Por Ignacio BadalReconstruir la economía de Venezuela: un trabajo de más de una década
Economistas venezolanos, chilenos y de consultoras internacionales discuten cuáles podrían ser las vías para recomponer un sistema económico empobrecido y derruido, cuyo PIB hoy es un quinto de lo que era hace 12 años. Algunos plantean partir por el reimpulso de la industria petrolera, otros se la juegan por un ancla fiscal o monetaria, incluso dolarizando, y otros por una mezcla de todas ellas. Lo que está claro es que estas eventuales medidas serán la base para un proceso largo y que depende, primero, de que se despeje la incertidumbre sobre lo que EE.UU. quiere hacer con Venezuela.

Si hay un primer paso en el largo camino que se prevé para restaurar la economía de Venezuela podría ser, quizás antes de llevar adelante grandes medidas, contar con cifras confiables. Porque estadísticas oficiales actualizadas prácticamente no existen. Y para al menos sentar las bases de una política económica, se requiere de cifras que más o menos den cuenta de la realidad del país.
Es un paso básico, pero cuya inexistencia es reflejo patente del enorme trabajo que requiere la reconstrucción de Venezuela, un proceso que quienes han estudiado el tema cifran en más de una década.
Claro, si se parte del supuesto que restaurar Venezuela es el objetivo de Estados Unidos y de su presidente Donald Trump, hoy el verdadero poder en el país caribeño.
Porque el ataque de Estados Unidos a Caracas del sábado 3 de enero y la captura de Nicolás Maduro alimentaron de inmediato la esperanza de una nueva etapa para Venezuela. Pero que al mando de la nación haya quedado la número dos del régimen, Delcy Rodríguez, y toda su plana militar encabezada por Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López instaló una enorme cuota de incertidumbre respecto a cuál es la intención de Trump sobre el futuro de esa nación. Porque no se sabe si el sistema político y, especialmente, económico imperante también se conservará. Más aún, con el mensaje de Trump de que su interés es solamente el petróleo venezolano, por lo que ya llegó a acuerdo con Rodríguez para comprar hasta 50 millones de barriles de crudo y anunciar que será Estados Unidos quien controlará el negocio.
De ser así, la idea de levantar esa economía derruida podría quedar en las mismas dudas que antes.
Es que la destrucción de valor de Venezuela ha alcanzado niveles gigantescos. Si en 2012, cuando Hugo Chávez cumplía su décimo tercer año en el poder, su Producto Interno Bruto (PIB) alcanzó un máximo histórico de US$372 mil millones, en 2024 llegó a apenas US$82 mil millones, según cálculos del Fondo Monetario Internacional. Representa una contracción de su economía del 78% en 12 años. Esto, pese a que esa economía creció un 8% en 2022, 4,4% en 2023 y 5,3% en 2024. De acuerdo al FMI, la gran caída se produjo entre 2013 y 2020: un 88%, un decrecimiento sin precedentes en la historia mundial.
Si se habla de tristes récords, Venezuela también ostenta una de las mayores tasas de inflación anual de este lado del mundo, con un 130.060% en 2018, según el Banco Central de ese país (y un 1.698.488,2%, según el independiente Observatorio Venezolano de Finanzas) que ocurrió en medio de una crisis hiperinflacionaria que duró 44 meses, “la segunda hiperinflación documentada de mayor duración”, dice el economista de ese país Asdrúbal Oliveros, sólo superada por Nicaragua entre 1986 y 1991. Una hiperinflación para los economistas ocurre cuando la tasa mensual de alza de precios supera el 50%.
Y lamentablemente, pese a que hubo tasas menores entre 2022 y 2024, la hiperinflación ha vuelto, porque, aunque no existen estadísticas oficiales, extraoficialmente los expertos calculan que el año pasado se situó en torno al 600%.
Otros datos: las exportaciones venezolanas en 2023 llegaron a US$7.630 millones y las importaciones, a US$9.980 millones, calcula la base de datos independiente Observatorio de Complejidad Económica. Como comparación, ese año Chile exportó US$94 mil millones e importó US$85 mil millones. La mayor exportación venezolana fue el petróleo crudo y su mayor importación...petróleo refinado.
Partir desde un panorama tan desolador confunde, porque no se sabe por dónde empezar. De hecho, consultar a especialistas implica recibir sendas fórmulas diferentes, según cada cual cree que es la prioridad a atacar.
Algunos aconsejan reconstruir la industria del petróleo, para lo cual ayudaría la decisión de Estados Unidos; otros creen que se debe empezar por el ataque a la inflación y otros, por el ancla fiscal. Probablemente, la mejor fórmula sea una mezcla de todos estos caminos y más.
Sin embargo, en lo que están de acuerdo todos los expertos es que augurar un “futuro esplendor” económico para Venezuela depende primero de que los recientes hechos desemboquen en una salida política pacífica y democrática en el corto plazo. Una vía distinta sólo significaría eternizar la incertidumbre y postergar quizás hasta cuándo la esperada reconstrucción.
“A largo plazo, si la transición política hacia un sistema democrático se materializa y se implementan profundas reformas económicas, es probable que la economía venezolana se reactive y se beneficie significativamente”, admite Alfredo Coutiño, director para América Latina de Moody’s Analytics.
La fórmula petrolera
Para ordenar lo que viene, a primera vista es posible determinar que, en términos geoestratégicos, si hasta la semana pasada Venezuela se alineaba a nivel global con Rusia o China, en esta “fase post-Maduro probablemente se vea a Venezuela reorientarse hacia Washington”, dijo Dan Alamariu, estratega jefe de geopolítica de la consultora canadiense Alpine Macro.
Y el primer paso ha sido este acuerdo de venta de petróleo, que si se profundizara, permitiría, por ejemplo, el ingreso de las petroleras estadounidenses a explotar las mayores reservas de crudo pesado del mundo que esperan bajo el Lago de Maracaibo. La débil inversión en el periodo de Maduro implicó que Venezuela redujera su producción en casi un 70%, por lo que hoy sólo entrega del orden de los 900 mil barriles por día (bpd).
Elevar entonces la producción de crudo en el corto plazo podría colaborar a echar andar la máquina económica nacional. Pero sus efectos podrían ser acotados.
“Un escenario probable es una modesta recuperación dentro de dos años, en el caso de que el gobierno chavista respaldado por Estados Unidos abra la inversión en hidrocarburos y mantenga la seguridad doméstica”, plantea el economista senior para América Latina de Oxford Economics, Tim Hunter, quien cree improbable un repunte de más largo plazo con la actual administración.
Hunter calcula que, en un escenario de cooperación con Estados Unidos, una modesta inversión podría provocar que la producción de petróleo se duplique en dos años, a cerca de 2 millones de barriles diarios, con su correspondiente efecto positivo en el PIB venezolano del 2028. Pero para alzas mayores, dice, se requieren inversiones de mayor escala y duración.
José Noguera, profesor venezolano de Economía en la Usach y autor del libro “La Reconstrucción de Venezuela”, cree que el principal problema de su país es que casi no existe inversión, ni privada ni pública. “Al haber una inversión tan pequeña, el país produce muy poco. Lo que hoy mueve la economía es el tráfico del poco petróleo que se produce”, explica.
Pero siente que el petróleo es clave: “Lo principal es reconstruir la industria petrolera, aumentar la producción, y eso sólo lo pueden hacer las grandes petroleras estadounidenses”, admite.
Poniéndose en el escenario más optimista, esto podría aumentar la producción de crudo en 1 millón de bpd por año y llegar a 10 millones en una década. Esto implicaría una enorme entrada de dólares a la economía y multiplicaría al menos cinco veces el PIB, según Noguera, lo que impondría un marco más adecuado para poner en marcha políticas públicas necesarias para enderezarla. Con este escenario optimista, en todo caso, recién en 10 años el país caribeño se acercaría al nivel de PIB que tenía el 2012.
Y a eso se agregan las perspectivas de crecimiento de la explotación del oro, hoy gran parte en manos de la minería ilegal (en 2024, Venezuela aseguraba contar con la segunda reserva del mundo), y de otros minerales como bauxita y hierro, así como la restauración de industrias como la metalúrgica o de la construcción, entre otras, que ampliaría la base de sustentación productiva de su economía.
“Hay que avanzar en varios frentes simultáneamente. Lo del petróleo es fundamental por su importancia para el país y debe tener prioridad, pero al mismo tiempo hay que generar condiciones para que otras actividades más intensivas en mano de obra y de producción de bienes básicos se normalicen. Para ello es fundamental terminar con la inflación y generar un equilibrio fiscal, ya que ambos están relacionados”, estima Alejandro Fernández, socio de Gémines Consultores.
La vía monetaria y fiscal
“Antes que nada, hay que arreglar el tema monetario”, sostiene Juan Nagel, también venezolano, director académico del ESE Business School de la Universidad de Los Andes de Chile. “La moneda hoy, el bolívar, no sirve para nada”, sentencia el macroeconomista.
Nagel es de los que creen que recuperar la industria petrolera es un apoyo, pero que las políticas macroeconómicas, monetarias y fiscales son las urgentes. Pero que deben ser aplicadas por autoridades serias, que den confianza a la comunidad internacional: con un ministro de Hacienda respetable, que pueda presentar un presupuesto creíble -“Hoy en Venezuela no hay presupuesto fiscal”, coinciden Noguera y Nagel- y enfrentar una deuda pública calculada extraoficialmente en US$ 200 mil millones que está impaga hace seis años; y un Banco Central independiente, que establezca una política antiinflacionaria pragmática y productiva.
“Eso no va a pasar con Delcy Rodríguez”, asegura Nagel. “Puede haber más plata por más producción petrolera, pero arreglar los daños estructurales de la economía, no va a pasar”, añade.
Los cambios requeridos son los que entregan confianza a los inversionistas para que vuelvan a creer en el país, explica. Colocar dinero para desarrollar empresa en medio de una hiperinflación y con un control de tipo de cambio que lleva 20 años, es poco factible.
“El principal problema hoy de Venezuela es que la economía carece de un ancla de confianza”, opina Andrés Abadía, economista jefe de la consultora británica Pantheon Macroeconomics. “Sin reglas macro duraderas —fiscales, monetarias, contractuales, etc.— persisten la inflación elevada, el caos cambiario y una inversión privada anémica o prácticamente nula. El petróleo ayuda en el margen, aunque la industria como tal está muy golpeada, y no compensa un riesgo político e institucional extremo”, concuerda.
Pero para enfrentar la recomposición monetaria y fiscal existen varias vías.
Algunos creen que se podría recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI), órgano multilateral que ha acompañado varios procesos nacionales para restaurar economías, otorgando préstamos millonarios. “El FMI puede ser una vía, otra puede ser directamente Estados Unidos, que está controlando el país”, dice Fernández.
Pero el editor de la revista Forbes, por ejemplo, cree que es mejor excluir al FMI, pues, según él, impulsa medidas que podrían ser desastrosas, “como las devaluaciones monetarias y el aumento de impuestos”. “Un gran impulso para la nueva Venezuela sería dolarizar la economía”, dice Steve Forbes, citando que Ecuador y El Salvador lo hicieron “lo que ha sido un éxito popular”. Dolarizar es también un camino para Fernández.
Sin embargo, no hay consenso a este respecto: “Un programa con el FMI —si las condiciones políticas lo permiten— aporta financiamiento y credibilidad. La dolarización puede bajar la inflación rápido, pero exige disciplina fiscal estricta", cree Abadía. Por ello, insiste en la necesidad de un ancla creíble con piso social, que implicaría, entre otras medidas, “fin del financiamiento monetario del déficit, orden de caja, normalización cambiaria y protección focalizada a los hogares vulnerables”, enumera.
Estas medidas pueden ser eso sí de corto plazo y podrían ayudar, pero los entrevistados coinciden en que es sólo el comienzo. “En un año puedes hacer las reformas necesarias para sentar las bases para retomar el crecimiento. Pero deben pasar al menos 15 a 20 años para que Venezuela vuelva a ser Venezuela”, puntualiza Nagel.
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