Por Joaquín TrujilloLocos

Entre las muchas emancipaciones que se practican frecuentemente (la de los hijos, por ejemplo) y que se han suscitado en la historia (esclavos, colonizados, mujeres, etc.), la de los locos, o supuestos locos, es una que involucra las profundidades de los complejos seres humanos y la de la sociedad que a veces los acorrala.
Habiéndoseles recluido en barcos a la deriva, como cuenta Michel Foucault, luego, desde que el médico Philippe Pinel les quitó las cadenas (lo que se ha leído como un adelanto de la Revolución Francesa), los mal llamados locos fueron reintegrándose en los ambientes autoproclamados normales de tierra firme.
La historia de esta emancipación es también la de la prudencia de sus libertadores. La hermosa novela de Alberto Blest Gana, “El loco Estero”, es una joya del tema. Este capitán pipiolo mandado a encerrar por Diego Portales, es de un carácter muy difícil. Su propia hermana Manuela es la carcelera. Tras la muerte de Portales, el loco continúa bajo llave, hasta que “el ñato” Carlos Díaz, un joven idealista, decide liberarlo.
Y bueno, para concluir con éxito su misión, Díaz lo oculta, casi que lo encierra de nuevo. Porque, como él mismo admite: el loco no está loco, pero seguro tiene suelto algún tornillo.
Antes de huir gracias a Díaz, Estero había propinado un sablazo en la cabeza a Manuela. A medias recuperada, ella decide desistirse de una acción judicial, dejar al loco de su hermano libre. Se ha reajustado el sistema, Portales hace tiempo que está muerto. La casa que es grande se las arregla para atrapar con incluso la fraternal comprensión.
Gran literatura, la de las paradojas no forzadas.
Y me permito ahora una locura.
Hace unos días, estaba yo haciendo clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, cuando se escuchó a una multitud correr por los pasillos. Raro. No gritaba ninguna consigna, ni era tampoco la celebración de un examen de grado rendido con éxito.
Un ruido largo y extraño, como el de un terremoto sin palabras.
Después me enteré.
Era un tumulto de estudiantes que iban corriendo a reunirse en el Aula Magna a una actividad extracurricular. Allí, 300 de ellos ovacionaron al profesor Bernardino Bravo Lira, en razón del doctorado honoris causa que le confirió la Universidad de San Marcos de Lima.
Los Carlos Díaz de nuestro tiempo saben reconocer en este académico nostálgico del absolutismo monárquico, ad portas del 18 de septiembre de 2026 —permítaseme la hipérbole— a un loco que no lo está del todo. Un hecho en que se renueva la audacia consubstancial a la libertad académica. Festejemos que, de vez en cuando, los académicos seamos liberados por los estudiantes de las cadenas que ponen, muchas veces sin proponérselo, las instituciones en las que los seres humanos nos desarrollamos para no quedar reducidos a nuestra realidad biológica.
Y es que (dicho sea de paso), los locos que no lo parecen, y andan por ahí subrepticiamente enloqueciendo a otros, son los realmente inquietantes. Un voluntario crucero por las costas del helado Plutón no les haría daño.
Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP
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