Por María José NaudonViña: lo sagrado y el espectáculo

No deja de sorprender que, ante la controversia por la rutina de Kramer en Viña, Carlos Peña haya interpretado la molestia como una reacción incomprensible o incluso incoherente. Su tesis, simplificando, es clara: lo ocurrido no sería un problema de respeto, sino más bien la expresión de una transformación previa del catolicismo que, como consecuencia, habría diluido lo sagrado. Si la propia Iglesia ha acercado la liturgia a formas culturales más accesibles —si la volvió cercana y fácil—, entonces no habría razón para incomodarse cuando esas expresiones cruzan al territorio del espectáculo.
La lectura resulta tentadora, pero descansa sobre una simplificación relevante: asumir que aquello que se vuelve cercano o culturalmente accesible pierde necesariamente su densidad simbólica e invita, por lo mismo, a ser trivializado. Adaptarse no significa renunciar a lo esencial. Por el contrario, la adaptación ha sido, históricamente, una forma de preservación. Alterar el núcleo sería otra cosa: una transformación sustantiva, no una adaptación.
El problema, entonces, no parece ser la evolución de la liturgia, sino la trivialización y, en último término, la banalización del show en cuestión. La trivialidad rebaja el peso de las cosas, la banalidad diluye la responsabilidad. En esa lógica se inscribe la ligereza con la que humorista alude, no solo a su experiencia “parroquial”, sino a los abusos cometidos al interior de la Iglesia. Esta última, es una herida profunda, moral e institucional y convertirla en recurso retórico o en pieza de ironía, es una dramática banalización.
También resulta discutible la oposición implícita que Peña establece entre emoción y autenticidad religiosa. La columna parece asumir que la dimensión emocional conduce necesariamente a la superficialidad, mientras que una liturgia más tradicional, supongamos más racional y difícil, encarnaría una religiosidad más genuina. La tradición cristiana está atravesada por experiencias afectivas intensas: la mística, el fervor, el canto y la belleza han sido vías legítimas de encuentro con lo sagrado. San Agustín habla del “corazón inquieto”, recordando que la fe no es solo asentimiento intelectual, sino una experiencia que involucra la totalidad de la persona. Identificar lo afectivo con superficialidad desconoce la estructura misma de la experiencia religiosa. La dimensión emocional no es una concesión moderna ni un síntoma de banalización; forma parte constitutiva de la fe, que ha movilizado siempre inteligencia y emoción a la vez.
Lo que está en juego, entonces, no es una disputa menor sobre canciones ni sensibilidades heridas. Es una pregunta más incómoda: ¿qué lugar concedemos hoy a lo sagrado en el espacio público? En sociedades donde la lógica del espectáculo todo lo absorbe, esta pregunta resulta fundamental. Lo común no se sostienen solo en normas e instituciones, sino en códigos compartidos que permiten reconocer límites, incluso cuando estos no están escritos. Cuando esos códigos se erosionan, la libertad no crece; se estrecha la comprensión. Entonces la discusión deja de ser sobre la Iglesia o sobre un comediante, para convertirse en una pregunta más profunda sobre qué tipo de espacio común estamos construyendo.
Por María José Naudon, abogada.
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