¿Nos separamos después de la cuarentena?

...nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo... (Julio Cortázar).



Estamos entrando al cuarto final del año. Se asoma septiembre y para muchas subjetividades la cuarentena se alarga y la paciencia se agota. En este escenario mental, algunas personas, sobretodo las que habitan la transición, se empiezan a relajar, mientras otras se estresan, debido -precisamente- al relajamiento de los otros.

En estos tiras y afloja las relaciones de pareja, incluso esas que parecían eternas, se estresan, sufren y se resienten. Hay peleas, desencuentros, desacuerdos y coletazos del encierro. En la privacidad de las casas y de los departamentos, hay parejas que hacen cálculos y sacan boletas. La eficacia y la eficiencia de la economía doméstica tiene un costo emocional.

Y el costo de esta crisis, hace posible lo hasta hace poco imposible.

Hecha esta introducción, les presento a Eduardo, mi nuevo cliente, quien, copa en mano, me pregunta si me molesta que tome en sesión. Son las siete de la tarde, Eduardo está en su casa, yo en la mía y no se me ocurre ningún argumento para decirle que sí o que no, por lo que recurro al viejo truco de ser psicólogo y le contrapregunto si a él no le molesta que yo no tome.

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Que buena onda Sebastián, gracias. La verdad es que esta es mi segunda copa de vino. Te confieso que hace un par de meses me relajé y empecé a tomar todos los días y supongo que ya me convencí que me hace bien, que me lo merezco y que cuando se acabe la cuarentena lo dejo.

Acto seguido, Eduardo se levanta, camina hacia un clóset, abre una puerta y vuelve con un paquete de almendras.

Es loca esta webada, pero acondicioné la pieza de visitas como oficina y ya tengo un minibar y una despensa al lado de las carpetas de la pega. Me da vergüenza reconocerlo, pero a mí el teletrabajo me parece la raja. Por mí que fuera así para siempre, pero el problema es que ahora abro la puerta y se acaba la felicidad.

¿Qué pasa cuando sales de esa puerta?

Empiezan los reclamos y las recriminaciones. Y tiene razón la Claudia para estar chata, pues me invento pega para no salir de acá. Amo mi pega Sebastián, siempre la he amado, pero ahora la amo más que nunca. ¿Y cómo no? Me pagan por pasarlo bien y ahora ni siquiera tengo que ir al centro, que era el único pero de todo. Soy feliz detrás de la pantalla, con los números, los cálculos, las planillas, los controles, dos doble clic y los sent.

¿Y qué pasa cuando sales de la pantalla?

Lo he pensado y creo que la Claudia no se atreve a separarse de mí. Llevamos casi 20 años juntos, los dos somos súper trabajólicos y supongo que duramos lo que duramos porque no nos veíamos tanto. No te lo puedo asegurar, pero si la Claudia tuviese otro, no me extrañaría, pues es mina. Va todos los días… bueno… iba todos días al gimnasio hace por lo menos diez años, come sano y solo fuma cuando salimos. Ella tiene un cargo re importante y se preocupa mucho de cómo se ve. Antes de la pandemia esto me importaba una raja, pero ahora me revienta.

¿Qué te revienta?

La convivencia. No la aguanto. Me molesta todo de ella; su optimismo, su vida sana y sus frases motivadoras, intercaladas de críticas y mala onda. ¿Esa webada es ser pasivo-agresivo no? Pero lo que más me enferma es la importancia que le da a la gente de su pega. A mí, te repito, me encanta trabajar, es como un juego, pero me chupa un huevo lo que piense la gente. Pero no, la Claudia vive para esta webada, vive para estos weones y…

¿Qué son estas webadas y quiénes son estos weones?

Vive para los otros, se desvive por weones que no conozco ni me interesan, pero supongo que serán sus jefes o clientes. Esta weona, en medio de la pandemia, se pasa una hora en la elíptica y se viste de pies a cabeza, mientras yo me paseo en pijama con una tostada en una mano y un café en la otra. Claramente se ejercita y se viste para estos weones. Siempre fue así, pero a mi no me importaba, porque no la veía tanto y los fines de semana carreteábamos, comíamos y dormíamos.

¿Y qué piensas hacer?

De partida, seguir chupando. Tengo un minibar y un kiosko en el clóset, una cava en el pasillo y todos los accesorios que pueda necesitar para la pega y para jugar. ¿Qué más puedo necesitar? Además, con la plata que gano, y con lo que he ahorrado, no paso ni un susto. Mis viejos son a toda raja y siempre que puedo los ayudo y la familia de la Claudia, si bien son inaguantables, no tienen problemas de lucas. En definitiva, trabajo como trabajo para tener siempre una buena excusa para no bancármela a ella ni a su familia.

¿Y ella qué piensa de todo esto?

Sinceramente creo que no le importa. Está cómoda. Soy cero celoso, no soy cagado y si la tengo que acompañar, como y chupo como si fuera mi primer matrimonio y alcanzo a sacarme los zapatos antes de acostarme.

¿Qué significa eso?

Que llego doblado, pero no tan doblado como para no poder sacarme los zapatos.

¿Y mientras tú comías y tomabas, que hacía la Claudia?

Ahí está el encanto de nuestra relación; ella se iba por su lado y aparecía cuando me quería presentar a alguien o me necesitaba para algo. Pero si no pasaba ninguna de las anteriores, me podía encontrar siempre estacionado en una barra, hablando con el barman, con un garzón, con cualquiera que se me sentara al lado o jugando con mi teléfono. No me aburro nunca Sebastián, tengo pila para rato.

¿Y cuándo te sacas los zapatos?

Ahí muero hasta el día siguiente y sobrevivo hasta el lunes. Era perfecto, pues con esa caña no pensaba en nada y era entendible que todo me molestara. Supongo que con esto lograba que la Claudia no me webeara el resto del fin de semana.

¿Durante 20 años?

No siempre fue así, pero creo que después de nuestros primeros cinco años juntos, las cosas en vez de evolucionar… se estancaron y después de un rato, involucionaron. ¿Existe esa palabra? No sé, lo concreto es que cada vez estábamos peor y lo único que nos salvaba era la oficina y el carrete. Y ahora, ni con cinco zoom al hilo quedo doblado. Es una lata carretear así y ya no me puedo arrancar los lunes a la pega.

¿Y te gustaría hablar esto con la Claudia?

¿La dura? Me encantaría ahorrarme esa conversación, pero supongo que es inevitable. No tengo miedo, ni rabia. Bueno, tal vez un poco de rabia, pero lo que más tengo es lata, me parece una webada tan burocrática y me cago si me pide ir a una terapia de parejas. ¿Qué pensai de las terapias de pareja?

Frente a mi silencio, Eduardo, por primera vez en cuarenta minutos, se queda callado y tras unos segundos calmos, rellena su copa.

La tercera y última. Quedé mudo. Esa webada no me pasa nunca, pero supongo que la cuarentena me tiene weon y no sé si habría pensado todas estas webadas sin este encierro. De repente mañana se acaba todo, volvemos a la pega y se me olvida esta conversación. Una copa más y de verdad se me olvida.

Nuevo silencio.

Puta la webada Sebastián, me deprimí hablando contigo y ahora siento que estoy pal gato. ¿Esto es el coaching?

Silencio.

Sorry Sebastián, parece que estoy peor de lo que pensaba. Me asusté. Y cuando me asusto suelto chuchadas. Y cuando me enojo. Y cuando me da pena. Puta la webada, no puedo parar.

En este momento Eduardo se pone de pie, me da la espalda y veo que del clóset saca una lata de Coca Cola y vuelve a sentarse.

Parece que voy a tener que aflojar con el vino en futuras sesiones. De verdad lo siento Sebastián, creo que me relajé demasiado y hablé cosas que no me había confesado ni a mí mismo. Es cierto, la Claudia está insoportable y supongo que ella tampoco me banca. Nuestra relación es nula o mala, elige tú, pero nunca había verbalizado que quería separarme. Y ahora estoy cagado de miedo. No sé qué hacer.

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No hagas nada… veamos que pasa la próxima semana.

Notoriamente aliviado, Eduardo se despide levantando su coca cola. Apago mi computador, bajo la pantalla y al ponerme de pie siento que la ansiedad, como si fuera un pac-man híper hambriento, persigue fantasmas velozmente dentro de mi cuerpo.

Tras esta imagen, me pregunto qué jugará Eduardo para desconectarse.

Continuará…

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