Por Max ColodroSin destino

A tres meses de la instalación del nuevo gobierno, la izquierda y la centroizquierda siguen en el limbo, sin capacidad ni interés en una introspección sincera sobre la magnitud de la derrota vivida en los últimos años. En efecto, lo ocurrido durante la administración de Gabriel Boric no fue solo la imposibilidad de llevar adelante un programa y el consecuente desenlace electoral, sino un proceso de dimensiones históricas: una nueva generación política, que venía a tirar por la borda la Constitución y el modelo económico impuestos por la dictadura, se estrelló sin contemplaciones contra el muro de la realidad. Y sobre ese sueño frustrado, sus líderes y responsables no han tenido la valentía de hacer la más mínima autocrítica.
A partir de 2011 el movimiento estudiantil tuvo la destreza para arrastrar al país a un conjunto de cambios en materia educacional y económica; desafío que fue tomado con entusiasmo por Michelle Bachelet y que delineó la apuesta de su segundo gobierno. La columna vertebral de esa tentativa era el proceso constituyente, un imperativo que la centroizquierda acoge como propio desde el momento en que pierde el poder en manos de Sebastián Piñera, y que terminará imponiendo a través de la violencia durante el estallido social. El gobierno de Boric vino a ser el gran gestor de la refundación de Chile, esa que por la vía del cambio constitucional permitiría, al fin, dejar atrás la institucionalidad de Pinochet y enterrar el neoliberalismo.
Pero nada de eso ocurrió. La generación de Boric y los partidos que la acompañan en esta aventura no solo fracasaron en su esfuerzo de terminar con la Constitución vigente, también en el sueño de acabar con las AFP y las Isapres, de mejorar la calidad de la educación pública y sentar las bases de un nuevo modelo de desarrollo. Simplemente no fue posible y, para peor, sufrieron una derrota electoral de proporciones, debiendo entregar el gobierno a una derecha químicamente pura, restauradora del orden y del principio de autoridad. A los jóvenes refundacionales y a sus partidarios no les quedó otra salvo celebrar como un logro propio la normalización del país que su propio fracaso vino a representar.
Y ahí están: sin diagnóstico sobre su aventura fallida, sin propuesta de futuro y sin asumir responsabilidades por el daño generado al país. Lo único que tienen como horizonte es la crítica implacable al nuevo gobierno y la esperanza de una desestabilización a mediano plazo. El contexto global, el drama que hoy enfrentan las izquierdas en el mundo, tampoco les interesa ni es objeto de reflexión. Al contrario, mientras mayor es la debilidad y el fracaso que encarnan, mayor es la virulencia con que responden a sus adversarios y a sus escasas voces disidentes. Mudos y monolíticos ante su desgracia, ciegos y prepotentes frente a un destino que ya no les pertenece, su única utopía es hacer todo lo necesario para que los problemas que ellos contribuyeron a profundizar, no encuentren solución en manos de otros.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
CYBER 50% Plan Digital+$5.990 al mes SUSCRÍBETE














