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Hambre de perfección: ¿por qué la anorexia está atacando a niñas cada vez más pequeñas?

Los medios de comunicación, las redes sociales y el retroceso al ideal de delgadez de décadas pasadas amenazan -hoy más que nunca- el bienestar de las niñas y adolescentes. El resultado: el trastorno psiquiátrico con mayor riesgo de muerte por complicaciones está aumentando cada vez más en las consultas médicas, a veces disfrazado de “mañoseo” o selectividad alimentaria, y con niñas de seis años como víctimas.

En 2021, Josefa Manríquez, entonces de 11 años, se sentía un poco encerrada en sí misma durante la pandemia. Estaba en sexto básico cuando descubrió a Twice, su banda favorita de k-pop, donde nueve gráciles y delgadas chicas coreanas cantan y se mueven en sincronía para seducir al público.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que, al compararse con ellas, no estaba contenta con lo que veía en el espejo.

Los actuales estándares de belleza, que han vuelto a considerar la delgadez como un logro a conseguir, están permeando a niñas cada vez más chicas.

“Me empezó a gustar el k-pop y todos eran extremadamente flacos. El estándar de belleza era verse flaco. En ese momento, como me gustaba demasiado, dije: ‘Quiero ser como ellas’ y dejé de comer. Así, literal”, cuenta Josefa, hoy de 16 años, quien ha querido compartir su historia con la autorización de sus padres.

“Mi mamá me iba a dejar el desayuno a la pieza y yo lo botaba en mi pequeño basurero. El té o la leche los botaba en el lavamanos, la comida la botaba en el baño del colegio”, recuerda Josefa de esa época.

“La anorexia nerviosa, cuando está instalada, es un trastorno psiquiátrico grave, complejo y multicausal. No se reduce sólo a querer ser flaco o flaca”, explica Francisca Salas, pediatra y directora de la carrera de Medicina UNAB sede Santiago.

“Involucra alteraciones persistentes en la conducta alimentaria, miedo intenso a subir de peso, distorsión de la imagen corporal. Son conductas de control de peso que llevan finalmente a un deterioro físico, psicológico y social”, agrega.

Una psicopatología con impacto somático

Como cuadro clínico, el síntoma fundamental de la anorexia es el temor a subir de peso y las conductas asociadas para mantener un peso bajo, explica Raúl Jara, psiquiatra y jefe de la Unidad de Trastornos Alimentarios UC CHRISTUS.

“Pero es un tema profundamente psicológico. No es que no les gusta comer o no haya apetito. La persona va a tener hambre o va a querer comer, pero su mente le va a decir: ‘No, no puedes comer porque viene una consecuencia, te van a ver, te van a criticar por comer’”, señala Karen Cáceres, académica de Nutrición y Dietética de la UNAB.

La anorexia nerviosa se describe como el trastorno psiquiátrico con mayor mortalidad. Francisca Casas explica las dos razones principales: “Complicaciones médicas de la desnutrición, que derivan en un compromiso cardiovascular, metabólico y neurológico, y el riesgo suicida que se puede asociar a los factores desencadenantes del trastorno, pero también como consecuencia de la desnutrición asociada”.

La anorexia nerviosa se está manifestando cada vez más temprano, tanto en niñas como en niños, concuerdan los especialistas. Karen Cáceres cuenta que en su consulta está viendo casos a partir de los nueve años. Incluso conoce colegas que han tenido que atender a niñas de seis.

“Los casos han aumentado en el último tiempo, y la principal diferencia con la anorexia nerviosa que se da en la adolescencia y adultez es que esta población verbaliza menos preocupaciones corporales y muestra más rigidez cognitiva, quejas físicas como dolor abdominal y mayor afectación social”, explica el psiquiatra Raúl Jara.

¿Qué quiere decir esto? Que estos niñas o niños no dicen que quieren ser más delgados, un discurso que sí está presente en la anorexia en edades mayores. Basta que no quieran comer su almuerzo en el colegio -bajo la excusa de que les duele el estómago o que les da vergüenza sacar el termo-, o que manifiesten su preocupación por comer cierto tipo de alimentos, para pensar que podría haber un problema que necesita intervención psicológica.

En niñas más pequeñas no está el discurso de "quiero ser más flaca", pero sí conductas como la selectividad alimentaria o su rechazo a comer debido a "que les duele el estómago".

“Muchas veces no aparece una verbalización clara de ‘quiero adelgazar’, sino conductas tales como dejar de comer, evitar ciertos alimentos, saltarse comidas, esconderlas, hacer ejercicio excesivo, evitar comer frente a otros o mostrar angustia intensa frente a la alimentación”, confirma la doctora Francisca Salas, académica de la UNAB.

“Las redes sociales ayudaron a que la anorexia se manifestara más precozmente en niñas más chiquititas. El acceso sin el control por parte de los papás es muy importante. Uno tiene que estar encima con las cosas que ven, con las cosas que uno dice”, indica la nutricionista UNAB Karen Cáceres.

Todo apunta a que es en la infancia donde encontramos el germen de la enfermedad. “Las adolescentes muestran estas características durante su primera infancia. Y a las adultas raramente se les presenta en la adultez, sino que la tuvieron o en la adolescencia o desde pequeñas”, comenta la especialista.

Lo peligroso es que, mientras más temprano se restringe la alimentación, más consecuencias fisiológicas y en el desarrollo se presentan.

“Tenemos una detención en el crecimiento. Un niño que no se alimenta bien durante la primera infancia va a tener una estatura mucho menor. También atrofia cerebral. Hay pérdida de materia gris y blanca. Y la principal causa de muerte es el problema cardíaco”, agrega Karen Cáceres.

De este modo, se ven atrapados en un círculo vicioso del que es casi imposible salir, y menos sin ayuda. El psiquiatra Raúl Jara de UC CHRISTUS lo aclara:

“Cuando hay una trayectoria de vulnerabilidad, es decir, ciertos elementos predisponentes y se gatilla la dieta restrictiva, la restricción alimentaria va a desencadenar cambios a nivel fisiológico y cerebrales que van promoviendo el pensamiento anoréxico y que la persona se mantenga en esta rutina alimentaria”.

Un abordaje multidisciplinario

Josefa Manríquez recuerda ese período de su vida: “No comía en dos semanas, o comía muy pocas cosas. Me alimentaba de galletas, agua y chicle, porque el chicle no te da hambre. Estaba cansada todo el tiempo, tenía demasiadas ojeras, no podía subir las escaleras del colegio, me desmayaba. Estaba muy cansada todo el día”.

Carolina Prado, su mamá, recuerda que le costaba mucho que Josefa comiera. Se dio cuenta de que algo andaba mal en los controles con la pediatra. Ella la derivó a una nutrióloga especialista en trastornos de la conducta alimentaria, quien le mandó a hacer una batería de exámenes: ahí apareció el problema cardíaco.

Josefa había desarrollado una miocardiopatía dilatada, enfermedad donde las paredes del corazón se adelgazan y el músculo cardíaco se debilita, haciendo que el corazón se agrande y bombee la sangre con menos fuerza. Esto puede provocar síntomas como cansancio, falta de aire y palpitaciones, entre otras.

La selectividad alimentaria, por ejemplo, no genera deterioro físico o psicológico significativo. "Sin embargo, puede considerarse signo de preocupación si se vuelve progresiva y rígida y se eliminan grupos completos de alimentos”, señala la pediatra Francisca Salas, directora de Medicina UNAB sede Santiago.

“El cardiólogo la eximió de educación física por dos años”, comenta Carolina Prado, pese a que Josefa hacía gimnasia rítmica desde los cuatro. “Todo ese tiempo se demoró su corazón en estar estable”. Además del cardiólogo, la pediatra y la nutrióloga, Josefa también veía a una psicóloga y a un psiquiatra para tratarse.

En este contexto, el abordaje multidisciplinario de la enfermedad es crucial. “Esta patología psiquiátrica tiene repercusión somática. En ese sentido, el apoyo de nutricionistas especializados que ayuden a la normalización de la conducta alimentaria, el tratamiento que permita la medicación para las comorbilidades, la psicoterapia para tratar estos elementos psicológicos y las relaciones familiares es tremendamente relevante”, comenta Raúl Jara.

“Nosotros también integramos terapeutas ocupacionales, la supervisión de enfermería, nutriólogos que nos puedan ayudar con la revisión somática del estado del paciente”, agrega el especialista.

“Se requiere un equipo que pueda abordar simultáneamente la estabilidad médica, la recuperación nutricional, la salud mental, la dinámica familiar, el entorno social y los riesgos médicos y psiquiátricos”, complementa la doctora UNAB Francisca Salas.

Ojo con estas conductas en niñas (y también niños)

“La anorexia nerviosa es multicausal, hay muchos elementos que pueden gatillar el cuadro clínico. Hay características genéticas, ciertos rasgos de personalidad. Y también, elementos del ambiente, tanto familiar como del entorno en general”, dice Raúl Jara.

Josefa afirma que, pese a ser una niña de peso normal, nunca se sintió cómoda con sus mejillas o “cachetes”. Le molestaban desde que era chica, su papá siempre se los apretaba y ella se enojaba muchísimo. A eso se sumó la no muy buena relación con su abuela paterna, que le decía que estaba “muy gordita” o “muy cachetona”.

Esas actitudes se enmarcan en lo que los especialistas denominan como “weight talk”, es decir, cualquier conversación que pone el foco en el peso, adelgazar, engordar, dietas, calorías o control corporal, aunque no sea explícitamente negativa. “La crianza es una parte demasiado importante para que las niñas confíen en sí mismas”, afirma Josefa.

En términos de selectividad alimentaria, existen dos tipos: aquellos que manifiestan rechazo alimentario –conocido como ARFID— y los picky eaters que son los mañosos para comer.

Discursos como estos son un factor de vulnerabilidad porque refuerzan ideales corporales restrictivos, aumentan la presión social, especialmente en niñas y adolescentes, y se asocian a mayor riesgo de trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad e insatisfacción corporal.

Como padres, se recomienda estar atentos a las señales de alarma sutiles. La selectividad alimentaria, por ejemplo, no genera deterioro físico o psicológico significativo. “Sin embargo, puede considerarse signo de preocupación si se vuelve progresiva y rígida y se eliminan grupos completos de alimentos”, señala la pediatra Francisca Salas, directora de Medicina UNAB sede Santiago.

En términos de selectividad, existen dos tipos: aquellos que manifiestan rechazo alimentario –conocido como ARFID— y los picky eaters que son los mañosos para comer. “No toleran ciertas texturas, pero no tienen miedo de comer en su casa o afuera con su familia. Pero una persona con anorexia no va a comer frente a otros. Le da mucha vergüenza y culpa también”, explica Karen Cáceres, académica de Nutrición y dietética de la UNAB.

El psiquiatra UC CHRISTUS, Raúl Jara, profundiza: “Les da mucha vergüenza que los demás puedan ver que se están alimentando. Habitualmente las personas sienten que no tienen derecho a comer o que no pueden comer ciertos alimentos, por lo tanto, tienden a aislarse o a separarse”.

Frente a indicios de la enfermedad, lo principal es actuar rápido, con pesquisa temprana y diagnóstico precoz. “Entre más pasa la enfermedad sin tratamiento, hay mayor riesgo de que esta se cronifique”, sentencia Raúl Jara.

Por lo mismo, el rol de la familia es fundamental. “Sabemos que es una enfermedad en que el paciente problematiza muy poco la sintomatología, por lo tanto, que la familia sea capaz de sostener, no solamente los cuidados nutricionales, sino que además el apoyo psicológico es crucial”, añade.

Para Carolina Prado, la ayuda llegó con este abordaje multidisciplinario. “Ellos trabajaron en conjunto y con la Jo y entre todos ayudaron a subir lo que ella tenía bajo, que era su autoestima al final. Necesitaba un trabajo a fondo respecto a su cabeza, a sus hábitos”.

Hoy Josefa cursa tercero medio y su corazón está perfectamente saludable. “Ahora ya aprendí a quererme harto. No es como que la autoestima me subió al 100%, de repente me dan mis ataques de ‘no, estoy demasiado gorda’. Pero igual viendo el pasado me cuestiono demasiado las cosas que hice, también respecto a mi salud mental y ahora lo veo como una enseñanza”, dice.

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