfono hasta que el otro cayera dormido. Sin embargo, de un momento a otro se alejaron sin saber más el uno del otro.
“Un día, cuando recién había estallado el COVID-19 en China, pensé que tarde o temprano nos iba a tocar también y quise escribirle”, recuerda Manuel. Como no obtuvo respuesta, decidió entrar a su perfil. Era febrero de 2020.
Lo primero que encontró fueron cientos de mensajes en el muro.
“Respetamos tu decisión”.
“Te voy a querer para siempre”.
“Por fin estás descansando con el Rocky”.
Para salir de dudas buscó el certificado de defunción en el Registro Civil. Quería saber si estaba interpretando mal aquellas publicaciones o si realmente significaban lo que temía. La causa confirmaba su muerte.
Luego, respondiendo sus mensajes de Whatsapp, sonó el teléfono. Era la hermana de su amigo. Ahí supo los detalles.

“Me invadió un vacío enorme”, recuerda Manuel. “Sentí que había traicionado a un amigo que me acogió cuando lo necesité y que nunca me pidió nada a cambio”, sincera.
Han pasado varios años, pero Manuel todavía visita el perfil de Facebook de Vicente. Relee publicaciones, comentarios y conversaciones antiguas. Escucha los audios que quedaron almacenados en Messenger e intenta reconstruir aspectos de la vida de un amigo al que, dice, nunca alcanzó a conocer del todo. Incluso tiene correos suyos sin abrir.
Para la psicóloga Isabel Puga, gracias a las RR.SS., conductas como esa son más comunes de lo que parecen.
“El cerebro y nuestra estructura de apego necesitan continuidad... Escribir un mensaje es una forma de mantener un vínculo continuo, porque, aunque sabemos racionalmente que la persona falleció, la necesidad afectiva de comunicarle un logro, un dolor o simplemente un ‘te extraño’ busca un canal”, explica.
¿Es dañino tener la posibilidad de seguir “hablando” con alguien que ya no está vivo?
La especialista sostiene que el duelo saludable no consiste en olvidar a quien murió, sino en reorganizar el vínculo con esa persona. En ese contexto, los perfiles digitales pueden transformarse en espacios de transición, homenaje y consuelo. También en lugares donde familiares y amigos encuentran acompañamiento mutuo.
“Uno de los mayores riesgos del duelo es el aislamiento: las plataformas permiten la validación social del dolor; ver que otros comparten la tristeza, anécdotas o apoyo, crea una comunidad de soporte”, señala.
El sociólogo y académico UNAB Fernando Valenzuela vincula esta práctica con formas históricas de memoria pública. Según explica, las sociedades tradicionalmente han construido lugares y objetos para marcar la presencia de quienes murieron, desde tumbas hasta animitas, memoriales o retratos. “En todas se cumple la misma necesidad de dejar una huella de la persona social, del lugar que ocupaba en la comunidad”, afirma.
En ese sentido, las redes sociales no inauguran el deseo de recordar a los muertos, pero sí modifican su infraestructura. Ya no es necesario acudir a un cementerio, una animita o un memorial físico para encontrarse con esa huella. El recuerdo puede estar disponible en el teléfono, en cualquier momento y desde cualquier lugar.
“Así como el espacio público de interacción se lleva en el bolsillo, igualmente traemos en el dispositivo móvil la posibilidad de escenificar públicamente el duelo, eliminando el requisito del peregrinaje”, plantea Valenzuela.
El lado B del recuerdo en RR.SS.
La permanencia digital, sin embargo, también tiene una cara menos amable. Cumpleaños automáticos, recuerdos sugeridos por algoritmos o videos que reaparecen sin previo aviso pueden provocar una irrupción emocional para la que muchas personas no están preparadas.
“Cuando una plataforma lanza un recuerdo automático genera una irrupción emocional que arrebata al usuario el control sobre el ritmo de su propio proceso de duelo”, advierte Puga.
El académico de la UNAB Fernando Valenzuela identifica en las redes una diferencia central respecto de otras formas de conmemoración. “A diferencia del memorial, que se visita cuando uno quiere ir, la notificación llega sin previo aviso”, sostiene. En esos casos, la memoria ya no depende sólo de la voluntad de quien recuerda, sino también de sistemas automatizados que deciden cuándo hacer reaparecer ciertos contenidos.

“Los propios algoritmos de las plataformas generan su propia versión de la memoria”, plantea. “El muerto aparece en la pantalla del doliente no porque alguien lo haya decidido, sino porque un algoritmo detectó una interacción significativa con ese perfil”, añade.
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