Columna de Ascanio Cavallo: Materiales esparcidos por el suelo



¿Cómo medir lo que le pasó esta semana al ministro Mario Marcel en su primera refriega importante, la del quinto retiro? Con buena voluntad, se puede creer que fue un retroceso táctico para defender lo esencial (la nueva bola de presión inflacionaria). Pero la verdad es que más parece lo contrario: una derrota estratégica en la unidad de propósitos del gobierno. El tiempo dirá. No mucho tiempo.

En todo caso, ahora sabemos un poco más acerca de octubre de 2019. Lo que se devastó en esa disrupción no fueron sólo las plazas de las ciudades, sino también algo más sutil, más invisible: la idea de representación con que los parlamentarios quedaron después de esa fecha. Hasta entonces se entendía que “representar” consistía en equilibrar el estado del país con las demandas de los electores personales. Aterrados, los parlamentarios se refugiaron en lo último. Sólo importan los que me reclaman el 10%.

El Frente Amplio quiso creer que esto ocurría únicamente porque allí estaba Piñera. No es una novedad que no estaba preparado para triunfar; nunca se dio cuenta de que lo que decía ayer podría serle fatal mañana. Ahí está el alcalde Jadue, como un Pepe Grillo jacobino, para recordarle cada frase de ayer. ¡Qué difícil refutarlo!

Resultado: el principal ministro para la crisis económica, zaherido.

La propuesta “alternativa” de retiro previsional presentada por el Ministerio de Hacienda es un triunfo del ingenio, pero no alcanza a ocultar que el problema de fondo es que se está disputando el poder: dentro de la coalición de gobierno y entre el gobierno y un Parlamento anarquizado, que en su grado alto desafía las certezas técnicas de su ministro más competente (“no mintamos”, ha escrito un dirigente del PC) y en su grado bajo simplemente afirma que no, que no pasa nada, que el ministro es un cuco.

Es una notificación. El Congreso no era otra torpeza de Piñera. Es lo que le espera al nuevo gobierno. La dinámica autodestructiva (no se ha detenido) mantiene su inercia, que ni siquiera la derecha -ahora en la situación más cómoda de ser la única oposición- logra controlar en sus filas. El nuevo sistema electoral, el voto voluntario y todas esas novedades no han cambiado nada; ya llegará la hora de estudiar si más bien no han contribuido a la crisis del concepto de representación.

El gobierno está entrando en un callejón muy amenazante. Demasiados errores, demasiado personal no calificado, demasiadas disculpas, demasiada contrariedad en la coalición, demasiada presión desde la izquierda, demasiado desafío de la violencia pública, un Parlamento hostil y una Convención Constituyente demasiado entrópica. No ha tenido luna de miel: en un mes ha perdido la popularidad que otros empiezan a perder después de los 90 días. ¿El Presidente? Un poco ausente, dejando que sus ministros hagan el juego.

Las amenazas no son tan lúdicas. Ya está aquí, adelantada respecto de lo que se creía, la inflación, doméstica y externa (en el Reino Unido se le está llamando “crisis del costo de la vida”), cada vez con más presiones para afrontarla mediante un dinero público que no existe. Los estragos de la guerra en Europa empiezan a llegar como lentas olas demoradas. El paquete de ayuda social del gobierno, que debía ser su gran golpe estratégico, se ha hundido en la ola más violenta del quinto retiro.

La agenda legislativa está dañada después del golpe a Marcel. Los proyectos que vengan serán probablemente sometidos a la misma tensión desde el maximalismo. La violencia (no se ha detenido) mantiene secuestradas áreas urbanas y rurales y la policía, fuera de no dar abasto, no muestra el menor interés por arriesgarse a ser acusada desde sus propios mandantes.

A las ideas sui generis de la Convención se les han cruzado las personalidades más diversas; es difícil seguir sosteniendo que está asediada por un solo flanco. Se siente única en la historia y, al menos en un sentido, lo es: fue elegida con un sistema electoral de excepción, que no coincide en nada con los demás órganos de elección popular y que probablemente será irrepetible.

Pero eso no la hace “histórica”, a menos que lo sea su resultado. La fijación igualitarista que derriba los liderazgos internos ha derivado en una forma solipsista de tratar las materias, que desacredita toda crítica externa, casi como si no supiera que, después de pasar por sus propios sistemas, al final tendrá que enfrentarse a la votación de todos esos que están afuera, los 15 millones de advenedizos que tendrán que reconocerse o desconocerse en el nuevo texto.

La pelotera de las propuestas expresa ristras de ansiedades, esperanzas, deseos, muchos de ellos largamente insatisfechos o reprimidos, pero otros tantos producidos por la propia imaginación emancipatoria. ¿Cabe imaginar siquiera que todas esas expectativas sean satisfechas por un nuevo texto?

El gobierno está atado al resultado del plebiscito con que culmina la Convención. Suena trágico en el sentido clásico: una fuerza externa, que escapa a su más mínimo control y, sin embargo, lo condiciona, en este caso por el resto del cuatrienio. Esto, en el supuesto de que el plebiscito es exitoso y sólo produce las frustraciones del libreto. Si fracasa, ni hablar: gastará todo su tiempo en encontrar una nueva salida para el problema constitucional. La Constitución no será la solución de los problemas de Chile; a estas alturas podría ser un problema más.

Como todas las sociedades, la chilena está divida en dos mitades, o en tres tercios, o en todos los pedazos que se quiera. Tiene y tendrá diferencias de difícil escapatoria, en valores, intereses, opiniones, subculturas y generaciones. Se puede trabajar con esa realidad o se puede nadar infinitamente contra ella.

“Aquí están los materiales esparcidos por el suelo”, escribió Emerson, en referencia a la construcción social. Quería decir que se los puede reunir con éxito, pero también desunir catastróficamente.

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