Por Andrés GómezPaco Cerdà, escritor español: “Hay que estar alerta ante la contramemoria: hoy se reescribe el pasado en TikTok y YouTube”
Periodista y narrador de no ficción, el autor publica Presentes, una novela coral que gira en torno al cortejo fúnebre de 11 días del líder de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. Cerdá confronta la épica del franquismo con una multitud de voces de víctimas de la Guerra Civil.

En la casa de Paco Cerdà (1985), la Guerra Civil española no es historia. Más bien, es parte de la memoria familiar. Su bisabuelo, también llamado Paco, era un electricista que fue concejal de la República. En 1939 fue detenido y encarcelado. Su hijo, el abuelo de Cerdà, solía llevarle comida a prisión. “Mi bisabuelo fue fusilado en el año 43. Y mi abuelo siempre estuvo marcado por esa pérdida”, cuenta.
Ese hilo íntimo recorre de manera invisible su nueva novela, Presentes, donde Paco Cerdà relata la historia de numerosas víctimas de la guerra; un coro de personajes reales: campesinos, obreros, maestros, carpinteros, dueñas de casa y artistas. Y entre ellos aparece de perfil, apenas dibujado, el nombre de su bisabuelo Francisco.
Periodista y narrador de no ficción, Paco Cerdà es autor de las novelas 14 de abril, que gira en torno al día en que se instaura la República española, y El peón, un relato que explora en la dictadura franquista a través de la figura de un niño prodigio del ajedrez instrumentalizado por el régimen.
Presentes reconstruye un episodio sombrío en los inicios del franquismo: el 20 de noviembre de 1939, en el cementerio de Alicante, el régimen exhumó los restos de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, “pionero del fascismo”, que fue fusilado en 1936, y lo trasladó en procesión, a pie, durante 11 días y 10 noches, hasta El Escorial. Casi 500 kilómetros cargado en hombros de voluntarios falangistas, rodeado de antorchas, banderas y símbolos militares.

El autor desconocía el episodio. De manera imprevista, lo descubrió gracias a un microdocumental en YouTube.
-Este acto fue una proeza dictatorial cuya memoria posterior quiso ser borrada, porque creo que fueron conscientes de que se habían pasado de frenada. Imagínate: en el inicio de la Segunda Guerra Mundial, casi 500 kilómetros de cortejo, día y noche, con una parafernalia abiertamente fascista, surcando el camino de la España leal a Franco. Eso, después de la Segunda Guerra Mundial, tenía muy mala prensa. Cuando el fascismo perdió su partida en Europa, el franquismo debía reformularse.
Esas imágenes tenebrosas, en blanco y negro, le provocaron escalofríos, miedo y curiosidad. Y reconoció allí el germen de una novela real.
-Quería saber si podía reconstruir ese episodio y dar el reverso de ese espejo que había sido ocultado. Esa era mi ambición: intentar dar la imagen completa de lo que construye una dictadura y lo que esconde al mismo tiempo, esa doble dinámica.
Basado en una documentación tan exhaustiva como detallista, entre documentos, expedientes y cartas de prisioneros, el autor narra el avance del cortejo sobre una España desolada, donde hay fusilamientos, perseguidos, trabajos forzados y exiliados. La novela transcurre en esos 10 días y alterna los discursos oficiales con una pluralidad de historias paralelas. Al paso del funeral, hay quienes alzan la mano con orgullo y otros, con temor.

Presentes recibió el Premio Nacional de Narrativa de España. Para Javier Cercas, es el retrato aterrador y emocionante de “una España en harapos: así empezó una dictadura eterna. Un libro excelente”.
El libro será presentado en Chile por su autor hoy sábado 25, a las 19.00, en la Fundación Cultural de Providencia, en el marco del festival de Autores Penguin.
Más que un acto de recogimiento, el funeral parece una gran puesta en escena luctuosa, ¿está de acuerdo?
Sí, de hecho, el libro intenta plantear esta narración casi en términos operísticos. Hay una introducción, una clausura, una de coda, y una narración que pone el énfasis en la teatralización de este desfile. Porque se quería advertir a los españoles quién mandaba a partir de entonces, y al mismo tiempo manifestar el miedo que debía instalarse para que las cosas marcharan. Eso tenía mucho de representación, porque no se quería imitar la realidad, sino inventarla.
“Se quería construir un mito, una especie de mesías redentor. Un hombre hijo de un dictador, fascinado por el fascismo italiano, fundador de la Falange Española, diputado detractor de la democracia durante dos años”.
¿La figura de José Antonio Primo de Rivera justificaba esta puesta en escena?
Se quería construir un mito, una especie de mesías redentor. Un hombre hijo de un dictador, fascinado por el fascismo italiano, fundador de la Falange Española, diputado detractor de la democracia durante dos años. Tenía una ambivalencia interesante: impulso poético, intelectual y místico, pero también defendía la violencia y la destrucción de las urnas. Mussolini estuvo 21 años en el poder; Hitler, 12. José Antonio, solo tres años al frente de su partido, con un 0,4% de los votos. No tenía sentido que se sostuviera simbólicamente la dictadura en él, pero el franquismo apostó fuerte por esa carta. Su juventud y su imagen favorecían esa construcción simbólica.
¿Cómo cambió la imagen que usted tenía de él?
Me crié en una casa en la avenida José Antonio en mi pueblo, Genovés. Para mí era una dirección postal. Luego pasó a ser “José Antonio igual a Franco”, una de las grandes simplificaciones del siglo XX. Leer sus obras completas fue un gran contraste con el desconocimiento general. Fue el humus necesario para intentar explicar, contar y hacer sentir. Porque el libro no es un ensayo, es una novela sin ficción, que intenta reconstruir la atmósfera de aquellos días. José Antonio es el pretexto para contar cómo una dictadura exalta, oculta y obliga a mirar hacia un lado para no ver los fusilados, los encarcelados, los exiliados.
Esa es la gran mentira del siglo XX español: ese bando del 1 de abril del 39 que decía “la guerra ha terminado”. Nada había terminado, todo estaba a punto de empezar.
Habitualmente, se establece el fin de la Guerra Civil en abril del 39. Pero esto transcurre en noviembre y aún hay una feroz represión.
Esa es la gran mentira del siglo XX español: ese bando del 1 de abril del 39 que decía “la guerra ha terminado”. Nada había terminado, todo estaba a punto de empezar. Iba a adoptar otras formas: una represión más cruel, más sangrienta, más inexplicable. Esa represión originaba un país —entonces España, de 26 millones de habitantes— convertido en una especie de gran cárcel, con 260.000 personas encarceladas. El 1% de la población estaba en prisión. Había 100.000 personas mutiladas, 90.000 trabajadores forzados, había miles y miles de exiliados, como los 3.000 que llegaron a Chile. Era un país que todavía vivía en guerra, literalmente, porque los fusilamientos no paraban. Además, había censura y quema de libros. Había una incipiente voluntad de memoria histórica por parte del franquismo para fijar el recuerdo de esa guerra que había llevado a la muerte a miles de nacionales por la cruz y por la patria, y, evidentemente, el olvido del resto de fallecidos, porque esos no contaban.

¿Como seleccionó la historia de los personajes que relata?
Mi querencia en todos mis libros está en los márgenes de la historia, en aquellos recodos de la memoria que suelen quedar excluidos de los grandes relatos de los libros de historia. Gente como Eulalio, un chaval de 19 años que está entre piojos, pulgas y el aullido del hambre en un campo de concentración francés. O Amelia, una chica anarquista que escapa de la cárcel y de las monjas con una bebé de apenas 10 días. O Marcelino, un campesino que está en un campo de trabajo forzado y le escribe cartas a su esposa, Benigna, exiliada en Francia. Pero también un mutilado de guerra del bando vencedor. Es decir, intento dibujar una muestra lo suficientemente amplia de distintos casos de derrotas visibles en la posguerra, y que todas ellas sucedan en ese mismo arco temporal. Y también gente como Antonio Machado, Miguel Hernández o Miguel de Molina, personas de la cultura, que sufren las zarpas del régimen franquista.

¿Cómo enfrentó sus propias adhesiones y prejuicios?
Sin maniqueísmos y sin equidistancias, huyendo de cobardes posiciones que intenten agradar a aquellos que entienden la memoria como hooliganismo. Una memoria solo para fans. Una memoria que reconforte en nuestras creencias e incluso en nuestros prejuicios. Mi bisabuelo fue fusilado en posguerra, en el año 43. Mi abuelo siempre estuvo marcado por esa pérdida. Murió hace tres meses. Para mí, mi abuelo fue una persona muy importante. El dolor que le causó a sus 17 años el fusilamiento de su padre... Para mí, todo eso no era historia, era memoria familiar. Iba a visitarlo cada semana y hablaba con él, y él sabía de mi obsesión por estos temas. Eso proyecta una mirada humanista, de intentar no caer en errores de odio, de venganza, de sectarismos acríticos. ¿Quiere decir eso equidistancia? En absoluto. ¿Quiere decir madurez intelectual y emocional? Ojalá me acerque a ello.
¿Por qué no desarrolló la historia de su bisabuelo entre tantos personajes?
La desarrollé en dos páginas del libro, de una forma muy comedida, y en esas líneas me pregunto por qué no escarbo más en ella. No sé, quizá estando mi abuelo con vida era diferente, y quizá también tenga algo que ver con mi propio carácter. Suelo hablar un poco de mí en general. No tengo redes sociales. Sin duda, aquel hombre que se llamaba como yo, Paco, sigue teniendo un peso muy grande, y creo que ahora lo va a tener más, porque al no estar mi abuelo presente, de alguna forma, su memoria descansa un poco más en mí.
Creo que España a veces parece condenada a hacer la guerra permanentemente con su pasado.
¿Qué huella queda hoy en España de ese pasado franquista?
Creo que uno de los legados es que no sabemos bien qué hacer con la memoria: si conservarla, si reconciliarnos con ella, si dejarla como una especie de incomodidad crítica que nos recuerde qué sucedió en el pasado, si echar toneladas de cal para intentar borrar lo imborrable. Hay una palabra en alemán que quiere decir “hacer las paces con el pasado”. Creo que España a veces parece condenada a hacer la guerra permanentemente con su pasado. El olvido se lo pueden permitir algunos. El olvido es un bien de clase, de clase vencedora.
¿Considera que hay que insistir con el trabajo de la memoria?
Cada generación está obligada a reconfigurar su relación con el pasado. El pasado no es algo estático, fijo, inmóvil. La memoria reescribe el pasado para que sea útil, de una manera personal y colectiva también. A mi juicio, es asombroso que hayan pasado más años desde la muerte de Franco que los años en los que Franco estuvo en el poder. Cincuenta han pasado y casi 40 estuvo en el poder, y todavía ese fantasma sigue condicionando nuestro presente.
¿Qué pasa con las tendencias negacionistas o que intentan reescribir el pasado?
Pues que hay que estar muy alerta de la contramemoria. Pasamos un tiempo de amnesia, de desmemoria, y ahora lo que me alarma a mí es cómo se reescribe nuestro pasado de forma torticera en TikTok, en YouTube. Y se plantea una contramemoria ante la cual ya no tenemos en España, por lejanía de tiempo, personas vivas capaces de contar lo que fue la guerra y la primera posguerra. Entonces es un libro de historia frente a un tiktoker: mala partida.
La novela aparece en un contexto de tensión internacional y de auge de autoritarismos. ¿Cómo ve ese escenario?
Muchos países se interesaron por la publicación de este libro y me pregunté: ¿Cómo es posible que una historia aparentemente tan española pueda interesar desde Estados Unidos hasta Finlandia, Hungría, Polonia, Francia, Italia, América Latina? ¿Por qué? Creo que, como tú apuntas, es un momento en el que se está viendo en jaque a las democracias, y quizá interesa saber cómo se pueden erosionar desde dentro o desde fuera los regímenes democráticos, y cómo funcionan las dinámicas de una dictadura, tanto en la represión como en la configuración de la propaganda, que moldea una nueva realidad. Creo que Presentes construye esa dialéctica que permite vernos desde el presente a través de ese retrovisor que era el pasado.
¿Cómo ha sido la recepción de la novela?
La parte más emotiva de la recepción tiene que ver con mi abuelo. Él tenía ya 99 años y no sabía de qué iba mi próximo libro. La editorial me mandó los primeros ejemplares y fui a su casa. Le dije que había dos páginas muy especiales sobre él, sobre su padre, y yo las dejaba marcadas para que las leyera solo o, si quería, se las leyese yo. Me pidió que se las leyera. Y fue muy emocionante poder compartir ese momento con él, recordar la celda 518, donde estuvo su padre encerrado; recordar cómo iba él a llevarle la comida; cómo su padre lo despedía con un pañuelo blanco agitándolo por la ventana de la celda. Y luego que él viese el Premio Nacional que me entregaron. Después falleció. Pero ese momento en el que lloramos juntos en su casa, solos, con el retrato de mi bisabuelo en el comedor, no me lo quita nadie. Y eso es una recepción incomparable.

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