Por Nelson VásquezInvertir en las personas: la verdadera riqueza de las naciones

En un mundo donde las economías compiten por el talento y la capacidad de generar conocimiento, existe una realidad que los países desarrollados aprendieron hace décadas: no hay inversión más estratégica que aquella destinada a formar capital humano avanzado. Las universidades de excelencia, los centros de investigación y los ecosistemas tecnológicos más sofisticados se construyeron sobre una certeza decisiva: el desarrollo sostenible de una nación depende, en gran medida, de la calidad de las personas que logra formar.
Chile comprendió tempranamente esta realidad. A través del Programa Becas Chile, el Estado decidió financiar estudios de doctorado y magíster para jóvenes talentos en algunas de las mejores universidades del mundo. Corresponde agradecer a Alejandro Foxley su visión de Estado. Gracias a esta visión de largo plazo, el país llegó a convertirse en un referente admirado en América Latina por su apuesta sostenida por el conocimiento y la formación avanzada.
La magnitud de esta política difícilmente habría podido ser sostenida únicamente por las universidades chilenas. Formar doctores de nivel internacional exige inversiones cuantiosas, redes académicas complejas y capacidades institucionales que superan ampliamente las posibilidades financieras de la mayoría de las instituciones. Por ello, el aporte del Estado fue decisivo para acelerar el desarrollo científico, tecnológico y académico del país.
Los resultados son evidentes. Buena parte de los avances en investigación, innovación, publicaciones científicas y transferencia tecnológica que hoy exhibe Chile se explican gracias a generaciones de académicos e investigadores que realizaron estudios avanzados en el extranjero y regresaron al país con nuevas metodologías, redes internacionales y una comprensión más sofisticada de la ciencia contemporánea. Las universidades chilenas se transformaron profundamente gracias a este proceso: surgieron nuevas capacidades científicas, se fortalecieron laboratorios y se consolidaron redes de colaboración internacional.
Una política pública madura exige también una evaluación honesta de sus limitaciones. Es cierto que algunos becarios enfrentaron dificultades de inserción laboral al regresar al país. En otros casos, las trayectorias formativas se prolongaron excesivamente, hubo investigadores que no retornaron a Chile o personas que no lograron retribuir adecuadamente el esfuerzo realizado por toda la sociedad. A ello se suma una desigual distribución territorial, al concentrarse estas capacidades mayoritariamente en la zona central, reproduciendo brechas históricas que afectan al desarrollo regional.
Precisamente porque el balance ha sido positivo, corresponde revisar y perfeccionar esta política pública. Chile necesita una nueva etapa en la formación de capital humano avanzado: más exigente en los méritos académicos, más rigurosa en los compromisos de retorno y retribución, y mucho más equitativa en su impacto territorial.
La discusión, además, no puede quedar restringida exclusivamente a las universidades. El país debe abrir mayores oportunidades para que doctores y magísteres se integren también al sector público, a las empresas y a los gobiernos regionales. Las economías desarrolladas no concentran el conocimiento únicamente en la academia; lo distribuyen estratégicamente en todo el tejido económico y social.
Esta revisión debe ir acompañada, además, de un fortalecimiento decidido de los doctorados y magíster nacionales. Hoy las universidades chilenas de excelencia poseen capacidades crecientes para ofrecer programas de postgrado, siempre que profundicen su internacionalización, la colaboración científica global y los estándares contemporáneos de investigación.
Debilitar esta dimensión sería un error estratégico de enormes proporciones. Cuando un país reduce su inversión en conocimiento, no solo afecta a sus universidades: compromete su capacidad futura de innovar, crecer y desarrollarse soberanamente. Las naciones que liderarán el siglo XXI no serán necesariamente aquellas que posean más recursos naturales, sino aquellas capaces de atraer talento y formar mejor a sus personas.
Por Nelson Vásquez Lara, rector Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
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