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Ignacio Agüero: “El espectador se siente un creador de esta película”

El reconocido documentalista presenta Cartas a Mis Padres Muertos, filme en que –de manera oblicua y exploratoria– pone al día a sus papás con los sucesos familiares y políticos de los últimos 50 años. “La película es un juego en el tiempo que cruza todos los tiempos”, señala a Culto sobre la cinta, que es parte del Festival de Cine UC y llegará a salas locales durante este mes.

Ignacio Agüero: “El espectador se siente un creador de esta película”

El narrador presenta dos acciones que pretende realizar: ir a visitar a su padre e ir a visitar a su madre. Luego se retracta, porque la realidad es que su papá murió hace más de medio siglo, en 1970, y su madre, si bien vivió varios años más, tampoco está en este mundo. Ninguno de esos encuentros será posible.

Desde la intimidad de su hogar en Providencia, mientras la cámara se detiene en una vieja parra que aún se mantiene en pie y en los gatos que hacen de las suyas en el patio interior, el cineasta se fija como propósito poner a sus fallecidos progenitores al día con los acontecimientos que han marcado al país y a su familia durante los últimos 50 años. Pero esa premisa es sólo eso, una premisa, porque como en tantas otras ocasiones, Ignacio Agüero se aproxima a su objetivo mediante un ángulo juguetón y oblicuo, que prioriza la exploración antes que las sentencias tajantes.

Cartas a mis padres muertos, el largometraje más reciente del reputado documentalista nacional, funciona como un trabajo epistolar que tiene como destinatario a sus papás –cuya historia ya se asomó a través de El otro día (2012)–, pero es sobre todo un ejercicio en que el realizador practica su libertad creativa y su gusto por la divagación.

“Yo siempre pensé que iba a hacer una película a los 50 años del golpe militar, pero finalmente no hice nada. No me tincaba, la verdad. Lo deseché”, explica sentado en un café del centro de Valdivia en octubre de 2025, la primera parada del recorrido local de su nueva cinta.

“Sí me quedó dando vueltas el hecho de que los 50 años del golpe militar y los 50 años de la muerte de mi padre coincidían en el tiempo, más o menos. Muerte de mi padre, Allende, golpe militar. Entonces, me dieron ganas de jugar el juego, donde yo les cuento a mis padres cómo ha sido la cuestión después de su muerte”.

Eso sí, el autor de Cien niños esperando un tren (1988) advierte: “Juego ese juego con libertad. Una libertad totalmente necesaria, porque no hay nada que contar específicamente. Es dar vueltas en torno a qué ha pasado en ese período. Parte con un recorrido, pero la película se va desviando, se va deteniendo, se va por el lado con otras ideas”.

Ese enfoque le permite poner bajo al mismo paraguas a las nubes capitalinas, a Raúl Ruiz, a un dirigente sindical que compartió con su papá en Madeco –a quien le dedica largos minutos– y a su amigo Pedro Meneses, dirigente campesino de Paine, víctima de detención forzada tras el golpe de Estado.

También entran en ese tejido las propias producciones de Agüero: hay algunas imágenes de No olvidar (1982), sobre el hallazgo de los cuerpos de 15 campesinos detenidos desaparecidos encontrados en los hornos de Lonquén, de Notas para una película (2022), su largometraje anterior, y de incluso Hoy es jueves cinematográfico, su corto de 1978.

¿Es –en parte– Cartas a mis padres muertos una revisión de su propia filmografía? El director contesta: “No lo había pensado, pero si tú lo pones así, podría ser”.

El cineasta es más locuaz cuando se adentra en la capacidad de sus trabajos para proponer una idea, desviarse, proponer otra y volver a desviarse. Es en ese terreno –en el que sugiere y elucubra a su antojo– donde su cine florece y donde se siente más cómodo hablando, cuando la conversación gira hacia su interés por construir verdaderos mosaicos compuestos de ingredientes propios y ajenos, que le permiten serpentear entre diferentes materias.

Galardonado con el Premio Especial del Jurado en la Competencia Internacional del Festival de Documental de Yamagata, el filme se mostró a nivel nacional en FICValdivia y Fidocs, y se proyectará este lunes 12 a las 19:30 en el Festival de Cine UC. Luego, el 21 de enero en la Sala K, dará inicio a una ruta por espacios de diversas regiones del país.

-Ud. cuenta que a su padre le gustaba filmar los buques y a los integrantes de su familia. ¿Había revisado ese material en otro momento de su vida? ¿Qué le sorprendió?

Sí. Sorprende todo. Sorprende la belleza de los materiales, sorprende el juego que él estaba haciendo siempre. Era de alguna manera conocerlo también. Su atracción por el mar; siempre andaba buscando los buques. Como yo le digo al mismo dirigente sindical, mi padre era un hombre muy duro en la casa, pero al mismo tiempo era muy juguetón y se divertía mucho. La cámara era una de sus aficiones. Hay una gran cantidad de material de él filmando a la gente. Se entretenía con eso. Yo me sorprendía al ver ese afán, pero nunca pensé que eso podría estar en una de mis películas. Hasta ahora.

-En la revisión más reciente de ese material, ¿diría que hubo alguna imagen particular que le llamó la atención y podría explicar la realización de esta película?

No es algo particular. Yo creo que lo interesante es el salto de una cosa a la otra. Uno cree que la película se va a quedar en un cuento y de repente salta a otro, y entonces se van relacionando.

-Y se va armando una especie de mosaico.

Uno lo puede llamar mosaico. Un panorama, una constelación de cosas. Eso es lo interesante de la película. Es ir armando un total incompleto de partes en donde entran el pasado y el presente, el gato que se cae del techo, lo que filmaba mi padre, lo que filmaba yo, mis padres muertos, la vida en familia, el golpe militar, la historia de Chile. Todo eso yo apuesto a que tiene un sentido, que es pensar en las vidas de las personas. Yo creo que el espectador engancha y le atrae, porque ve su propia vida. Se comunica con la película, porque más o menos descubre cómo se va haciendo, y participa de ese juego. Creo que de algún modo el espectador se siente un creador de la película. Capta los elementos del cine, por ejemplo, el silencio y un texto que tiene imperfecciones. Eso la vuelve seductora y un poco hipnótica. Es una pequeña tela de araña, en la que de repente el espectador se da cuenta que está dentro.

Y concluye: “Al final uno se da cuenta de que la película no tiene el propósito de constituir ninguna afirmación taxativa de la historia ni política ni personal, sino que va saltando de una cosa a la otra, descubriéndose a sí misma”.

-En el conversatorio posterior a su estreno en FICValdivia, su montajista (Claudio Aguilar) mencionó que en algún momento él imaginó que el documental iba a tratar un poco más sobre su madre. Presumo que el resultado final tiene que ver con que Ud. tiene mucho más recuerdos de ella que de su padre. ¿Es así?

Exacto. Ella murió mucho después. Lo que pasa es que yo no quería hacer una película que se llamara Cartas a mi padre muerto. El montajista tenía esa preocupación.

-¿Ud. no compartía la misma preocupación?

No, no la tenía. Él me ofrecía planos de mi mamá que quedaron fuera. Pero igual ella está muy, muy presente. Tanto porque está filmada por mi padre como porque yo hablo de ella y con ella.

-En un momento del filme cuenta que sueña con ambos, no sólo con uno.

Claro. Pero nunca soñaba con ella. Eso es un invento de la película. Hay una parte con la que alguna gente se reía ayer (en su estreno en FICValdivia), donde digo que me padre me decía sin voz tal y tal cosa. Y mi madre también me decía sin voz tal y tal cosa. La gente acepta eso (se ríe).

-En el filme no hay demasiadas imágenes ni sobre el Chile actual ni sobre el país posterior a los 90. ¿Por qué no le interesó eso?

Eso es otro formato, el formato de informe. La película es un juego en el tiempo que cruza todos los tiempos. Yo podría decir que los 90, los 2000 y los 2020 están ahí, están ahí en el aire, pero no están en la forma de un informe. El presente de la película es el año de realización, el 2025, y desde ahí se mueve por todos lados. Además, la película se queda bastante pegada en el golpe militar. En ese guaracazo que dio vuelta todo en este país. Las bombas están sonando a cada rato.

-A quien le encantaban los juegos y el mundo de los muertos era a Raúl Ruiz, quien es parte de la película.

Claro, un amigo muerto que jugaba con los muertos. Ruiz era el campeón de la muerte. ¿Cómo no iba a estar, si hablaba de eso y de esa manera? Pero también está porque fuimos amigos, porque estuvo en mi casa.

-Aunque eso no lo dice en esta película.

No. No venía al caso.

-Siguiendo la lógica de especulación que tiene la película en algunos momentos, ¿qué cree que hubiera dicho Ruiz tras verla?

Nada. No habría dicho nada. No era su estilo hablar de las películas. Ni de las de él ni de las de los demás.

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