El arte en la era de la corrección política

Libros cancelados, artistas cuestionados, películas contextualizadas: ¿se reducen los límites de la libertad artística? Opinan los escritores Ariana Harwicz, Claudia Apablaza y Rafael Gumucio.



La noticia conmocionó a los empleados de la compañía. El lunes la editorial Penguin Random House Canadá anunció la publicación del nuevo libro del psicólogo Jordan Peterson, el profesor “contra la corrección política”. Los trabajadores protestaron y, en reunión con la gerencia, algunos lloraron. En declaraciones a Vice World News, uno dijo que sus libros habían radicalizado a su padre y otro argumentó que la publicación afectará negativamente a un amigo no binario.

Beyond Order: 12 More Rules for Life es la secuela de 12 Reglas para la Vida, el exitoso libro de Peterson. Si bien los trabajadores aún no leen la nueva obra del sicólogo crítico del feminismo, prevista para marzo, están convencidos de que no debe publicarse. El caso recuerda lo que ocurrió con las memorias de Woody Allen, canceladas por su editor Hachette luego de una huelga de sus empleados. Del mismo modo, el personal protestó por la publicación de Ickaborg, el nuevo libro infantil de JK Rowling, por sus comentarios en torno a las mujeres transgénero. Aun con sus matices, estos tres casos parecen confirmar una sensación que se respira en el medio: los crecientes aires de corrección política. Si la creación artística solía desafiar la moral y las opiniones de su tiempo, hoy parece presionada a no incomodar ni ofender.

En Estados Unidos ya existe un directorio de sensitivity readers, lectores clasificados según su especialidad (“mujer queer”, “mestizo bisexual”, “judío ortodoxo”) que prestan servicios a editores o a los autores para identificar elementos problemáticos en los manuscritos, antes de publicarse.

En este ambiente moral, clásicos literarios como Huckleberry Finn, El guardián entre el centeno y Ma-tar a un ruiseñor salieron de las salas de clases, el Rijks Museum de Amsterdam renombró centenares de obras para eliminar palabras como “negro” o “indio” de ellas, y más recientemente HBO retiró de su plataforma la película Lo que el viento se llevó para reponerla con una leyenda contextualizadora.

Radicada hace 13 años en Francia, la escritora argentina Ariana Harwicz ha sido testigo de este fenómeno. “Con mis primeras tres novelas no tuve dificultades. Todavía no estaba este exceso, este viraje hacia una ideología de la corrección. Cuando escribí Degenerado, en 2019, ahí sí lo sentí”, cuenta. Publicada por Anagrama, en ella da voz a un pedófilo y feminicida. “El ejercicio era mostrar que se podía escribir de lo que sea. Fue un ejercicio difícil”, agrega y dice que hoy en Francia solo se aceptan las novelas desde el punto de vista de las víctimas.

Para la escritora Claudia Apablaza, editora de Los Libros de la Mujer Rota, hay una nueva sensibilidad hacia “situaciones que en un pasa-do fueron aceptadas y naturaliza-das, y por lo tanto, vivenciadas como procesos socioculturales correctos’, ‘naturales’, como la violencia de género, el ataque a las minorías, el racismo, el clasismo”. El escritor Rafael Gumucio ha lidiado con la corrección política y no tiene dudas: “En ámbitos como las universidades norteamericanas ya es ley, también cada vez más en las chilenas. Muchos de sus conceptos y concepciones que nos resultaban risibles hasta hace unos años ahora son indiscutibles”.

La moral y el público

Nacida en los 80 en las universidades de Estados Unidos, la corrección política se extendió con fuerza en el ambiente cultural.

A Claudia Apablaza no le agrada el término: prefiere hablar de una mirada crítica y una politización de los conflictos, “una relectura y reescritura de esa historia desde este punto de vista menos condescendiente con todo el sistema y el aparataje opresor, que es el que finalmente busca seguir presentándose bajo mascaradas que evitan y ridiculizan los espacios críticos”.

En esta perspectiva, el arte podría cumplir un rol de justicia social. Pero “el arte no debería tender ni a la corrección ni la conciencia social”, piensa Ariana Harwicz. “Esa responsabilidad, no ofender, no blasfemar, tener cuidado del otro, del otro minoría, de la etnia, eso le corresponde a los políticos y a la democracia”, afirma. “Definitivamente el arte, no me refiero a las series ni al entretenimiento, debería ser lo contrario; el arte debería ir contra la corrección política. Rimbaud decía ser amoral, profunda-mente amoral. Si el arte no rompe todo es un discurso más”.

“Creo que al final su principal efecto es que infantiliza al público y al ciudadano”, plantea Gumucio. “Es decir, construye un público que aguanta y celebra la violencia de Tarantino pero no puede con la de Woody Allen. Al tener alguien que te corrige, no necesitas forjar-te un punto de vista”. Consecuentemente, “el nivel de su debate es bajísimo, lo que obliga al que quiere ser parte de ese debate a rebajar él mismo tanto el nivel de sus ideas como la expresión de esta”.

Presionado por el ambiente, el artista eventualmente podría adoptar posiciones poco sinceras o autocensurarse. “Es un riesgo laten-te, sin duda, pero es un tema que circula como un fantasma en nuestro trabajo, más como una respuesta en la escritura como tal”, dice Claudia Apablaza. “O sea, creo que podemos hablar y escribir de cualquier tema, no hay censura para eso, pero lo importante es desde qué punto de vista se presentan esos temas. Por otro lado, no creo en esa idea de ‘libertad’ del artista, eso es muy neoliberal, creo que toda escritura es social y colectiva”. En contraste, Ariana Harwicz cree que sí hay riesgos. “Todas las épocas han tenido sus tiranos, sus totalitarismos”, dice. “En la época victoriana, en el estalinismo, en las dictaduras siempre hubo intentos del poder de acallar y de censurar. Ahora acabamos de empezar el siglo XXI y tengo la sensación de que es la peor época, cuando el capitalismo llegó a su máximo esplendor y el arte se convirtió en un mercado más”.

Rafael Gumucio piensa que este ambiente beneficia el escándalo como arte, porque “una de las dinámicas esenciales de lo política-mente correcto es que necesita el escándalo para volver a justificar su existencia”. No es esa libertad la que peligra, sino “la de construir obras duraderas e interesante que cuestionen profundamente nuestra moral sin recurrir al escándalo, el grito o la provocación gratuita”.

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