¿Nos separamos después de la cuarentena? (2ª parte)

Siempre nos engañamos a nosotros dos veces respecto a las personas que amamos, primero a su favor, luego en su contra (Albert Camus).



Eduardo se conecta puntualmente a la sesión con una coca light en mano y nada más saludarlo, arranca.

He pensado harto en esta segunda sesión. Después de la primera, decidí dejar el vino por un rato, pero a la segunda noche no pude más y me tomé un par de copas después de discutir con la Claudia. Como te contaba, la convivencia no ha sido fácil y los dos tenemos más pega y menos distracciones. No tenemos hijos Sebastián, por lo que salir y juntarnos con amigos y familia lo era todo para nosotros. Y como yo no aguanto a gran parte de su familia ni de sus amigos, salíamos muchas veces por separado. Estas eran nuestras válvulas de escape, éstas y el gimnasio de la Claudia. Ella entrenaba todos los días después de la pega y varias horas los fines de semana. Es una máquina y yo me relajé demasiado.

¿Qué te pasó?

Nunca fui bueno para el gimnasio. Pura pelota, pichanga, baby. Tengo talento y pese a mi guata, jugué regularmente hasta lesionarme un par de años atrás. De ahí nunca más volví. Y engordé y me puse aún más trabajólico. Yo creo que ahí definitivamente nos perdimos con la Claudia, pues ya era evidente que nuestros gustos y actividades eran muy distintas.

¿En qué sentido?

Al principio con la Claudia lo pasábamos muy bien, porque a los dos nos gustaba trabajar mucho y salir. Nos dábamos nuestros lujos, viajábamos, salíamos a comer, a bailar. Ya cuando comenzamos a vivir juntos las diferencias se hicieron más notorias, pues yo soy bien de llegar y gastar. No me hago atados. Sí me gusta, compro. Pero no, la Claudia se fija en todo, compara y poco menos que hay que hacerle un power point y un Excel para que elija unas cortinas. Weón, su familia está cagada en plata, le va la raja en la pega, yo no gano nada mal, pero no, la wea es sufrir, darse vueltas, hacer cálculos y vivir como si todo el mundo te quisiera cagar. Weón, es enfermante, pero hace ya años que dejé meterme en las compras. Las únicas webadas que compro son para mí.

¿Y ahora que están encerrados, qué ha pasado con las compras?

Buena pregunta. Ahora que lo pienso, los dos nos pusimos a comprar webadas por nuestra cuenta. Ella puras webadas para hacer ejercicios y máquinas para cocinar saludable y yo tecnología y copete. ¿Te conté que me compré un mini-bar y lo instalé en este closet? Es una locura, pero ahí tengo unos vinos blancos heladitos, que a esta altura es de las pocas cosas que compartimos con la Claudia. Es lo único que toma y yo la acompaño. Es como una tregua. El resto del tiempo estamos peleando o enojados. A veces, te prometo, no me acuerdo ni porqué la Claudia está enojada, pero basta verla para saber que está furiosa.

¿Y por qué crees que está tan enojada contigo?

Yo creo que se siente estafada, pero aquí la que cambió fue ella, no yo. Ella es la estafa. Cuando nos conocimos le encantaba lo relajado que yo era y lo poco que me creía el cuento. Yo no soy un weon competitivo Sebastián, ni un winner, ni tampoco un weon ejemplar. Soy un gozador. En la pega yo podría haber luchado para llegar más alto, pero preferí quedarme como subgerente de mi área y hacer que mi gerente se luzca. Total, el gerente general sabe quien hace la pega. Yo ayudo a todo el mundo en la oficina y hasta he ido a las casas de mis jefazos a solucionarles webadas informáticas. Y te aclaro que no me molesta, me gusta ayudar, solucionar cosas y después reírme y ojalá que me inviten a comer o a tomar. A la Claudia le molesta que sea tan poco ambicioso, que me haya negado a aprender inglés, que no haya seguido perfeccionándome. ¿Para qué? Si yo no quiero una webada distinta, lo paso bien, me gusta lo que hago, me llevo la raja con la gente de mi pega, con mis amigos, con mi familia. Pero claro, la Claudia se lleva como las weas con todo el mundo y yo creo que sólo la aman los jefazos de su pega. Y sospecho que a la Claudia le hubiera gustado que yo fuera como uno de ellos y llevar esa vida.

¿Y qué vida es esa?

Una vida sofisticada, más elegante. Mira, cuando fuimos a Europa, me encantó. Precioso, pero todo caro y complicado. Yo quería comer bien, tomar bien, hablar y la Claudia me miraba mal. Gastaba mucho, pero era la única webada que me gustaba hacer. Caminar todo el día viendo museos, iglesias y tiendas no es lo mío. Yo echaba de menos estar tirado en la playa, comerme un asadito o ir a la caleta a comprar pescado y mariscos para el almuerzo. Esa es mi onda y ahí no escatimo en gastos. Por eso, comer poco y caro, no es lo mío y la Claudia decía que yo era muy cerrado, que no quería aprender. Fue un desastre el viaje.

Eduardo se pone de pie, da un par de pasos hasta el closet y ágilmente se agacha y saca del mini-bar una cerveza.

Sorry Sebastián, me dio sed hablar de Europa. Te juro que es solo una. Pues sí, te podría hablar eternamente de nuestras peleas y diferencias con la Claudia, pero aún así no sabría que hacer sin ella. ¿A quien le echaría la culpa de todos mis males? Debe ser difícil vivir solo y preguntarte cómo chucha terminaste así. Solo weón, yo no sé si podría aguantar esa webada y menos en cuarentena.

¿Y tú crees que la Claudia podría vivir sin ti?

Puta que soy maricón Sebastián, buena tu pregunta. Amerita otra cerveza.

Tras acabarse la primera en un par de tragos, Eduardo reaparece con otra. Escucho el sonido de la lata al abrirse e inmediatamente veo la sonrisa de Eduardo que ilumina la pantalla.

Weon, no te enojí, pero estuve varios días sin tomar después de hablar contigo y temo que después de tomarme esta cerveza no vuelva a tomarme otra. Sí, yo creo que la Claudia hace rato tiene otro weón y yo me hago el gil. ¿Será un viejo del gimnasio? ¿Un pendejo de la pega? No lo sé, pero cuando no estábamos en cuarentena era más fácil mirar pa’l lado. Ya te conté que no soy celoso, pero en un par de oportunidades mi familia y mis amigos me han deslizado la maldad.

¿Qué maldad?

Esa maldad.

¿La infidelidad?

Puta, pa’ que le poni nombre a la maldad, así suena fuerte. Puta la webada, me deprimí de nuevo, pero ya te prometí que era una cerveza y punto. Bueno, dos. Si, me he hecho el weón, pero yo creo que nos peleamos con la Claudia básicamente porque le recuerdo esta vida. La oficial, la real. A ella le gusta más la otra, la que vive en la pega, la que vive por su celular, en el gimnasio y en sus famosas convenciones. Yo creo que se enoja conmigo porque soy un mal recuerdo de lo que fuimos, de lo que fue ella y no me puede dejar, porque soy un guatón adorable. Siempre la he tratado bien, siempre la he respetado, nunca me la he cagado. La quiero.

En este momento se produce un silencio y a través de mi pantalla veo en primer plano la lata de cerveza de Eduardo.

Eris bueno weon, me hacis hablar muchas webadas. Yo creo que ni con diez piscolas hubiera hablado de esta webada con otro gil. La CSM, ahora sí que quedé peor que en la primera sesión. Si seguí así, cuando se levante la cuarentena, no te voy a invitar para mi cumpleaños. Y son buenos mis cumpleaños.

Tras mi silencio, Eduardo empieza a jugar con la lata de cerveza.

Ojalá se acabe pronto la cuarentena, ya ni me reconozco pensando así. Tal vez sean puros cuentos. Tal vez me imaginé todo y la Claudia es una santa. Puta la webada. No lo sé, pero si sobrevivimos a este encierro temo que vamos a ser de esas parejas que se ven bonitas por fuera, pero son puros secretos por dentro. Así son todos los weones en la familia de la Claudia.

Tras terminar la sesión con Eduardo, la última de la tarde, me encuentro a mí mismo abriendo el refrigerador y mirando mi helado premio de la jornada. Una cerveza exactamente igual a la de Eduardo. Saco la lata, cierro el refrigerador y me pregunto cómo terminará esta historia.

Continuará…

Revisa la segunda parte de esta columna en este enlace.

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