Por Camila MirandaAbrir la cancha

Ganar en el Congreso no es ganar en la sociedad. Con la aprobación de la megarreforma, el gobierno de José Antonio Kast levanta su primer bastión doctrinario, sostenido por una mayoría circunstancial que probablemente busque repetirse, proyecto tras proyecto, mientras esa mayoría dure. El desafío que deja no es únicamente opositor, es del país entero: revela un método de gobierno que oye pero no escucha, sin disposición a dejarse interpelar por ello. Su corazón, la rebaja tributaria amarrada por años a los equilibrios fiscales, fue una convicción sostenida hasta el final, sin ceder un ápice.
Frente a esa evidencia existen lecturas cómodas: invocar las viejas “buenas prácticas” del acuerdo transversal, como si la sola voluntad de negociar bastara para torcer la del gobierno, o culpar a la existencia de distintas formas de hacer oposición. Ambas confunden el deseo con la estrategia. La apertura al diálogo estuvo ahí; lo que no hubo fue un gobierno interesado en ganar por otra vía que no fuera el voto exacto y suficiente. Incluso el mercado lo entendió así: el escaso entusiasmo de la Bolsa tras la aprobación no habla de un acuerdo duradero, sino de una victoria que se sabe frágil. Y el problema no se agota en la megarreforma: el mismo gobierno que no buscó acuerdo ahí ya prepara desmontar uno que sí existía, el de las 40 horas.
Cabe entonces lamentarse por la ausencia de mayoría propia, o detenerse a pensar y abrir la cancha. La fragmentación en el Congreso obliga a mirar el desgaste de aprobación como una variable más, junto a la aritmética de los votos, a los tiempos y el contexto de cada proyecto de ley: los efectos de sostener reformas que la ciudadanía rechaza no desaparecen, se acumulan, y terminan por cobrarse a quien los sostuvo. El Partido de la Gente puede presentarse hoy como bisagra, posición que da influencia inmediata pero tiene un costo a mediano plazo: cuanto más se asocie su voto al proyecto ajeno, más difícil le resultará sostener, ante el mismo electorado que lo hizo bisagra, que representa algo distinto. Con idas y vueltas, con aciertos y errores, la oposición logró sintonizar con una mayoría del país que intuye que esta reforma beneficia sobre todo a quienes más tienen.
Abrir la cancha significa no quedarse solo en el hemiciclo, como si ahí se disputara todo el sentido de lo que está pasando, sino multiplicar los frentes. El quehacer político excede esa sala: se gobierna hoy, como sector, en decenas de municipios y gobiernos regionales, territorio donde la política se hace cuerpo a cuerpo con las personas, y en el que el gobierno insiste, sin éxito, en instalar la imagen de una oposición fragmentada.
El desafío mayor no se agota en la coyuntura. Es de un orden distinto, casi de época: ofrecer una lectura alternativa de la realidad y una propuesta del país que podemos ser, capaz de convocar y movilizar, no solo de resistir. Eso exige involucrar activamente a la ciudadanía en el debate, también en las redes, donde hoy se disputa buena parte del sentido común. La derecha gobernante se apropió de las palabras cambio y ruptura para ganar la presidencial; sin embargo, el cambio tiene un componente material que no ha podido tomar: el alza en el costo de la vida, reformas que no benefician a las mayorías. Ahí, en esa distancia entre la promesa y la experiencia cotidiana, está la cancha que la oposición puede ocupar. Pero reconocerlo no exime a la oposición de una responsabilidad propia: mirar la foto larga, la de las propuestas de desarrollo que este ciclo necesita.
Por Camila Miranda Medina, directora ejecutiva de Nodo XXI
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