Sebastián Claro: "La economía se está deteriorando a una tasa mayor a la que muchos piensan"

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El exvicepresidente del BC alerta que la intervención cambiaria del ente rector, en medio de la actual crisis, tiene implícito un fuerte mensaje para el sector político: "esto es muy serio. háganse cargo". Agrega que, a estas alturas, es muy difícil para el gobierno salir solo de este delicado momento, y que "se necesitan las manos grandes y democráticas de una parte de la oposición".




Un crudo diagnóstico de la crisis social y sus consecuencias políticas y económicas realizó desde China el exvicepresidente del Banco Central (BC), Sebastián Claro. Según el académico de la Universidad Católica, la reciente intervención cambiaria del BC es un potente llamado de atención a la clase política, cuya fractura deriva en un deterioro macroeconómico que, a su juicio, en parte es "irreversible". En ese contexto, demanda de todos los sectores dejar de jugar a la "política chica" y no hacer eco de decisiones irresponsables, como por ejemplo, aprobar medidas de aumento de gasto sin respaldo en el largo plazo. Asimismo, enfatiza que antes de poder avanzar en cualquier agenda social o acciones de mediano y largo plazo para apuntalar la economía, es fundamental recuperar el orden público. Advierte que "el desorden en las calles y el desanclaje en las cúpulas políticas, empresariales y universitarias ha pegado fuerte en la percepción de estabilidad en Chile".

Luego de que el dólar escalara casi $30 en dos días esta semana, llegando a $828, el BC anunció una intervención histórica en montos. ¿Tendrá un impacto relevante?

-Efectivamente, el programa anunciado es agresivo. Busca proveer importante liquidez en dólares en un momento donde la prima por riesgo que se exige a los activos chilenos ha subido mucho, y muy rápido. Esto ha inducido un cambio de portafolio de inversiones que, en un plazo muy breve, ha presionado muy fuerte al dólar y a las tasas locales. Así, su impacto hay que evaluarlo a partir de sus causas. El grave deterioro en el orden institucional -no solo en la calle, sino que también en la incapacidad del sistema político de guiar y entregar certezas- provoca una pérdida de valor inmensa por el fuerte aumento en el riesgo de Chile. A su vez, la situación de la economía se está deteriorando a una tasa mayor a la que muchos piensan, y ello requiere un cambio de precios relativos para reconocer que somos más pobres.

¿Cómo se mide el éxito de una intervención cambiaria?

-En mi opinión, esta intervención no debe ser entendida como buscando poner un tope al valor del peso. El Tipo de Cambio Real (TCR), esto es, el valor del peso respecto de una canasta de monedas una vez que hemos controlado por las diferencias de inflación, está en un nivel similar, y si algo más apreciado, que en los máximos de 2001, 2002 y 2009, cuando el desempleo llegó a 10%. No podemos descartar que, si el escenario macro continúa empeorando, mantengamos un TCR igual o más depreciado. Si la situación se calma y el castigo a Chile que hemos visto termina siendo excesivo, veremos una mayor estabilidad en el tipo de cambio y las tasas. Si ello no sucede y la macroeconomía se deteriora fuerte, la intervención permitirá un ajuste algo más suave a este nuevo equilibrio. Luego, su éxito no está en evitar un ajuste inevitable del tipo de cambio real, sino que en permitir que sea menos disruptivo.

¿Cree que tardó mucho el BC en actuar?

-El deterioro en el ambiente económico y político ha sido tan rápido, que no hace mucho sentido hacer esa evaluación.

Si no funciona, ¿le queda otra "bala" al BC?

-El verdadero peso de la prueba no está en el Banco Central, sino en el sistema político. Para mí, la intervención tiene un mensaje implícito que es fuerte: "Esto es muy serio. Háganse cargo". La descomposición e irresponsabilidad que hemos visto en el Congreso es tan grande que los instrumentos monetarios no pueden evitar los costos de un mayor riesgo país y del deterioro macroeconómico. Las tasas de largo plazo han subido casi 90 puntos base, reflejando el mayor descuento a los activos. En esto, el Banco Central debe, bajo toda circunstancia, proteger su credibilidad inflacionaria. Es su activo principal. Si la discusión política e institucional continúa con este desorden, no me queda claro que estas alzas en las primas por riesgo sean exageradas. Si en cambio, el sistema político retoma el liderazgo, entonces estas alzas habrán sido excesivas y volveremos a una situación intermedia entre lo actual y lo visto antes de octubre.

Entonces, ¿considera que un dólar a $830 refleja a este nuevo Chile? ¿Es un nivel acorde a sus fundamentales?

-Es difícil medir fundamentales hoy, porque el alza en la prima por riesgo ha sido muy abrupta y apanicada. Y el cambio de portafolio hacia dólares, en cantidades industriales, que resulta de este mayor riesgo, es muy abrupto. ¿Cuán de equilibrio es esta mayor prima por riesgo? Dependerá de cómo evolucionan las cosas en los próximos días. Al mismo tiempo, el deterioro macro es grande, y lo vamos a empezar a ver más temprano que tarde. Parte de ello es irreversible, y vamos a tener un aumento en desempleo importante el próximo año. Ello requiere un TCR depreciado, y a juzgar por los patrones históricos, en los niveles actuales el peso no parece excesivamente castigado.

A su juicio, ¿el impacto económico de esta crisis social podría ser permanente?

-Más que de crisis social, yo hablaría de crisis política. Crisis en la institucionalidad política, que se ha visto sobrepasada. Aquí hay grupos violentistas muy bien organizados y un desorden político que los alimenta todos los días. Cuando una diputada se jacta de violar abiertamente los preceptos de la Constitución para obtener un mayor reajuste, no dimensiona que esa actitud desafiante se traspasa a toda la población. El desorden en las calles y el desanclaje en las cúpulas políticas, empresariales y universitarias, ha pegado fuerte en la percepción de estabilidad en Chile. Aquí ha habido un problema de violencia muy grande y los liderazgos en Chile lo han amplificado, haciéndose eco de todo. Ello anticipa un ajuste macroeconómico de dimensiones importantes. Y hasta ahora, muchos no lo dimensionan y otros siguen jugando a la política chica, aquella que es esclava de las propuestas más radicales. Este deterioro ha afectado fuertemente los precios de los activos, pero curiosamente no ha penetrado en el Congreso, que es como la orquesta del Titanic. Creo que es importante valorar esfuerzos de congresistas y exministros que están dispuestos a romper con el molde y dar un paso hacia la alta política. El país lo agradecerá.

El ministro de Hacienda ha manifestado que se podrían perder 300 mil empleos. También dijo que la violencia de un grupo de delincuentes es lo que tiene trancado al país y no las marchas. ¿Comparte esa visión o hay más elementos como la incertidumbre que puede generar la elaboración de una nueva Constitución?

-Es difícil cuantificar el impacto sobre el empleo, pero será sustantivo. Tomo las palabras del ministro no como una explicación unidimensional, sino como la primera condición necesaria para que exista una incipiente normalización. Pero obviamente el orden público no es suficiente. La cuestión constitucional, como está planteada, y con la engorrosa discusión procedimental, introduce un espacio muy largo de fuerte incertidumbre. Y la discusión fiscal también es delicada. Ello obviamente repercute en las decisiones de inversión y consumo.

¿Cómo se sale de esto?

-Por etapas. Lo primero es el control del orden público y el ordenamiento de la agenda constitucional y fiscal en dimensiones que sean ordenables y verificables. La hoja en blanco por dos años y demandas infinitas que nadie -salvo el ministro de Hacienda- cuantifica o reconoce como imposibles, hacen muy difícil que la población aterrice. El primer paso para salir es menos cálculo político pequeño. A estas alturas, es muy difícil para el gobierno salir solo de esto. Se necesitan las manos grandes y democráticas de una parte de la oposición.

Lo que se ha visto hasta ahora en materia del sistema de pensiones -con algo de reparto-, el mayor gasto fiscal y cómo está saliendo la reforma tributaria, ¿le parecen bien o hay riesgo hacia adelante?

-Hay espacio, y evidente necesidad, de una agenda social, pero el espacio fiscal es más limitado de lo que se piensa. Las demandas actuales no caben todas y hay pocos que están dispuestos a priorizar. Gastamos más en pensiones y menos en qué. El objetivo de llegar al 40% del PIB de deuda puede sonar razonable, pero con dos o tres años de déficit fiscal en un 4% ya estamos ahí. El punto es quién asegura que la cosa converge ahí. Por ello que un mensaje transversal para acotar el problema es fundamental. Si no, no es creíble. La solución de aumentar los impuestos tampoco es la panacea. El gobierno anterior hizo una reforma tributaria para recaudar un 3% del PIB y solo recaudó el 1,5%, porque la economía se desaceleró fuertemente. Por esto y por otras cosas. Pero el espacio para aumentar impuestos fuertemente, sin deteriorar el panorama macroeconómico, es bien limitado. Chile ha aumentado los impuestos corporativos del 17% al 27% en 10 años, y la economía ha perdido dinamismo. Quien diga que puede subirlos al 30% y que no va a pasar nada, no está siendo serio. Los países con mayor carga tributaria que Chile son países donde la clase media paga más impuestos, y eso establece un contrato social entre el Estado y los grupos medios. Aquí no se cuenta la firme. Por último, con este grado de desaceleración económica, las cuentas fiscales van a sufrir antes de que cualquier plan social se lleve a cabo. Por ello, me preocupa mucho la idea de que con tal de empatizar se pierda conciencia de que, cuentas fiscales sólidas, son el punto de partida de todo acuerdo social. Sin cuentas fiscales ordenadas y sin crecimiento, ningún programa de ayuda va a durar. Por ello, se debe priorizar de cara a la gente.

En cuanto al debate constitucional, ¿ve riesgos de que se quiera cambiar la autonomía del Banco Central?

-El debate constitucional también es complejo. Pueden existir cambios o mejoras, pero hay dos cosas que es importante comunicar. Por una parte, las preocupaciones sociales de las personas y los legítimos debates sobre salud y pensiones, por nombrar dos, no dicen relación con la cuestión constitucional. Por ello, aquí hay una tremenda fuente de frustración. Segundo, la violencia nos ha metido en un debate muy complejo, que bajo presión y con apuro, puede resultar muy mal. Eso lo intuyen los inversionistas, que quieren protegerse de los riesgos. Las cuestiones sobre resguardos al derecho de propiedad privada, iniciativa exclusiva del Ejecutivo en materias de gasto, o una inflación de derechos que amenace la estabilidad fiscal, son posiblemente tres de los principales temas en duda. La autonomía del Banco Central me parece que está mejor protegida, porque no he visto a nadie serio que la cuestione. El BC ha realizado una gran labor y no hay razones para cambiarla. Ojalá no sigan decorándolo con responsabilidades que están fuera de su ámbito y solo perjudican su tarea.

En medio de todo esto, ¿cuál es su proyección para el crecimiento de Chile en 2020?

-Ya estamos comenzando a conocer los primeros indicadores duros de actividad y mis proyecciones son malas. Posiblemente el cuarto trimestre el crecimiento será negativo. El 2020 también será muy lento. La caída del gasto interno y el aumento en el desempleo significarán un TCR depreciado de manera sostenida, y la inflación en el corto plazo estará más afectada por el efecto cambiario que por la caída en el empleo. Por ello, durante 2020 la inflación subirá sobre el 3%.

Respecto a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, ¿ve un escenario de menor tensión el próximo año, lo que podría aliviar el panorama local?

-Hasta ahora, la guerra comercial ha ido dando muestras de ceder, y las dudas de una desaceleración mayor en la economía mundial se han disipando un poco. Esto ha favorecido la situación para países emergentes y, en cierto sentido, ha sido un alivio para Chile en estos momentos de gran tensión. De deteriorarse el tema comercial, veremos cuánto más nos parecemos a los típicos países emergentes que bailan al son de los flujos de capitales, y cuánto nos hemos alejado de aquellos países desarrollados con fortaleza macroeconómica y financiera. Chile lleva décadas acercándose a estos segundos, con sendos beneficios para todos. Se ha abierto una legítima duda al respecto.

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