Por Óscar ContardoLos nuevos artificios

A principios de mayo la escritora Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura, concedió una entrevista a un medio polaco. En esa nota habló con total naturalidad del uso que ella le daba a la inteligencia artificial en su trabajo. Tokarczuk contó que pagaba la versión más cara de una IA generativa de texto y dijo estar sorprendida por el modo en que “expandía” sus horizontes y “profundizaba su pensamiento creativo”. La escritora añadió que usualmente le formulaba preguntas sobre cómo podía mejorar alguna frase, incluso le pidió ideas sobre la música que deberían escuchar algunos de los personajes de su próximo libro. La entrevista no había traspasado las fronteras de Polonia hasta que el pasado lunes otro escritor decidió traducir partes de la entrevista al inglés y reproducirlas en su cuenta de redes sociales. La polémica se extendió como fuego en pasto seco y pocas horas después la editorial de la escritora difundió un comunicado público firmado por ella. En la declaración, Tokarczuk aseguraba usar la IA solo en la etapa de investigación preliminar de su trabajo y que sus comentarios en la entrevista habían sido malinterpretados. Algo similar ocurrió durante la semana cuando la revista literaria Granta publicó en su sitio en línea los cinco cuentos ganadores del premio de la Commonwealth. Uno de los cuentos galardonados levantó sospechas -uso de ciertas metáforas o fórmulas gramaticales repetitivas- de haber sido escrito con ayuda de IA. Granta intentó resolver la controversia preguntándole nada menos que a Claude, una IA. La respuesta fue de una absurda ambigüedad: “Casi con toda seguridad (el cuento) no fue producido sin la ayuda de un humano”, concluyó Claude.
Tengo un chaleco muy cómodo y muy viejo que aparenta un tejido chilote de lana, aunque basta ver la etiqueta interior para constatar que está elaborado con un 65% acrílico, un 30% lana y 5% nylon. Esa precisión en la proporción de materiales -muy poco nobles en este caso- parece ser imposible de establecer en el actual escenario tecnológico en otros ámbitos más complejos, como la literatura. El caso de Tokarczuk y del cuento publicado en Granta han dejado en claro que los circuitos editoriales y literarios, aun los más importantes de lengua inglesa, carecen de una línea nítida que separe aguas: no hay un protocolo que establezca cuál es el uso tolerable de IA, tampoco un camino consensuado para llegar a encontrar el punto crítico que diferencie lo genuino de lo elaborado por Chat GPT. Nadie ha definido un límite en donde la IA deja de ser considerada una mera herramienta para ejecutar una obra y se transforma en un artificio que reemplaza al creador del texto. A propósito de estos casos, un escritor bromeaba con la posibilidad de crear un Premio Nobel para el mejor prompt de literatura.
Las nuevas tecnologías desafían la posibilidad de distinguir claramente, tal como lo hizo el fabricante de mi viejo chaleco con los materiales usados para elaborarlo, aquella porción de la obra surgida de un esfuerzo humano de lo generado por una IA generativa de texto. En el ámbito de la literatura y de la industria editorial ese es un problema mayor en muchas dimensiones, una de ellas es el modo en que se pierde de vista o sencillamente desaparece el valor del trabajo humano: desde las miles de obras de las que la IA se alimenta sin pagar un peso para ofrecer una respuesta al usuario, hasta el resultado de un ejercicio autoral auxiliado por un chatbot. Los ganadores indiscutidos son los dueños de las grandes compañías tecnológicas que operan como enormes buques en faenas de pesca de arrastre.
Esta nueva irrupción del artificio tiene costados mucho más inquietantes aun en el ámbito médico y biológico. El mejor ejemplo en este caso lo representa el proyecto Enhanced Games, o “Juegos Mejorados”, un símil de los Juegos Olímpicos, solo que en lugar de prohibir el dopaje, lo fomenta con la excusa de explorar el potencial del cuerpo humano. En este caso el campo de irrupción del artificio no es la creación de un texto, sino el cuerpo de deportistas de élite -como el levantador de pesas chileno-cubano Arley Méndez-, que a cambio de montos de dinero que de otro modo nunca llegarían a conseguir, han aceptado participar en una competencia rechazada por el Comité Olímpico Internacional, consintiendo que se les administren sustancias prohibidas en otras circunstancias.
La primera versión de los Enhanced Games, también llamados “las olimpíadas en esteroides”, se llevará a cabo durante este domingo 24 de mayo en curso en Las Vegas. El evento cuenta con el respaldo de, entre otros magnates, Peter Thiel, el libertario creador Palantir, la compañía que surte de plataformas para gestionar datos y proveer vigilancia a gobiernos. Thiel, quien recientemente pasó por Santiago, en donde se habría reunido con el Presidente José Antonio Kast, abraza el transhumanismo libertario, un movimiento que aspira a superar las fronteras biológicas del cuerpo humano a través de la tecnología, es decir, aumentar capacidades físicas y detener el envejecimiento. Para lograr tal cosa es necesario probar ingenios farmacéuticos en personas dispuestas a dejarse inocular para competir entre sí a cambio de dinero, pese a las insospechadas consecuencias -a corto y largo plazo- que tendrá el dopaje en sus cuerpos.
Esas nuevas tecnologías, que hace unos años solían ser consideradas herramientas prodigiosas de acceso a la información y a la creación, aparecen cada vez más bajo una nueva luz, desplazando a los usuarios comunes y corrientes a un espacio en el que los beneficiados resultan ser muy pocos, mientras la mayoría permanece perpleja intentando distinguir lo real de lo francamente artificioso; lo genuino de aquello que provoca la ilusión de un avance, pero que solo es sometimiento.
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