Alejandra Rossi

Alejandra Rossi

Directora Magíster en Neurociencia Social Universidad Diego Portales.

Qué Pasa

El estrés es un problema, no un valor cultural

El estrés un fenómeno global de responsabilidad compartida por muchos actores sociales, del cual todos nos tenemos que preocupar, para prevenir que este se convierta en una epidemia.


Según el documento Chile Saludable, realizado por la Fundación Chile en conjunto con Gfk Adimark en el año 2016, un 42% de la población se declara “altamente estresada”. Esto en contraste con las cifras del mismo estudio realizado el 2012, donde solo el 22% de la población se consideraba viviendo bajo altos niveles de estrés. Según el documento, el alza puede deberse principalmente a variables como la “inestabilidad”, la “incertidumbre” y los “bajos niveles de confianza” percibidos.

El estrés es conocido como el “asesino silencioso”, debido a sus nefastos y, a corto plazo, poco aparentes efectos en el organismo. Sus consecuencias se ven reflejadas de forma concreta en el sistema inmune, cardiovascular, gastrointestinal, en los músculos y la reproducción sexual. Por supuesto, a nivel psicológico, el estrés está asociado a una serie de problemas emocionales, cognitivos y comportamentales que dificultan el día a día de quien lo padece.

Cabe señalar que el estrés pertenece a un conjunto de respuestas adaptativas que la especie humana comparte con los mamíferos y otros animales. Es así, como responder, por ejemplo, ante un evento amenazante como un terremoto, un posible accidente o dar una charla masiva, se genera una respuesta de estrés que no necesariamente es nociva, sino movilizante: activa energías, agudiza la percepción y deja al organismo listo para reaccionar de forma rápida ante cualquier necesidad del momento.

En este sentido, la respuesta de estrés per se, no es problemática en tanto auto-limitada a la percepción concreta de un evento estresante temporal. Una vez pasado el evento, la amenaza o estresor percibido debiera también desaparecer, gatillando que la respuesta fisiológica cese. Así, por ejemplo, los niveles de adrenalina y cortisol, hormonas asociadas a la respuesta de estrés, debieran volver a la normalidad. A medida que los niveles de adrenalina y cortisol disminuyen, la frecuencia cardíaca y presión arterial también debieran regresar a niveles basales, reanudándose así la actividad regular del organismo.

Sin embargo cuando los factores estresantes están presentes de manera continua y la persona se siente constantemente amenazada o bajo ataque, la reacción de alerta y activación general permanece. Esto, a largo plazo pasa a entenderse como estrés crónico y tiene efectos a todo nivel, contribuyendo por supuesto, a problemas de salud asociados con el estrés crónico.

Las oleadas persistentes de adrenalina, generadas ante la percepción de un estresor pueden dañar los vasos sanguíneos y las arterias, subir la presión arterial y a su vez incrementar el riesgo de ataques cardíacos o accidentes cerebrovasculares. Por otro lado, los niveles elevados de cortisol generan cambios fisiológicos que ayudan a reponer las reservas de energía del cuerpo que se agotan durante la respuesta al estrés y de forma secundaria, contribuyen a la acumulación de tejido graso y al aumento de peso. De esta forma, se entiende que, por ejemplo, personas bajo estrés sientan más hambre, ya que requieren una mayor cantidad de energías.

De forma muy concreta, los riesgos de numerosos problemas de salud se acrecientan de manera significativa, incluyendo: ansiedad, depresión, problemas digestivos, migrañas, enfermedades cardiovasculares, insomnio, fluctuaciones en el peso, problemas de memoria y concentración, solo por mencionar algunos.

Y todo esto sin hacer mención a la dimensión social. El estrés debe entenderse desde un marco integral, por lo tanto, las dimensiones socio-psicológicas, emocionales y comportamentales de la persona bajo estrés crónico, también se verán afectadas. Lo que abre la puerta a fenómenos como la aislación social, agravando el cuadro.

En este sentido, la invitación es a reflexionar sobre el estrés como fenómeno enraizado en la cultura. Muchas veces pareciera conllevar una connotación positiva declararse “altamente estresado” (e.g. “probablemente trabajando/esforzándose mucho”), haciendo del estrés un fenómeno global de responsabilidad compartida por muchos actores sociales, del cual todos nos tenemos que preocupar, para prevenir que este se convierta en una epidemia.



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