Otras encrucijadas

A pesar de una caída en el ritmo anual de expansión, la economía china sigue creciendo a un 6,7% anual, según estimaciones oficiales para 2016. Pero el crecimiento urbano dejó atrás a millones de pobres en zonas rurales.


En momentos en que los chilenos estamos pensando en el pasado, el presente y el futuro de nuestro país -motivados por las tensiones evidenciadas a partir del 18 de octubre-, es clave que esta reflexión incluya algunos aspectos fundamentales si asumimos que la satisfacción de las demandas sociales solo será posible si logramos un crecimiento económico sostenido y sostenible.

En primer lugar, somos excesivamente dependientes del comportamiento de las economías de Estados Unidos y China. Es cierto: hace rato que dejamos de ser monoexportadores y tenemos múltiples tratados de libre comercio. Pero es innegable que, si las economías de estos dos países se debilitan, la palabra crisis comienza a sonar con fuerza por estos lados y no tarda en convertirse en una dura realidad. La epidemia de coronavirus -que ya nos habría restado varias décimas de crecimiento- es solo el recordatorio más reciente de este riesgo.

Y para qué decir si ambas naciones entran en una guerra comercial, como la que hemos visto en los últimos años y que todavía no se resuelve por completo. El resultado puede ser desastroso.

En segundo lugar, existe consenso entre los expertos en cuanto a que somos un país “altamente vulnerable” al cambio climático. De hecho, y más allá de los dramas humanos que conlleva, un estudio de la consultora McKinsey arrojó un dato revelador: el 80% de nuestras exportaciones estaría en riesgo por este fenómeno. La falta de agua, precipitaciones más intensas e impredecibles y el aumento de las marejadas y de la temperatura de los océanos, entre otros, son factores que golpearán muy duro a industrias que sostienen nuestra capacidad exportadora.

Entonces, o nos ponemos a trabajar ahora o el futuro -que para estos efectos está a la vuelta de la esquina- nada bueno nos deparará. Un primer reto es afrontar con urgencia y decisión la problemática de la adaptación al cambio climático. Otro, diversificar y agregar valor a nuestra matriz productiva. Y todo ello considerando que estamos inmersos en una revolución tecnológica/industrial que bien puede ser un nuevo riesgo o una gran oportunidad.

Ante estas encrucijadas, es imprescindible asegurar que en el país exista una trama institucional que impulse la innovación y el emprendimiento. Las respuestas a estos desafíos no vendrán de una oficina ni de un grupo de expertos. Surgirán del espíritu creativo de cientos de miles de personas que -haciendo uso de su libertad individual y confiados en que podrán obtener los beneficios derivados de su creatividad y esfuerzo- aportan al bien común.

Será la iniciativa privada, trabajando en conjunto con un Estado moderno y enfocado en satisfacer de manera cada vez más oportuna y eficiente las necesidades sociales, lo que nos permitirá abordar el futuro con la confianza y la convicción de que será bueno para todos.


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