Trabajando en un hogar de ancianos: despachos desde la primera línea invisible

Foto: Alfredo Cáceres

En el mundo, el coronavirus se ha ensañado con los hogares de ancianos transformándolos en focos de la enfermedad. Una realidad de la que tomaron nota en las más de 900 residencias que hay en Chile para prepararse con resultados dispares: el 22% de las muertes por Covid-19 en la Región Metropolitana provino de estos hogares. Miles de cuidadores que trabajan en ellos han quedado expuestos al desgaste emocional de, en muchos casos, reemplazar a los familiares que no pueden ir de visita, y de saber que por un descuido pueden morir varios ancianos. Estos son cinco testimonios sobre una lucha emocional, y muchas veces invisibilizada, contra la pandemia.




Según la OMS, más de la mitad de las muertes registradas por Covid-19 en Europa fueron causadas por brotes producidos en hogares de ancianos. Lo mismo se repitió en Estados Unidos. En Chile ya se han conocido casos en hogares de Puente Alto, Las Condes y La Florida, entre otros. Además, según cifras del Minsal, el 22% de los muertos por el virus en la Región Metropolitana vivían en estas residencias. Uno de cada cuatro fallecidos por esta enfermedad, en la capital.

Octavio Vergara, director nacional del Servicio Nacional del Adulto Mayor, Senama, explica que en el país hay 994 residencias con aproximadamente 8.700 cuidadores trabajando en ellas, en lo que define como un empleo de alta tensión. “Son personas que cuidan al otro y muchas veces terminan siendo muy cercanos con el adulto mayor y generando lazos que no se dan en otros trabajos”, cuenta Vergara.

Macarena Rojas, académica de Trabajo Social UC y miembro del Centro de Estudios Vejez y Envejecimiento UC (CEVE), apunta que, para funcionar, a las residencias se les exige un conjunto de requisitos que impone el Minsal sobre habitabilidad del lugar, condiciones de espacio, higiene y también un número mínimo de cuidadores por personas mayores. Medidas que hoy, cuando están prohibidas las visitas de familiares a los hogares, le entregan mayor importancia al rol de contención de los trabajadores, lo que se suma a la presión de llevar el virus a los hogares. Octavio Vergara habla de “una carga emocional”. “Físicamente reemplazan a la familia; además, llevan la carga de la preocupación por ser un posible vector de contagio”.

Enfrentar la muerte en estos lugares no es algo ajeno. “En este trabajo se está expuesto a más pérdidas que en otros y de algún modo vas haciendo pequeños duelos de esas relaciones”, comenta Macarena Rojas. Algo que para Vergara es complejo porque “no siempre tienen la posibilidad de trabajar las pérdidas y la persona tiene que volver al trabajo el día siguiente”.

“En este trabajo se está expuesto a más pérdidas que en otros y de algún modo vas haciendo pequeños duelos de esas relaciones”, comenta Macarena Rojas.

La especialista de la UC cree que este es un empleo que no cuenta con el reconocimiento que merece. “Los cuidadores tienen un doble peso porque están con un rol tan relevante como si fueran un profesional de la salud, en la atención directa de las personas mayores, pero también tienen el estrés de que están trabajando con el grupo de mayor riesgo y lo saben”, dice Rojas.

Para enfrentar la emergencia en Senama cuentan que se ha establecido una alianza público-privada para destinar 14 mil millones de pesos adicionales para medidas de capacitación y prevención en los hogares. Además, se han sumado al sistema 1.400 camas en residencias espejo que buscan proteger el distanciamiento social en hogares que registren casos positivos. “Nuestro desafío es que el virus no ingrese a las residencias y que cuando lo haga se puedan habilitar de buena forma las residencias espejo, en eso estamos concentrados porque hemos visto el daño que causa cuando entra en los hogares, lo hemos visto en otros países”, explica Vergara.

Adriana Latorre, 48 años, paramédico del hogar El Buen Samaritano en Ñuñoa, de la fundación San Vicente de Paul: “Somos invisibles"

Foto: Luis Sevilla

”Uno ve en las noticias reportajes al personal de salud de los hospitales, ‘de la primera línea’ y se merecen los elogios porque están ahí con los pacientes que están sufriendo, pero en las residencias nosotros también estamos ahí, de manera distinta pero igual con un rol súper importante porque la mayoría de nuestros pacientes están en riesgo. Somos invisibles porque hacemos un trabajo que es riesgoso y va a depender de nosotros que ellos salgan adelante en esta crisis. Los últimos meses han sido súper difíciles, de repente hay compañeras que se enferman y hay que estar ahí cuidando lo que a ellas les corresponde. Ha sido un trabajo mucho más intenso que lo normal y que no se reconoce, no es público.

Uno siempre dice que este tipo de hogares son la antesala a la muerte. Es difícil porque cuesta mucho acostumbrarse a que a un paciente le llegó su hora y tiene que partir. Por eso el hogar se encarga de la parte espiritual y cuando le llega la hora a algún residente, nosotros estamos ahí porque a veces no llega la familia a tiempo y lo acompañamos hasta el final. Es duro porque uno conoce a ese paciente hace tiempo, se encariña y se muere alguien familiar. Es un duelo.

El temor está en todos porque nos podemos cuidar, pero en el trayecto hacia el trabajo uno nunca sabe: te puedes encontrar con personas que andan sin mascarilla y suben a la micro o el Metro. En ese sentido no sabemos si estamos en riesgo.

No tengo miedo de trabajar con ellos en esta pandemia. Siempre hemos conversado que depende de nosotros que no haya contagios en la residencia. La parte de enfermería se ha preocupado al máximo y siempre nos está apoyando, pero igual el temor está en todos porque nos podemos cuidar, pero en el trayecto hacia el trabajo uno nunca sabe: te puedes encontrar con personas que andan sin mascarilla y suben a la micro o el Metro. En ese sentido no sabemos si estamos en riesgo.

Da pena que en este tiempo los residentes no han podido ver a sus familias. Uno empieza a notar en ellos que hay un cambio. Algunos tienen pena, otros están más callados, otros más ansiosos, preguntan por qué no los van a ver, que por qué su hija no viene. Igual es una angustia que uno ve y siente. Con los más conscientes llamo a la familia y les paso el teléfono para que conversen o hacemos videollamadas para lograr esa cercanía que les hace falta. Por el distanciamiento social uno no puede hacerles cariño, tomarles la mano o saludarlos de beso. Eso es difícil porque estamos acostumbrados a ser más de piel y ellos quizás toman esta distancia de otra manera. Es un momento bien fuerte en ese sentido, a mí me da pena porque somos quienes tienen más cerca y el deber de nosotros es reemplazar la ausencia familiar y obviamente no podemos hacerlo tan cercano para protegerlos.

Confío en que por algo el hogar ha salido adelante y no nos ha pasado nada. Yo creo que la gente que ha partido de aquí está agradecida de lo que uno hace y desde alguna parte nos están cuidando. Cuando todo esto termine tendremos que hacer una fiesta en grande y salir todos al patio y abrazarnos, porque eso es lo que a uno le falta: el abrazo, el beso, el simple hecho de tomarse la mano”.

Dayamis Pérez, 43 años, asistente de ancianos en la residencia Sagrado Corazón de Ñuñoa, de la fundación San Vicente de Paul: “Uno se prepara todos los días para alguna muerte”

Foto: Luis Sevilla

"Antes de llegar aquí, para mí la vejez eran canas y arrugas, pero en el hogar he visto algo mucho más profundo y a veces doloroso. Soy enfermera y en Cuba trabajaba en atención primaria de salud. Llegué con una amiga chilena que visitó mi país y me invitó a venir al suyo. Esperaba trabajar en algún hospital, pero mi amiga al parecer no conocía bien el mecanismo que había que hacer. Como no podía quedarme cruzada de manos, busqué esta alternativa para trabajar en algo que se pareciera a lo que había estudiado. Llegué en el 2016 a la residencia, llevo tres años y medio.

Hoy el trabajo es bien agotador porque las residentes demandan de todo. Está la que quiere conversar, la que quiere que la ayudemos, hay otras que necesitaban que las bañemos, la que no se me puede olvidar -por muchas cosas que tenga- que hay que bajarla a almorzar porque se le olvida. Es muy estresante y no se nos puede olvidar nada. ¿Cómo lo hacemos? No sé.

Hoy muchas de las residentes están irritables o deprimidas, porque esto las afecta. Ahí es donde viene el trabajo de nosotras, muchas funcionarias son artistas y les hacen baile, karaoke, bingo, les hacemos actividades para que se sientan entretenidas porque no pueden ver a sus familias, entonces tenemos que hacer un esfuerzo emocional doble porque cuando nos requieren no les podemos decir ‘no puedo, yo también estoy cansada’. Por eso necesitamos más fuerzas, a veces sobrenaturales, de verdad que sí.

Hoy muchas de las residentes están irritables o deprimidas, porque esto las afecta. Ahí es donde viene el trabajo de nosotras.

Las residentes tienen mucho terror del coronavirus y no me gusta mentirles porque muchas están lucidas. Tratamos de conversar y calmar a las señoras que escuchan muchas noticias. Trato de enseñarles un poquito cuando no entienden la cuarentena o por qué no pueden ver a sus familiares. Les explico con un poco de cariño que esto es lo mejor y no será para siempre.

Uno se prepara todos los días para alguna muerte porque es evidente: cualquiera está a expensas de enfermarse y mucho más a morir porque la virulencia de esto es muy alta. Vivimos ansiosos, a veces hasta con temor, pero en lo personal trato de no escuchar todas las noticias, de ir filtrando y canalizando las que son reales y las que le ponen un poquito. Lo otro es tratar de concentrarme en qué debo hacer para no enfermar con las medidas de lavado de manos, sé que nada más me va a proteger.

Les tomas cariño a las señoras y a veces se forman lazos muy fuertes, aunque uno diga ‘ella es la usuaria y nosotros, los funcionarios’. Somos seres humanos. Hemos tenido pérdidas dolorosas, pero sabemos que hemos hecho lo mejor para que esa persona tenga una vida digna con nosotras y también una muerte digna. Pienso que esa sensación es normal: al final, no estamos preparados para la muerte, le diría mentira si le digo que lo estoy”.

Angélica Zúñiga, 63 años, cuidadora en el Hogar La Visitación de María de La Serena, de Fundación Las Rosas: “Nosotros somos su familia”

"Acá trabajo en ropería, les cuido la ropa a los abuelitos y les doy la alimentación. Llego todos los días a las ocho de la mañana y trabajo hasta las seis de la tarde. Ahora, con pandemia, tengo las mismas ganas de venir a trabajar y hago lo mismo, pero con más resguardo: no me puedo sacar la mascarilla, los uniformes se lavan en la mañana, cuando llegamos nos echamos ese líquido en los pies, nos limpiamos las manos con clorogel para poner la huella, nos toman la temperatura y después usamos un uniforme limpio que nos tienen en bolsas de nylon.

El miedo que tenemos es por los abuelos porque ellos son indefensos y uno les agarra cariño. Ellos dan amor, una sonrisa y están esperando que uno los mire de buena manera. Son gente antigua, de la que se saludaba en la calle y que cuando ibas a su casa y pedías agüita, te daban agüita con harina. Son gente cariñosa. Los más regalones son los que hablan más. Tengo un parcito, el Víctor con el Luis Ángel, que son los más buenos para la talla.

El otro miedo que tenemos es el de pegarle el Covid a la familia. Yo no he visto a mis cuatro hijos ni a mis 11 nietos. Ese miedo tienen muchas compañeras con niños chicos que están aquí con nosotros haciendo frente a todo esto. Si ellos están exponiéndose a que se les pegue, ¿qué puede hacer una? Cuidarse nomás.

Tratamos de que los abuelitos no vean tantas malas noticias en la tele, aunque igual se ponen noticias. Ellos quieren mirar, quieren ver. Dicen: ‘Todavía está esta cuestión del Covid’, pero no hay una conversación con ellos sobre el tema. Tratamos de no comentarlo tanto, de que sea más liviana la noticia. ¿Para qué hacerlos sufrir más de lo que ya lo están haciendo ahí sentados en la silla? Hay que alegrarles la vida.

Tratamos de no comentarlo tanto, de que sea más liviana la noticia. ¿Para qué hacerlos sufrir más de lo que ya lo están haciendo ahí sentados en la silla? Hay que alegrarles la vida.

Esta es una pega invisible, siempre lo digo, pero hay hartas personas que la luchan para estar acá con los abuelitos. Al final, nosotros somos su familia porque la mayoría no tiene familia y ahora más todavía, aunque tampoco es que vinieran mucho. Hay abuelitos que ya estaban solitos”.

Arielly Infante, 27 años, terapeuta ocupacional en el Hogar Juan Pablo II de Arauco, de la Fundación Las Rosas: “El Covid lo cambió todo”

"Soy de Carampangue, un pueblo que está al lado de la ciudad de Arauco, trabajo hace dos años en el hogar. Es una pega agradable que te conecta con las personas y es enriquecedora tanto para mí como para los residentes. Ellos tienen algunas limitaciones físicas o deterioro cognitivo. Son personas que han vivido mucho, personas sabias que te entregan retroalimentación constante. Tienen historias, anécdotas, por eso se genera un lazo superimportante.

Hay uno que no sé si es mi regalón o mi preferido, no sé cómo llamarlo, es don Noel Aguilar. Él es no vidente, pero a través de lo sensorial se conecta muy bien. Cuando llego al hogar él reconoce mi voz, sabe cuando estoy o no. Es un muy buen bailarín y cantante. Sí, es mi regalón.

La vulnerabilidad de ellos es un tema en el trabajo, pero yo siempre los he visto como personas muy capaces, dentro de sus limitaciones ellos siempre tienen herramientas y fortalezas para salir adelante y avanzar. Jamás los hemos mirado como algo cansador, siempre tienen un potencial que resalta o se puede trabajar con ellos. Para mí son personas ‘power’ que tienen harto que entregar aún.

Al comienzo de la pandemia el tema del distanciamiento social fue complejo con ellos, les fue súper difícil el asimilar que ya no iban a poder tener visitas y que se cerraba el hogar. De a poco fuimos trabajando y entregándoles información, ocupando nuevas herramientas tecnológicas, como las videollamadas o recitales por streaming. Eso sirvió para que disminuyeran su ansiedad porque los que no tienen deterioro cognitivo o tienen uno leve, se dan cuenta de lo que pasa. Sobre todo cuando tenían los televisores prendidos y veían noticia tras noticia negativa. Me preguntaban: qué es un estado de catástrofe o qué significa el virus. De a poco les fuimos explicando y ahora dicen que nosotros somos los exagerados con tanta medida de prevención.

Al comienzo de la pandemia el tema del distanciamiento social fue complejo con ellos, les fue súper difícil el asimilar que ya no iban a poder tener visitas y que se cerraba el hogar.

Para mí el Covid lo cambió todo. Antes entraba al hogar y ya me estaban saludando desde la puerta y ahora no puedo, entro desde otro lado, me cambio de ropa, me pongo mi protección personal y recién ahí podemos conversar. Muchas veces me dicen ‘señorita Arielly, no la escucho. ¿Se puede sacar eso?’. Ahí les tengo que comentar que es por su bien, para protegerlos y si ellos quieren usar elementos de protección les pasamos mascarillas y escudos faciales.

Esto me ha inyectado energía para trabajar con ellos para que no sientan que el distanciamiento social es un abandono, sino la oportunidad de generar quizás nuevos lazos entre ellos mismos o con nosotros. Porque antes en el día a día estábamos centrados en la actividad, pero no pensábamos que estábamos con una persona. Este período nos ha servido para reflexionar y unirnos, generando lazos y relaciones sociales en el hogar. Para mí ha sido muy enriquecedor estar acá”.

Daniela Contreras, 26 años, técnica en enfermería del Eleam Santa Isabel de Traiguén: “Sabemos el gran trabajo que hacemos”

"El momento más duro de la pandemia fue al inicio, después tomamos la rutina y una se acostumbra y ya es más llevadero. Al principio fue más el impacto de aprenderse los nuevos protocolos. Nuestro trabajo es duro en términos emocionales, pero con la pandemia es doblemente duro por la responsabilidad que tenemos nosotros de no contagiar a los residentes. Por eso vamos del trabajo a la casa y nuestra vida social está limitada.

Adentro de la residencia mantenemos la distancia y estamos mucho más equipados con mascarillas, pecheras, pantalla facial y guantes. Eso les produce cierto impacto emocional a los residentes y trastoca su rutina diaria. Por lo general, tenemos un lazo bien afectivo con ellos donde los abrazamos, pero hoy los buenos días tienen que ser a distancia y cuesta el tema de la afectividad porque después de tanto tiempo trabajando juntos somos como su familiar más cercano.

Por lo general, tenemos un lazo bien afectivo con ellos donde los abrazamos, pero hoy los buenos días tienen que ser a distancia y cuesta el tema de la afectividad porque después de tanto tiempo trabajando juntos.

Nuestros residentes en un 95% tienen demencia. Por lo tanto, evitamos que vean noticias sobre la pandemia. Tratamos de hacerles otro tipo de actividades, cosas grupales, escuchan música o no se les colocan los canales de noticias. Es difícil estar entre esa posición y este peligro latente, pero uno logra compatibilizarlo. El apoyo del equipo y del sicólogo que tenemos en el centro es fundamental para que no te termine venciendo el miedo.

Este es un trabajo invisibilizado. Siempre hay mucho prejuicio hacia este rubro. Eso es algo que nosotros sabemos sobrellevar, sabemos el gran trabajo que hacemos y lo mucho que ayudamos. Nos vemos de esa forma: como los invisibilizados”.

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