Opinión

Cínicos e hipócritas

En estos días parece haber habido una epidemia, de contagio tan rápido como la operación que en minutos sacó al dictador Maduro de su cama y se lo llevó a una cárcel en Nueva York. El contagio, es la enfermedad del cinismo de miles que, durante años, han ignorado de manera vergonzante la narcodictadura venezolana y sus horribles consecuencias en los venezolanos.

Javier Marías el gran escritor español nos recordaba que: “El cinismo es la expresión de la brutalidad en estado puro.” Y, como no. Lo hemos visto.

Apenas Maduro y su mujer, quienes durante los últimos años han sido los cabecillas de una dictadura, con ramificaciones profundas en el crimen internacional y el narcoterrorismo, se elevaron por los aires en helicópteros americanos, un grupo de corifeos de distinta índole, pero similar origen usaron al derecho internacional como la gran excusa para, ahora sí, poner sus ojos en Venezuela.

Años llevamos muchos denunciando al régimen, acompañando a sus víctimas, conociendo los testimonios del horror, de la brutalidad. Años llevamos escuchando de vidas fracturadas, de humillaciones vividas, de venezolanos repartidos en una diáspora que condena a miles a la denigración, a malas condiciones de vida. Lo hemos repetido una y otra vez, y jamás les importó, buscaban explicaciones para lo inexplicable, para aquello que el orden internacional no puede, ni debe soportar.

La quirúrgica intervención de Estados Unidos en Caracas, un recurso de ultima ratio ante una dictadura asesina, indolente y burlesca, es quizás la peor pesadilla de ciertos sectores que por cínicos unos, e hipócritas otros, lisa y llanamente a estas alturas parecen un coro desafinados de sujetos que intentan justificar en argumentos vergonzosos la supuesta ilegalidad internacional de la operación. Maduro tuvo tiempo. En 2024 podría haber entregado el poder, por el contrario no lo hizo, burlándose no solo de los venezolanos que participaron de una elección amañada y que proscribió candidatos.

Es un hecho, Maduro gobernaba con mano dura hace 13 años Venezuela, Chávez otros 13 en el delirio. Hoy, un tercio de los venezolanos, casi 9 millones de ellos viven fuera de su país. Vidas resquebrajadas, padres sin ver a sus hijos, hijos sin abrazar a sus padres, más de 48.000 personas han sido detenidas y son presos políticos, no existe ninguna garantía básica que permita siquiera suponer la existencia de una democracia en forma, medios de comunicación cerrados, allanamientos ilegales, operación de grupos paramilitares, cooperación y mantención de guerrillas y narcotráfico en países vecinos. Más de 10.000 venezolanos han sido ejecutados extraoficialmente, 468 de ellos fueron asesinados en protestas recientes. Los números de un reciente informe de Naciones Unidas, que da seguimiento al informe del Alto Comisionado de Derechos Humanos ratifican el horror; 37.000 venezolanos víctimas de tortura, todo ello en un país riquísimo que tiene a un 90% de sus habitantes viviendo en la pobreza, con un salario mínimo mensual de US$3 dólares.

Hoy algunos hablan -y repiten- sobre el uso que Estados Unidos dará a la industria de hidrocarburos venezolana, sí esa misma que la dictadura desmontó y reventó a punta de incompetencia y corrupción, sin que los venezolanos puedan tener gas ni combustible en el día a día. “Todo esto es por el petróleo” todo en un país cuyos hidrocarburos y recursos naturales han sido utilizados y explotados por China, Rusia, Irán y han permitido, en las últimas décadas darle aire a dos dictaduras más: Nicaragua y Cuba, que mantienen el horror de miles de exiliados, muertos y torturados.

Desde 2014, cuando se iniciaron las primeras protestas estudiantiles, Maduro y sus esbirros, han destrozado las instituciones para convertirlas en un mecanismo estatal de abuso, y de financiamiento de acciones terroristas, narcotráfico y enriquecimiento ilícito que se esconde en cuentas bancarias y testaferros del régimen a lo largo del planeta. Sumemos, además, que el dictador ha desconocido a lo menos 3 elecciones, y una de ellas, la de 2024, donde claramente fue derrotado por la dupla González-Machado en un acto de absoluta cobardía, miseria y demostración de la calaña de un régimen que asediado, repudiado y cuestionado en el mundo entero ha intentado evitar, y esquivar cualquier negociación seria, no solo para recuperar la democracia, sino para proteger los derechos humanos. Por el contrario, derrotado salió a aplastar las protestas callejeras, y a engrosar tormentos y muertes en el Helicoide, el centro de torturas más grande Caracas. Hace solo un mes, moría en su interior, sin ver la luz del sol por meses, el ex alcalde Alfredo Díaz torturado, pedía asistencia médica hace más de un año no se la otorgaron, mientras el sátrapa bailaba al ritmo de sus ridículas canciones en un inglés propio de un orangután.

Lo más increíble de esta situación, son los argumentos de quienes rápidamente comenzaron a defender al régimen bajo la trillada idea de la invasión y no injerencia de Estados Unidos en América Latina, ya una suerte de mantra resucitado a conveniencia en torno a las experiencias de los setenta. Me disculpan. Maduro es Noriega y no Jacobo Arbenz. Veamos donde estaba Panamá con Noriega y donde está hoy, pero no nos desviemos.

Hay dos tipos de defensores de la dictadura bajo la cobertura del derecho internacional. Unos, los cínicos, un mundo internacionalista de ínfulas academicistas, que cree que el derecho internacional es una suerte de entelequia vacía, un saber que está ahí para seguirse al pie de la letra, sin que por un minuto sirva para proteger o cuidar los derechos humanos flagrantemente violados de miles de venezolanos. Éstos, en una suerte de “buenismo” vergonzante, prefieren sostener la posición como una suerte de anestesia moral que permite la fabricación de fantásticos papers académicos, y disfrutar de las mieles de chimeneas encendidas y caminatas por los verdes prados de algún campus universitario, entregándose al uso del derecho internacional como una suerte de benzodiazepina moral que les permita no apartarse un segundo del derecho, pero que obvia la justicia como valor esencial. Como me decía un maestro: cuando exista un conflicto entre el derecho y la justicia, prefiera siempre la justicia. Más claro el agua, pero ya nos hemos acostumbrados a estos catones, que desde la simpleza del análisis son capaces de llenar páginas, y ser consultados como especialistas sobre una dictadura en la que no soportarían siquiera media hora. Demás está decir, que probablemente no podrían enseñar por falta de recursos, o por la persecución de esos regímenes, inexpugnables e intocables en razón del principio de no injerencia y de autodeterminación que tanto defienden.

Los otros, los hipócritas provienen de la política. Generalmente de una izquierda radical latinoamericana y europea, que durante años ha intentado mirar para el lado a la dictadura venezolana y sus abusos, que más que ocuparse de las víctimas se preocupa de los victimarios por razones elementalmente económicas. Hay que preguntarse, cuanto de la agenda del nuevo Socialismo del Siglo XXI fue financiado con los dineros de la dictadura venezolana. Una intervención extranjera que viola el principio de soberanía, nunca es algo deseable, y siempre convenientemente debatible, pero caben preguntas que cínicos e hipócritas debiesen responder:

¿Durante éstos años, cuanto han hecho realmente por proteger los derechos de millones de venezolanos y sus vidas destruidas? ¿Es el derecho internacional una entelequia que solo se sostiene sobre principios rígidos e inexpugnables, cuando bajo esos mismos, los más elementales derechos y libertades son violadas de manera brutal y no se protege a las víctimas? ¿El derecho a la autodeterminación, un principio inmutable, ello cuando una dictadura apela a la no injerencia, mientras el concepto de la responsabilidad de proteger se diluye en conversaciones multilaterales que la dictadura ha obviado, o sencillamente ha utilizado para dilatar durante años la recuperación de la democracia y para seguir violando los derechos humanos? ¿Alguien recuerda como la comunidad internacional, siguiendo la “responsabilidad de proteger” ha buscado por años salida a esta crisis, olvidan acaso las negociaciones de Barbados, los esfuerzos de organismos internacionales? ¿No vale entonces preguntarse si el principio de no intervención, no puede ser una barrera infranqueable para violar tras éste, los derechos fundamentales? ¿No aplica entonces, después de todos esos esfuerzos el deber de injerencia sostenido también en la doctrina del derecho internacional? ¿No cabe matizar declaraciones sobre la autodeterminación haciendo memoria de los esfuerzos de la oposición al régimen por buscar salidas negociadas ante organismos multilaterales y reuniones con observadores internacionales durante años, o bien simplemente de elecciones amañadas y robadas, amén de violaciones a los derechos humanos? ¿Puede un pueblo, o los demás países democráticos sentarse a esperar que una dictadura cumpla su palabra mientras masacra a su pueblo? ¿Se preocuparon o se han preocupado de la no injerencia, cuando la dictadura fuera de sus fronteras asesinaba opositores y llevaba a cabo operaciones militares en suelo extranjero?

Les recuerdo el caso del Teniente Ojeda entregado por el régimen a uno de sus brazos armados, el Tren de Aragua, una organización del crimen organizado financiada y con ramificaciones insondables en la desestabilización continental en los últimos años. ¿Recuerdan al Teniente Ojeda, semidesnudo, secuestrado, en territorio nacional en mitad de la noche delante de su familia, por militares venezolanos -no lo digo yo, lo dice la justicia chilena-, dirigidos desde la Dirección de Contrainteligencia de Venezuela? No recuerdo, entonces, haber visto a cínicos e hipócritas poner el grito en el cielo, mientras todo ello ocurría en un territorio extranjero, allí parece que la autodeterminación no era válida, más aún cuando el Estado de Chile tenía el deber de proteger a un ex soldado amenazado por el régimen y bajo asilo político.

Solo para responder. La dictadura venezolana aún no acaba siquiera, es más bajo la mascarada “el pueblo venezolano debe decidir su destino”, miles languidecen esperando volver o soñando con el país que no reencontraran a su regreso, a los parientes que ya no estarán.

Como colofón tres imágenes para que cínicos e hipócritas mediten: Lo primero que pidió el dictador en Nueva York fue asistencia consular en protección de sus derechos fundamentales, esos que negó sistemáticamente a otros: Maduro olvidó que él había terminado las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Segundo. Venezuela se retiró de organismos multilaterales y de jurisdicción internacional como la OEA, y la Corte Interamericana de Derechos Humanos en 2013, y en 2025 su parlamento expresó la necesidad de retirar al país de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Tercero. En mayo de 2011, también sin permiso de nadie, el Presidente Obama en una operación quirúrgica e igual de exitosa violó la soberanía de Pakistán y capturó a Osama Bin Laden. No los vi gritar por tan flagrante violación al territorio pakistaní. Siquiera Pakistán lo hizo en serio. Es más varios hipócritas y cínicos en ese entonces recordaron que no quedaba nada más por hacer.

Última pregunta: ¿Debía el mundo seguir esperando, que en base al principio de autodeterminación y el derecho internacional, la dictadura siguiera burlando el deber de proteger como contrapartida al deber de injerencia? La respuesta es simple: A estas alturas no, y quizás lo útil, es comenzar a pensar un derecho internacional del siglo XXI, que deje de mirar los conflictos, como si la geopolítica fuese la invasión nazi a Polonia, o la entrada de los tanques a Checoslovaquia, cierto, en ese último caso, como en otros, los hipócritas convenientemente callaron.

Por Gabriel Alemparte, abogado.

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