Por Pablo Retamal N.La noche de los cuchillos largos: Adolf Hitler y la traición con la que logró el poder absoluto en Alemania
Entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1934, Adolf Hitler ordenó ejecutar a su viejo camarada Ernst Röhm y a los líderes de las SA. La sangrienta Operación Colibrí que apaciguó al Ejército y abrió las puertas al terror totalitario.

Adolf Hitler estaba preocupado. Hacia el verano de 1934, aún tenía una piedra que le molestaba en su zapato, y craneaba cómo diablos sacársela. Había sido nombrado canciller (jefe de gobierno) en enero de 1933 -a regañadientes- por el presidente Paul von Hindenburg (jefe de Estado), el viejo y glorioso general alemán de la Primera Guerra Mundial.
Pero zafar del control del mandatario no le quitaba el sueño: había eliminado a los partidos rivales, incendiado el Reichstag como pretexto y comenzado la Gleichschaltung, esa sincronización forzada de toda la sociedad bajo el yugo nazi. Pero el poder absoluto seguía siendo una promesa.

Una sombra gigantesca amenazaba con opacar al flamante führer, y estaba dentro de sus propias filas del nacionalsocialismo: Ernst Röhm y sus Sturmabteilung, las temibles SA o “camisas pardas”. Era un escuadrón de hombres rudos, exsoldados cesantes que a punta de violencia callejera habían jugado un rol fundamental en el ascenso de Hitler golpeando y aniquilando a cualquiera que desafiara a los nazis. Fueron la primera fuerza de choque, el brazo armado del nazismo en sus inicios.
Röhm era un hombre incómodo. No era cualquiera. Veterano de la Primera Guerra Mundial, uno de los fundadores del partido, compañero del fallido golpe de Estado de 1923 (el famoso “Putsch de la cervecería”). Era el único que se atrevía a tutear a Hitler y tratarlo de igual a igual. Con una personalidad avasalladora y carismática además era homosexual confeso, en un entorno que más tarde convertiría esa condición en crimen capital.

Pero más allá de su complicado carácter, había un hecho insoslayable: Röhm comandaba una milicia de más de tres millones de hombres: una fuerza descomunal, violenta, callejera, que había sido decisiva para intimidar a comunistas y socialdemócratas en los años de la República de Weimar. Pero ahora, con los nazis en el gobierno, las SA se habían vuelto incómodas. Sus miembros seguían protagonizando excesos, peleas y saqueos que espantaban a las élites conservadoras, a los industriales y, sobre todo, a la Reichswehr, el ejército regular.
Röhm soñaba con una “segunda revolución”. Quería que las SA absorbieran al Ejército, convertirlas en el núcleo de una nueva fuerza armada popular, más radical, más plebeya. Hablaba de acabar con las viejas estructuras prusianas, de una revolución que no se detuviera en pactos con banqueros y generales. Sus críticas a Hitler eran cada vez menos discretas. “Si él cree que puede estrujarme para sus propios fines y luego echarme a la basura, se equivoca”, llegó a decir. Palabras que, repetidas en los oídos adecuados, sonarían a traición.

Hitler se encontraba entre dos fuegos. Por un lado, Röhm y la presión de las bases más radicales. Por otro, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich y el propio Ejército, que veía en las SA una amenaza existencial. El ministro de Defensa, Werner von Blomberg, y el presidente Hindenburg exigían orden. La decisión maduraba: había que extirpar el tumor.
Hasta que Hitler tuvo la excusa para de una vez por todas percudirse de Röhm: una supuesta conspiración. Heydrich, jefe de la inteligencia de las SS, fabricó un informe falso y lapidario: Röhm habría recibido millones de marcos de Francia para derrocar a Hitler. Una lista de nombres circulaba. Hitler dio la orden. La Operación Colibrí estaba lista.

En la madrugada del 30 de junio, Hitler voló a Múnich. Furioso, irrumpió en el Ministerio del Interior bávaro y arrancó las insignias a los jefes locales de las SA. Luego se dirigió al Hotel Hanselbauer, donde Röhm y sus lugartenientes dormían confiados. El propio Hitler, pistola en mano, arrestó a su viejo amigo. En otra habitación, Edmund Heines fue encontrado en la cama con un joven militante de las SA; ambos fueron ejecutados en el acto. Mientras tanto, en Berlín, Göring y Goebbels activaban la purga. La palabra clave “Kolibri” desató a las SS y la Gestapo.
Karl Ernst, jefe de las SA en Berlín, fue sacado de su luna de miel y fusilado. Gregor Strasser, antiguo rival de Hitler dentro del partido, fue detenido y asesinado. La purga no se limitó a las SA: alcanzó a conservadores cercanos al vicecanciller Franz von Papen, como el general Kurt von Schleicher y su esposa, acribillados en su casa. Cualquier cuenta pendiente servía.
Por su lado, el enemigo principal, Röhm, fue trasladado a la Prisión Stadelheim. Entonces, Hitler dudó debido a la vieja amistad entre ambos. Pero Hermann Göring y Heinrich Himmler, dos de los jerarcas nazis más importantes, lo convencieron. La decisión estaba tomada. Röhm solo tenía un destino: la muerte.

Acaso en consideración por los servicios que había prestado, a Röhm le dieron una opción algo más decorosa para morir. Una última gracia. El 1 de julio, Theodor Eicke y Michael Lippert, dos agentes de la SD (el servicio de inteligencia de las cada vez más influyentes SS) entraron en su celda. Le ofrecieron una pistola con una bala y diez minutos para suicidarse. “Si quieren matarme, que venga Hitler en persona”, respondió Röhm. Por supuesto, no llegó. Röhm, orgulloso, no se suicidó. Pasados los 10 minutos le dispararon a quemarropa con el pecho descubierto, en actitud desafiante. Murió al instante.
Oficialmente murieron unas 85 personas, aunque el número pudo ser mucho mayor. Más de mil fueron arrestadas. La propaganda nazi la vendió como el aplastamiento de un “putsch de Röhm”, un golpe de Estado abortado. Hitler justificó todo en un discurso ante el Reichstag: “En esa hora yo era responsable de la suerte de la nación alemana, así que me convertí en el juez supremo del pueblo alemán”. Las cortes alemanas, ansiosas por demostrar lealtad, avalaron las ejecuciones extrajudiciales.

El balance fue demoledor para las SA. Perdieron su poder e independencia. Las SS, hasta entonces subordinadas, emergieron como la élite temible del régimen. El Ejército respiró y juró fidelidad personal a Hitler, quien comenzaba a respirar más aliviado. Incluso, solo semanas más tarde, en agosto de 1934, recibió una noticia que le hizo sacar una sonrisa: el presidente Hindenburg falleció. Rápido, Hitler aprovechó la vacancia y fusionó los cargos de canciller y presidente en su sola persona, quedándose con todo el poder. Desde ese momento se convirtió en el Führer absoluto. El camino para cumplir su anhelado sueño del Tercer Reich estaba despejado.
El episodio se conoció posteriormente como La noche de los cuchillos largos, y terminó con la posibilidad de que alguien dentro del propio nazismo pudiera desafiar a Hitler. Desde entonces, el Führer quedó prácticamente sin contrapesos. La revolución que habían soñado los camisas pardas había sido cancelada por el mismo hombre al que habían ayudado a construir.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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