Columna de Pablo Ortúzar: Programa mínimo



La democracia chilena está en una encrucijada. La polarización de élites llegó, en medio del proceso constitucional fallido, a configurarse como lucha existencial. Es decir, como un combate en que la presencia del adversario es equiparada a la negación de uno mismo. Una guerra que no apila muertos directos, pero sí indirectos: los choques arriba desvían gran cantidad de energías y recursos, esquilmando y exponiendo a los más débiles. Un gobierno paralizado, una economía paralizada, la cabeza en otro lado: demasiada tierra arrasada. Y mientras los grupos dirigentes se dan con todo, otras organizaciones los reemplazan en los espacios que abandonan a su suerte: así crece el crimen organizado.

Pero no sólo crece el crimen organizado. También comienza a delinearse claramente una salida populista autoritaria. Bukele cautiva cada día más la imaginación popular chilena. Algo que las élites ven simplemente con horror, desprecio y distancia, sin entender que tienen una responsabilidad central en el fenómeno. Mientras se baila el minué identitario en los palacios y recrudece la guerra cultural de campus universitarios, las condiciones vitales de la mayoría del país se degradan rápidamente.

Una lección de la fallida Convención es que la cultura política autoritaria sigue viva. Especial y paradójicamente en la izquierda radical, dada a justificar cualquier abuso y tropelía argumentando qué y cómo Pinochet. Ese es su estándar. No notan, eso sí, que en Chile hay una experiencia muy distinta entre el autoritarismo de izquierda y el de derecha: al segundo se le tiende a ver como económica e institucionalmente eficaz, mientras que al primero se le asocia sólo con pobreza y caos. Luego, si la balanza se inclina desde la razón a la fuerza, es probable que no lo haga hacia el lado izquierdo. ¿No vale la pena tratar de evitar ese escenario en vez de promoverlo?

El nuevo proceso constitucional, que ya está en curso, es la última oportunidad que tendrá la actual clase política. Esta vez necesitan sacar un texto que guste más en Chile que en Hollywood. Por eso es buena la ruda negociación previa en que están ahora los conglomerados: limar las asperezas más importantes antes de sentarse a la mesa es lo único que puede asegurar que no vivamos otro bochorno. La Convención, de nuevo, mostró que lo que indigna realmente a los chilenos no es “la cocina”, sino que llegue a la mesa gato mal asado al precio de liebre.

Del mismo modo, es clave que el nuevo proceso sea acompañado por acuerdos y progresos en materias de seguridad pública, crecimiento económico, reformas sociales y reestructuración de los pactos de movilidad social. Algo fundamental en el documento de toma de posición de Chile Vamos es que apoyan que Chile avance hacia un Estado social, pero no con el monopolio estatal de los servicios. Esto significa, básicamente, que están de acuerdo en invertir recursos en mejorar el acceso de las clases medias a bienes vitales, pero no sólo desde el Estado. Algo que encaja bien con las palabras del Presidente Boric en la ONU respecto de la necesidad de articular todas las energías sociales en vez de buscar suplantarlas.

En estos dos frentes, el constitucional y el de la gestión y expansión de servicios y bienes fundamentales, se decidirá en los próximos meses y años el futuro de la democracia chilena. Necesitamos un programa mínimo al que todos podamos y queramos ser leales, acompañado de otro tono y un cese en la guerra de trincheras. Es patriotismo lo que se espera.

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