Por Magdalena MerbilháaReflexiones sobre la universidad

Estas últimas semanas las universidades han estado en el ojo del huracán debido a la cultura de cancelación y la violencia instaladas en ellas. El ataque a la ministra de Ciencias en la Universidad Austral abrió un debate necesario en la sociedad chilena. No es la única vez que este debate ha estado “sobre la mesa”. Ciertamente las universidades se han desdibujado y han desvirtuado su ser convirtiéndose en algo irreconocible, que como quien tiene una “enfermedad autoinmune”, se ha ido destruyendo a sí misma. Sin duda, la institución más importante de la cultura cristiano occidental está en decadencia y, como todo lo decadente, podría morir. Eso no debe suceder y debemos intentar evitarlo.
Para reavivar a esta valiosa y esencial institución hay que volver al origen de las universidades y su historia. En el origen siempre hay sabiduría y guía y el gran problema del llamado “progresismo” es siempre mirar hacia delante y olvidar y buscar superar el pasado. Tanto quieren dejar atrás, que lo que alguna vez fue algo, deja de serlo.
Las universidades nacen en Occidente y al amparo de la Iglesia, de hecho, sus alumnos tenían categoría de clérigos. En la historia, hubo siempre intentos de formación humana. La Academia platónica o las madrazas del mundo árabe, pero esas no son universidades, ya que éstas tenían un sentido y propósito común que movió la la cultura occidental madura a formar instituciones con un mismo sentido en toda la cristiandad. Es parte de una reacción cultural, como lo son los estilos artísticos del románico y el gótico o la creación de asambleas de representación de los estamentos, todas creaciones medievales. Se extienden en un periodo por toda Europa, no en Rusia, ni en otros lugares fuera del viejo continente, ya que esos lugares no eran parte de la cultura común. Rusia tendrá universidades después, cuando buscó occidentalizarse.
Las universidades tienen casi 1000 años y nacieron como “asociaciones de maestros y discípulos en busca de la verdad”. La verdad, el bien y la belleza eran el norte que las inspiraba. En esa búsqueda por la verdad, las disputas de ideas “disputatio” y las preguntas “questionatio” eran esenciales. Era el lugar donde el pensamiento crítico tenía lugar. De hecho, los debates en las universidades medievales eran abundantes y exquisitos. Había opción de discrepar y desde la cátedra, la silla de los maestros, se podía tener una tribuna permanente de aprendices. Los maestros eran líderes inspiradores que tenían como fin el alto conocimiento y traspasar de generación en generación ese saber que merece siempre ser recordado. Contaban con la “potestas”, que les daba el rango de maestro, habilitado para enseñar, y la “autoritas”, dada por su conocimiento, que generaba un respeto y admiración que hacía que discípulos viajaran para escucharlos.
Hoy no es así. Las instituciones se han mercantilizado. Los alumnos son “clientes”, que cual consumidor quieren hacer valer sus “derechos”, sintiendo que están por sobre sus profesores, ya que son ellos quienes les pagan el sueldo. Los miran como “empleados”. Se ha perdido la relación necesaria de verticalidad basada en algo fundamental, “la confianza” que asume que hay quienes están habilitados para enseñar y están por otro lado “los educandos”. Los que buscan recibir, ya que no tienen aún, ya que están formándose y, por tanto, bajo la autoridad. Se ha perdido el vigor creativo a causa de las acciones que buscan homogenizar y generar medidas de control , que pretenden medir, lo que tantas veces es inmedible. Las acreditaciones han ahogado la creación y la originalidad.
Las universidades han mutado, aumentado funciones en relación a lo que se esperaba tradicionalmente de ellas, a su misión original. Eran instituciones docentes, no hacían investigación. Esta dimensión se agregó tras el llamado racionalismo que quebró el foco teológico, buscando la independencia de las llamadas las ciencias exactas, física química y biología de la filosofía. Dejaron de llamarse “filosofía de la naturaleza” y se reinventaron desde las academias. Buscaron controlar y dominar todo. La reforma alemana integró la ciencia a la universidad, asumiendo que investigar debía ser un nuevo rol. La educación superior en occidente sólo investiga hace 300 años de sus 1000 años de historia.
Con los procesos de democratización del siglo XIX, vino el concepto de “profesionalización”, impulsados por las reformas napoleónicas, lo que terminó con la exclusividad de las 4 facultades, teología, filosofía, derecho y medicina. Se buscó nuevas formaciones, persiguiendo la adquisición de habilidades para nutrir al nuevo mundo burocratizado. Se abría un mundo más allá de las llamadas “Artes Liberales”, las que poco a poco comenzaron a ser relegadas, por no aportar habilidades específicas de retorno inmediato. Esto ha sido uno de los grandes errores de Occidente, ya que mató el dinamismo y la pasión. Se convirtió en una cultura lánguida y confundida. Con las nuevas reinterpretaciones del marxismo, que es una religión de sustitución que ataca el ser de Occidente, la idea de penetrar las casas de estudios superiores se instaló. La política de confrontación buscó una “nueva reforma” que atacaba las bases esenciales del ser de la Universidad. Se instaló la violencia como un modo aceptado de hacer política y la cultura de la confrontación y la cancelación comenzó a silenciar la diversidad de voces, dejando de ser el lugar de pensamiento y búsqueda por la verdad. “La nueva verdad inmanente” la tenían ellos y debían, a toda costa, imponérsela al resto.
La democratización mal entendida terminó con la idea de maestros y aprendices y los estudiantes empoderados sobredimensionaron sus “derechos”, exigiendo que la institución milenaria se ajustara a ellos. Los excesivos e irracionales sentimientos, que exigen no ofender a nadie, silenciaron las ideas y el pensamiento. No se puede debatir, ni incrementar ideas sin ofender a alguien. El “buenismo excesivo” por un lado y la violencia política por otro, convirtieron al que piensa distinto como un enemigo que hay que silenciar y eliminar. Se terminó con el real debate y la disquisición y con ello, con todo pensamiento crítico. Los estudiantes dejaron de ser aprendices para ser activistas políticos, instrumentos serviles de una causa en la que desaparecieron como individuos y personas para ser un “simple ladrillo en el muro”. Perdieron, en muchos casos, la capacidad racional.
En este mundo tan confundido siempre es bueno reflexionar sobre el ser de las cosas porque sólo así, se sabe a dónde se debe ir. Hay que salvar a la institución más importante de occidente. En las universidades debe haber libertad de expresión y de confrontación de ideas porque de lo contrario, no es universidad. Debe haber libertad de cátedra porque si no, no hay maestros. Debe haber libertad de crear y no tanta norma y acreditación, ya que si no, no hay innovación. Las universidades están ahogadas de normas, fiscalizadores y saboteadores internos. Es hora que los maestros vuelvan a inspirar y que, desde su profunda autóritas, logren apaciguar la furia de alumnos que han perdido el camino dela fe real y de la razón.
Por Magdalena Merbilháa, historiadora y periodista.
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