Opinión

El camino a seguir para Venezuela

Una transición exitosa dependerá de la inversión, de quién dirija el Ejército y de otros factores.

Opositores al gobierno de Nicolás Maduro marchan en protesta contra su ceremonia de juramentación en Caracas. Foto: Europa Press Europa Press/Contacto/Jimmy Vill

Por Michael Reid, exeditor para América Latina de The Economist. Artículo originalmente publicado en Americas Quarterly.

Más de dos semanas después de que la Fuerza Delta extrajera a Nicolás Maduro del Fuerte Tiuna en Caracas, algunas cosas están más claras. Una es que la decapitación del régimen no equivale a un cambio de régimen. A primera vista, no parece haber cambiado mucho en la capital venezolana. Los mismos matones patrullan las calles, la población sigue temerosa de expresar su desacuerdo y los medios estatales siguen difundiendo la misma propaganda.

Delcy Rodríguez ha asumido la presidencia interina del país en una transición aparentemente fluida. Sin embargo, los efectos de la breve y contundente intervención de Donald Trump -para Venezuela, Latinoamérica y la política estadounidense- son mucho más profundos. Probablemente influirán en los acontecimientos durante meses, si no años. Y ahí es donde comienzan las incertidumbres.

El gobierno de Rodríguez es potencialmente menos estable de lo que parece. Debido a sus orígenes y fundamentos militares, el régimen chavista siempre ha priorizado la unidad por encima de todo. Pero la nueva presidenta interina se ha adentrado en un mundo de poder duro, que no controla directamente. Maduro tampoco, pero fue ungido por Chávez, un santo laico para su base leal. A efectos prácticos, Rodríguez fue elegida por Trump. Así que debe navegar entre la Escila de los hombres armados -el general Vladimir Padrino y Diosdado Cabello- y el Caribdis de la presión estadounidense.

Hasta ahora, está haciendo lo que Trump quiere. Pero aceptar, bajo la presión del continuo bloqueo naval, vender petróleo a Estados Unidos mientras continúa con la teatralidad y la retórica de la fidelidad chavista es la parte fácil. El ritmo vacilante de la liberación de presos políticos (solo unos 139 de un millar) es un indicio de la resistencia interna a cualquier tipo de apertura política. Según informes, a muchos de los presos liberados se les ha exigido firmar promesas de silencio, y sus casos legales siguen abiertos.

Los próximos pasos serán más difíciles para Rodríguez. La oposición seguirá presionando por una amnistía incondicional para todos los presos, el retorno a la libertad de asociación y expresión, y la convocatoria de elecciones anticipadas. Las encuestas de opinión independientes realizadas hasta el momento sugieren que este es el deseo de la abrumadora mayoría de los venezolanos. El gobierno de Trump ya está impulsando un giro de 180 grados en las alianzas internacionales de Venezuela, y en especial la eliminación del petróleo subsidiado para Cuba.

El delicado equilibrio

Ambos cambios, y en especial la apertura política, son un anatema para Cabello en particular. Sentado junto a la nueva presidenta en su primera reunión de gabinete, él, con toda intención, lució una gorra con el lema “dudar es traición”. En todo esto, la figura clave es el general Padrino, ministro de Defensa y comandante de las Fuerzas Armadas desde 2014. Si bien los colectivos de matones chavistas armados de Cabello son muy visibles en sus motocicletas, son las Fuerzas Armadas las que cuentan. Están erosionadas por la corrupción, pero siguen siendo la institución más fuerte del país. En esencia, el régimen de Hugo Chávez y Nicolás Maduro fue militar, con una fachada civil. El rumbo que tomará Padrino es quizás la pregunta más importante en Venezuela.

Esto se debe a que también existen tensiones potenciales en Washington. Al limitarse a una sola operación de extracción, eliminando a Maduro como un diente podrido en una dentadura por lo demás intacta, Trump ha evitado los atolladeros de la invasión, la ocupación y la construcción de una nación. Es evidente que le encanta ofrecer espectáculos cinéticos de “una sola vez” por todo el mundo. Sabe que la base del movimiento MAGA detesta la idea de “guerras eternas”, como él mismo las ha llamado. Ha aprendido de Irak.

El problema para la administración es que esto reduce su control, especialmente desde que se ha “cancelado” un segundo ataque contra Venezuela. A pesar de la afirmación de Trump, Estados Unidos no está gobernando Venezuela. Incluso la corrección del secretario de Estado, Marco Rubio, al decir que sí está gobernando la política venezolana, aún no es del todo cierta.

Se debe suponer que Trump se ha centrado en apoderarse del petróleo venezolano porque sabe que debe frenar el aumento del costo de la vida en su país o se arriesga a una gran derrota en las elecciones de mitad de mandato de noviembre. Es posible que se produzca un aumento en la producción petrolera más rápido de lo que algunos creen; incluso bajo las restricciones de las sanciones y la incompetencia, la producción de Venezuela se duplicó entre 2020 y el año pasado, alcanzando aproximadamente 1,2 millones de barriles diarios. Sin embargo, esto contrasta con los 3,2 millones que se producían cuando Chávez asumió el cargo. Una recuperación a ese nivel requiere una inversión a gran escala y un marco político predecible.

Convocatoria de elecciones

Trump también busca cooperación para frenar la migración y el narcotráfico. Dado que la mayor parte de la cocaína que transita por Venezuela se dirige a Europa, esto podría no ser demasiado difícil para el régimen. En todo esto, Trump claramente ve al gobierno autoritario de Rodríguez como potencialmente más confiable que la oposición liderada por María Corina Machado, como lo han dejado claro sus efusivos elogios a la primera y su reserva hacia la segunda. Pero con el paso del tiempo, es probable que aumente la presión para una transición democrática. Rubio, después de todo, es republicano de Florida y lleva años pidiendo el derrocamiento de los regímenes de Venezuela y Cuba.

Lo más útil que Estados Unidos podría hacer ahora para preparar el terreno es encontrar un general que pueda liderar la depuración de las Fuerzas Armadas y el inicio de la restauración del monopolio estatal de la fuerza, reprimiendo a los colectivos, las guerrillas colombianas que saquean y el crimen organizado.

Latinoamérica sigue conmocionada por todo esto. El hecho de que Maduro careciera de legitimidad y que otros países de la región hayan tenido que absorber a cerca de 8 millones de venezolanos debido al fracaso despótico de su régimen ha llevado a muchos latinoamericanos a aplaudir la operación estadounidense. El hecho de que se requiriera la Fuerza Delta para llevar a cabo la tarea es una crítica al fracaso de la región para forzar una transición democrática en Venezuela. Quizás la presión diplomática nunca iba a ser suficiente. Pero la región podría y debería haber presionado mucho más. En cambio, Brasil, México y Colombia, en particular, en varias etapas dieron vía libre a Maduro.

Una Venezuela democrática y próspera beneficia a América Latina y a Estados Unidos. Incluso aquellos en la región que detestan a Machado deberían impulsar la liberalización política y un calendario electoral. En cuanto a Trump, podría descubrir que imponer su propio sello a un régimen autoritario no le reporta los beneficios que espera.

Más sobre:VenezuelaEE.UU.MaduroDelcy RodríguezVladimir PadrinoDiosdado CabelloCubaMarco RubioMachadoMundo

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Lo más leído

Plan digital + LT Beneficios por 3 meses

Comienza el año bien informado y con beneficios para ti ⭐️$3.990/mes SUSCRÍBETE