Por Pablo Retamal N.Antonio Díaz Oliva: “En la academia gringa exacerban el cliché latino para insertarse laboralmente”
El escritor chileno desmenuza Campus, su nueva novela: una ácida sátira sobre los departamentos de español en EE.UU., la "pornostalgia" política de la literatura actual y el absurdo de sobrevivir a la cultura norteamericana. “El término latino en EE.UU. es como los Avengers: un grupo dispar que se juntan para unir fuerzas y, a veces, pelearse entre sí”, comenta

Sus años de experiencia como estudiante de posgrado en Estados Unidos le fueron disparando al escritor nacional Antonio Díaz Oliva la idea de una novela. Una narrativa sarcástica sobre lo que significa ser latinoamericano en la academia estadounidense. “Una ácida picaresca de los departamentos de español en Estados Unidos”, en sus palabras. Eso es Campus (Ediciones Lastarria), su última novela, donde, como ha hecho en su obra, hace gala de un humor negro que lo ha convertido en su sello como escritor.
En charla con Culto, el también editor y traductor en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago (MCA), ganador de los premios Roberto Bolaño a la Creación Joven y el premio Escrituras de la Memoria, relata: “Campus surge de haber sobrevivido a la academia estadounidense. Ya llevaba 4 años en Estados Unidos y estaba terminando mi segunda maestría y era hora de decidir si saltaba al PhD (y entraba de lleno a la academia) o me embarcaba en escribir mi nueva novela… que, la verdad, ya se estaba escribiendo sola. Tanto la Universidad de Nueva York como Georgetown University, donde curse mis dos maestrías, estaban llenas de personajes interesantes, académicos pomposos y delirantes, los cuales me fascinaban ya que eran casi ficticios, así que tomaba notas de estos porque, como dijo Joan Didion, los escritores siempre estamos usando a alguien. Entonces bueno, Campus surgió de esa disyuntiva: o seguía estudiando y me volvía un académico o me lanzaba al precipicio de la literatura, sin ningún plan de vida, para poder terminar mi nueva novela".

- ¿Fue una respuesta a experiencias propias en el mundo académico de los departamentos de español en EE.UU.?
- Así es. Citando mis dos libros de cuentos, yo soy de los que cree que los escritores, a través de su escritura, la dan forma pero también deforman las experiencias que han vivido. Y haber sobrevivido a la academia estadounidense fue, sin duda, una de esas. Hay varios momentos que te podría contar, entre esos dos episodios muy violentos en departamentos de español de dos universidades de prestigio, lo cual confirmó lo que dice uno de los epígrafes de la novela: “¿Acaso no ha quedado demostrado que la mejor educación del mundo no enseña a aborrecer la fuerza, sino a utilizarla?” (Virginia Woolf). El primer caso fue un profesor de español de la Universidad de Princeton que se quitó la vida en extrañas circunstancias; el segundo, una estudiante en la universidad donde yo trabajaba, quien un día se tomó un avión y terminó perdida en medio del desierto de Nuevo México, caminando como zombi. Era mi mejor estudiante. Una Susan Sontag en miniatura. Y me enteré de que había participado en un estudio clínico de una empresa farmacéutica, había quedado medio alucinando luego de ser conejillo de indias. Ahí dije: acá hay algo.
- Campus retrata la academia norteamericana como un espacio casi grotesco, competitivo y performático. ¿En qué momento sentiste que ese mundo daba para una novela y no solo para una crónica o un ensayo?
- Nunca se me ocurrió que fuera ensayo, ya que necesitaba la ficción. Digo: luego de escribir algunos papers académicos, e impostar esa soberbia voz autoritaria y sobrepasada de clichés (“(des)articulaciones”, “interpela”, “decolonizado”), necesitaba el oxígeno de la imaginación y de la ficción. Además, fui escribiendo Campus cuando Trump ganó la primera elección, y de a poco el movimiento MAGA se tomaba el país, así que me refugié en la ficción. No es que el mundo en donde sucede Campus sea mejor que el nuestro; pero por lo menos es más carnavalesco.
- Hay una mezcla muy fuerte entre sátira, thriller, absurdo y novela de campus clásica. ¿Cómo encontraste ese tono híbrido sin que la novela perdiera cohesión?
- La cohesión de la novela es justamente el humor absurdo. Me interesa el humor como una herramienta para es verse a sí mismo, para observar lo ridículo del comportamiento propio y de los demás, pero a partir de uno. Campus es absurda porque explora la absurdidad de la academia frente a la realidad. Y también mi ridícula idea de que yo algún día podría sería un serio profesor con una chaqueta tweed, boina, pipa, enseñando sobre las nuevas masculinidades frágiles en las obras de, no sé, Alejandro Zambra, Diego Zúñiga y Benjamín Labatut.
- Hay influencias claras de la tradición anglosajona de novelas de campus (David Lodge, Nabokov, etc.) pero con una mirada latinoamericana. ¿Cómo dialoga Campus con esa tradición?
- Hay escritores que escriben de espaldas a sus bibliotecas y otros que escribimos no solo mirando a nuestra biblioteca, sino que inmersos en nuestra biblioteca. Campus está lleno de eso que, para la generación de DVD, le decíamos easter eggs: sorpresas, apariciones y cameos de otras novelas de campus, la mayoría anglo, es verdad, pero muchas latinoamericanas. Y chilenas. Por eso otro de los epígrafes es una novela menospreciada de José Donoso, con la cual don Pepe ajustó cuentas con las universidades: Donde van a morir los elefantes. Me la volví a leer varias veces. Es rara. Casi una novela futurista a ratos, y súper generación X, aunque nunca sin perder los temas donosianos: el cuerpo, lo grotesco, el temor frente al olvido, sentir que es parte la segunda división del Boom latinoamericano, Marcelo Chiriboga, etc. Asimismo hay otra novela chilena que me acompaño: Cátedras paralelas de Andrés Gallardo. Divertida. Breve. Y tristemente olvidada porque fue escrita durante la dictadura pero no ofrece un comentario social directo, y academizable, sobre la literatura escrita en dictadura.

- En esta novela hay humor ácido, negro y a ratos melancólico. ¿Cómo defines tu sentido del humor y qué rol juega en tu escritura?
- El humor en la literatura es algo que me interesa mucho, que de hecho es central en mi lectoría: si lo que estoy leyendo no me saca por lo menos una risita (y mejor si es un poco macabra), entonces por lo general dejo el libro de lado. Además, siento que en Chile se ha instaurado un velo serio y victimizado sobre el campo literario. Es más: me acuerdo de una escritora quien dijo: “Me inquieta el uso del humor como método de limpieza de todo lo que huela a complicación”. Pues a mí me inquieta el uso de la seriedad como método de limpieza de todo lo que huela a complicación. Porque el humor justamente te distrae, con carcajadas o risitas, mientras mete el dedo en las llagas y las complicaciones.
- El protagonista es un académico llamado Salvador Allende. ¿Cómo se llega a un personaje llamado así?
- Le puse Salvador Allende porque todos los chilenos somos hijos de Allende (el presidente que la derecha y la CIA acorralaron y exterminaron), así como tenemos algo de Allende (el mentiroso personaje de mi novela) ya que somos buenos para el chamullo, aquello que en Chile es todo un arte: el estirar tanto el lenguaje que terminamos por distorsionar nuestra realidad y el relato que hacemos de nuestras vidas. Además de eso quería que este personaje fuera una sátira sobre los profesores latinoamericanos que estudian los traumas sociopolíticos de su país para instalarse en el sistema académico. Una vez conocí a un venezolano, creo que medio perdido en una universidad en Alabama, que se llamaba Hugo García Chávez, pero que obviamente iba como Hugo G. Chávez, ya que su área de estudio era “Venezuelan Studies.” Y bueno: el personaje de Salvador Allende es asimismo un dardo hacia todos mis colegas escritores de Chile que publican libros sobre la dictadura, aunque pensados para los lectores europeos y gringos. Eso que en Campus se llama la “pornostalgia”.
- La novela está llena de personajes extravagantes: la profesora con poderes telepáticos, el hispanista obsesionado con caballos y Ortega y Gasset, el matrimonio sado, etc. ¿Qué te inspiró para crear esta galería de “monstruos” académicos?
- Volviendo a Donoso, creo que todos tenemos uno o varios monstruos adentro. Muchos de los personajes de Campus nacen de gente real y episodios reales, los cuales me tocó presenciar o escuché de otras fuentes. En todos esos casos me llamó la atención lo monstruoso que pueden ser los académicos en un escenario que se supone es pastoral, como lo son los verdes y bucólicos campus de las universidad estadounidense.
- La novela toca la “pornostalgia” de la izquierda, la hispanidad, el LatinX, Pinochet, Allende, Trump, el capitalismo tardío y la inmigración académica. ¿Qué querías decir sobre la identidad latina en la academia estadounidense?
- El término latino, acá en Estados Unidos, es como los Avengers o La liga de la justicia: un grupo dispar que se juntan para unir fuerzas y, a veces, pelearse entre sí. Yo en Chile era chileno; en Estados Unidos soy, debido a la poca cantidad de chilenos, primero latino antes que Chileno. Lo cual no me molesta. Sin embargo, fue en la academia cuando me di cuenta de que algunos latinoamericanos como que exacerbaban algo de su país de procedencia para poder insertarse laboralmente; en parte porque el poder y el dinero, en las universidades gringas, lo tienen los blancos y anglos, y estos (debido a lo poco que saben sobre América Latina) buscan gente que confirme el cliché. Eso se ve en Campus, donde la académica Colombia baila salsa y estudia Macondo. O el argentino es porteñísimo y ama a Beatriz Sarlo. Si hubiese escrito Campus hoy, el personaje chileno probablemente hubiera escrito un libro sobre (post)memoria y dictadura chilena en la filmografía de Pedro Pascal.
- Hay referencias a la cultura pop, al cine, a Marvel, al noir, a The Hunger Games. ¿Sientes que la novela latinoamericana todavía tiene prejuicios frente a esas influencias?
- Me gusta creer que no, especialmente cuando leo novelas como Chamanes eléctricos en la fiesta del sol de Mónica Ojeda, o casi toda la obra de Mariana Enriquez. Igual te mentiría si te digo que no hay una gran cantidad de autores que se ponen igual de serios que Carlos Fuentes, y siguen haciendo distinciones culturales que ya quedaron obsoletas. Es más: yo tengo una teoría de que Chile, desde 1970, ha sido un país pop. O sea, la Unidad POPular. Incluso Pinochet era consciente de lo pop (por eso se vestía como Darth Vader). Pero a la crítica y la academia siguen buscando cosas como el criollismo o un realismo social chato y academizable. Así lo veo yo. Y yo no hago diferencia entre Fuerzas especiales y Los juegos del hambre (de hecho estoy seguro de que Diamela Eltit lee secretamente literatura más pop pero luego le aplica teoría y filosofía social). Estos son mis principios como lector y escritor. Y si a nadie les gustan, bueno, tengo otros.
- ¿Cómo ves la situación actual de las humanidades y los programas de doctorado en literatura en EE.UU. (y en general)?
- Mal. Pero no solo por Trump y por todo lo que está pasando, sino porque Estados Unidos es, citando a David Foster Wallace, una “broma infinita”. El entretenimiento es lo que finalmente hace que este país “progrese” (a veces para adelante y otras para atrás). O como lo dice Saul Bellow en su también novela de campus, Ravelstein: “Cualquiera que quiera gobernar este país tiene que entretenerlo”. En base a eso, veo que las humanidades están guateando y las universidades gringas en proceso de volverse en escuelas de negocios (MBA). Pero bueno: también mi intención con Campus era resaltar y exagerar cierto aspecto carnavalesco de los departamentos de español en USA. Y algunos lectores han leído Campus y me han comentado que, por ejemplo, es verdad que el tenure track te lo pueden dar dependiendo de cuán bien o mal bailas salsa, o si al perrear tocas el suelo con el culo, o si puedes recitar Las venas abiertas de América Latina de memoria, ojalá lagrimeando. Y cada vez que escucho cosas así me sale una risita y recuerdo eso de que jamás pertenecería a un club que admitiera como miembro a alguien como yo.
- En otro plano, vives en Chicago. ¿Cómo has visto a Estados Unidos con Donald Trump?
- Ya hace un par de años que vengo diciendo esto: cada vez me gusta más vivir en Chicago, ciudad que se ha vuelto mi hogar lejos del hogar, pero cada vez me gusta menos vivir en Estados Unidos, país que se ha vuelto el reality show del movimiento MAGA. Uno de mis sueños es que Chicago se vuelva la República Independiente de Chicago y así no tendremos nada que ver con, no sé, Indiana o las Dakotas. Por otra parte, no soy estúpido: cuando me viene a probar suerte a Estados Unidos sabía que estaba haciendo un pacto faustiano. Y que en parte lo hice porque quería presenciar eso que dicen sobre los imperios: el que todos los imperios que se creyeron eternos terminan convirtiéndose en un paisaje. Y pensar o imaginar ese paisaje fue algo que me llevó a escribir Campus.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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