Crónica de una violencia anunciada

Marcha contra la migración.




Por Fernanda Stang Alva, Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU) Universidad Católica Silva Henríquez

Aunque la cita de definiciones de la Real Academia Española es un lugar común poco recomendado como recurso de escritura (justamente por eso), la contundencia de sus definiciones breves suele ser esclarecedora. La RAE afirma que “temerario” se dice de una persona “excesivamente imprudente arrostrando peligros”. Al menos de temerarios, siendo prudentes con el uso de adjetivos, pueden calificarse muchos de los dichos y acciones de numerosas autoridades de alto rango del Estado chileno respecto de las migraciones (y las personas migrantes) en los últimos años, que fueron escribiendo la crónica de este anunciado final que presenciamos el sábado anterio en la ciudad de Iquique. La fuerza desgarradora de esa foto de personas arrojando al fuego, entre muchas cosas, pañales y el coche de un bebé, indigna por lo que muestra, pero tanto o más debiera indignarnos la negligente cadena de acontecimientos que fueron friccionando el sentimiento anti inmigrante de esta sociedad hasta que saltó la chispa de esa fogata.

La gestión de gobierno que define la política migratoria actual llegó al poder anunciando mano dura para “ordenar la casa”, mostrando prontamente que el recurso facilista a la criminalización de los migrantes y la securitización de las migraciones sería la senda principal por la que transitaría la política migratoria (y, muchas veces, la política, a secas). Pronto se sumaría la espectacularización de las expulsiones de migrantes, con una puesta en escena de overoles blancos que sorprende hasta a estudiosas/os de la migración europea, acostumbradas/os a escenas dramáticas como las que ofrece periódicamente ese cementerio de migrantes en que se ha transformado el Mediterráneo.

Un rápido estado del arte sobre los estudios migratorios en Chile muestra numerosos y bien difundidos trabajos que se ocuparon de mostrar el racismo contra las personas migrantes, sumado a la xenofobia, en diversos espacios de la sociedad chilena: desde el artículo “Sobre el racismo, su negación, y las consecuencias para una educación anti-racista en la enseñanza secundaria chilena”, de Andrea Riedemann y Carolina Stefoni (2015), hasta el libro “Racismo en Chile. La piel como marca de la inmigración”, editado por María Emilia Tijoux (2016), por citar un par de ejemplos bien conocidos, esta es una línea temática que ha crecido muy rápidamente en el país, junto con las tesis universitarias sobre este tópico, y las columnas de opinión de investigadoras/es y miembros de diversas organizaciones, procurando llevar el tema a la discusión pública para generar sensibilización.

Este cúmulo de evidencia –que puede pensarse como advertencia– no solo no se consideró como insumo para implementar acciones de política que apuntaran a cambiar estas situaciones, sino que se desplegaron estrategias de comunicación pública que potenciaron animosidades fundadas en las atávicas estructuras de nuestra matriz colonial, y en las históricas bases de un nacionalismo fraguado en las usinas escolares por ejemplo, aunque no exclusivamente.

En mi pueblo, una muy pequeña localidad rural de la pampa húmeda argentina, se usaba un dicho para aludir a la confluencia de factores que generaba una tormenta perfecta (por lo desastrosa): “se juntaron el hambre con las ganas de comer”. Esa idea, más o menos, le pone imágenes muy gráficas a la confluencia de este racismo y nacionalismo atávico con las acciones de un Estado temerario. Pero “la esperanza nunca es vana”, escribió Borges alguna vez -en su faceta milonguera-, y entonces, una red amplia de solidaridad y apoyo empezó a tejerse rápidamente como respuesta a la calamidad. Frente a lo temerario, pues, la solidaridad.

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