Culto

Virginia Woolf por sí misma: palabras para resistir la tormenta de la enfermedad y la guerra

A través de la reciente compilación de su epistolario íntimo, recorremos la vida de la autora inglesa desde los primeros destellos de su "cuarto propio" hasta su trágico final en 1941. Estas cartas no solo revelan a la editora audaz que impulsó a T.S. Eliot, sino también a la mujer que, entre bombardeos nazis y la sombra del trastorno bipolar, buscó en la escritura un refugio último antes de caminar hacia el río Ouse.

Virginia Woolf por sí misma: palabras para resistir la tormenta de la enfermedad y la guerra

Una tarde de marzo de 1941, un martes, Virginia Woolf escribió una carta a su esposo, Leonard. Ya había tomado una decisión en firme y quería explicarla por sí misma a su cónyuge.

“Creo que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos atravesar otro de esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que creo que es lo mejor”.

“Tú me has dado la mayor de las felicidades posibles. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que llegó esta enfermedad. Y ya no puedo seguir peleando. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrás trabajar. Y lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto con propiedad. No puedo leer”.

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Pocos días después, el 28 de marzo, llenó de piedras su abrigo y se lanzó al río Ouse, cerca de su hogar, donde se ahogó. Su cuerpo fue encontrado días después, el 18 de abril. La misiva quedó como un testimonio de aquello que la aquejaba por entonces, lo que hoy conocemos como trastorno bipolar.

Esa y otras cartas de la autora del Orlando han sido compiladas en el volumen Palabras para resistir la tormenta. Epistolario íntimo de Virginia Woolf (Alquimia Ediciones). En ellas, la inglesa no solo habla de literatura, sino también de la coyuntura de su época. Va desde 1908 a 1941.

De hecho, en la primera de ellas, a su amigo Lytton Strachey (del 22 de abril de 1908), ya avizoraba la idea de buscar un espacio propicio para escribir, acaso la semilla de su famoso concepto de Un cuarto propio. “El único papel de carta que se puede conseguir en el condado de Cornualles es éste: el que llaman comercial. La verdad es que, si pudieras ver en qué circunstancias escribo cartas, pensarías que soy una especie de moralista. Mi oficina es el comedor; hay un estante, una aceitera y una caja de galletas. Escribo sobre la mesa, después de haber doblado una esquina del mantel y quitado del medio varios floreritos de plata. (Éste podría ser el comienzo de una novela de John Galsworthy). La mujer de la limpieza, aunque ya tiene cincuenta años, es madre de nueve niños -alguna vez fueron once- y el menor es capaz de llorar todo el día. Si consideras que la sala de estar de la familia se encuentra junto a la mía, y que sólo nos separan unas puertas plegables -¿qué te parece esta última frase?, comprenderás que me parece difícil escribir sobre J. T. Delane, ‘el hombre’“.

El 29 de agosto de 1921, le escribe a su amigo Roger Fry a quien le cuenta sobre sus lecturas de entonces, en la que destaca a un autor estadounidense. “He estado leyendo a Henry James -Las alas de la paloma- por primera vez. Nunca he leído sus grandes obras, solo lo he fingido. Indudablemente es muy valioso, estoy impresionada”.

También hay otra misiva a su amigo, el poeta T.S. Elliot, del viernes santo de abril de 1922, en su rol de amiga pero también de editora, ya que por entonces Woolf -junto a su esposo- ya estaban echando a andar su propia casa editorial, Hogarth Press, donde publicó a buena parte del llamado grupo de Bloomsbury.

“Estoy intentando terminar y enviar a la imprenta un relato largo [La señora Dalloway en Bond Street] y aunque pretendí hacerlo en tres semanas, lo más seguro es que me tome seis. Si puedo, intentaré escribir algo de menos de cinco mil palabras para el quince de agosto: me encantaría ser publicada por ti, pero ya sabes lo complicadas que son estas cosas. Cuando una quiere escribir, no puede. En todo caso, no solo tendrás que fijar la extensión; tendrás que ser sincero y severo".

“Nunca puedo decir si lo hago bien o mal; te prometo que te respetaré mucho más si me haces pedazos y me tiras a la papelera. ¿Cuándo vamos a ver tu poema? [La tierra baldía] -y luego puedo cortejarte. ¿Te conté que me gasté cuatro libras en el Ulises y ayer me pasé una o dos horas cortando las páginas? Leonard empezó a leerlo anoche. Yo también lo voy a hacer si sigue lloviendo. Y entonces, ya sabes, tu reputación de crítico estará en juego". Por cierto, La tierra baldía se publicaría finalmente ese año, y se transformaría en un clásico de la poesía anglosajona amén de su tono oscuro.

Virginia y Leonard Woolf

Pero, como decíamos, Woolf no era ajena a los problemas de su tiempo. El 13 de agosto de 1940 le escribe a su amigo Benedict Nicolson, en los días en que Europa llevaba casi un año sumida en la Segunda Guerra Mundial e Inglaterra sufría los bombardeos aéreos de la Alemania nazi en lo que se conoció como la Blitz. “Detesto estar sentada aquí esperando que caiga una bomba, cuando me gustaría estar escribiendo. Si no me mata a mí, matará a otro. ¿A quién puedo echarle la culpa? ¿A los Sackville? ¿O a los Dufferin? ¿O a Eton y Oxford? Me parece que hicieron bastante poco para controlar el nazismo. Personas como Roger y Goldie Dickinson me parece que hicieron muchísimo, Bueno, disentimos en la elección de chivos expiatorios. Pero lo que me gustaría saber, suponiendo que ambos sobrevivamos a esta guerra, es ¿qué deberíamos hacer para prevenir otra? Seré demasiado vieja para hacer otra cosa que escribir".

Y el 29 de diciembre de ese año le hace una dura confesión a su amiga Shena, Lady Simon. Su casa de Londres había sido destruida durante los bombardeos de la Luftwaffe, la fuerza aérea nazi. “No puedo invitarte a tomar el té, porque el departamento está medio destruido por las bombas; todos los muebles fueron trasladados aquí, y ya no tenemos techo en Londres. Pero debes venir cuando visites a tu cuñado. Ahora somos completamente pueblerinos. Y es una vida muy extraña. Si vienes, invitaré a la esposa del sacerdote a tomar el té”.

Luego, el volumen finaliza con su carta de despedida a su marido, Leonard, la que cierra con una frase con que lo sintetiza todo: “No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que nosotros hemos sido”.

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