Carlos Altamirano: “No quiero que me recuerden”

El hombre más controvertido de la izquierda chilena hoy prefiere guardar silencio. Pero aunque tiene 95 años y hace más de 20 que decidió desaparecer de la vida pública, su figura tiene un lugar en la historia de Chile. A 45 años del Golpe de Estado, el exjerarca de la UP es el último que queda.


-¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

-No, yo preferiría que no me recordaran.

Carlos Altamirano tiene 95 años y está acostumbrado a pedir lo imposible.

Cuando se acerca el mediodía, está sentado en una banca blanca, encima de un cojín naranjo, para acomodar mejor su menuda figura. Con una boina negra, un chaleco gris, pantalón y zapatos del mismo tono, intenta hacerle frente al extraño clima de septiembre. Dice que le gusta el verano, por el “solcito y el calorcito”, pero de todas formas se resguarda bajo la sombra de una araucaria que se asoma imponente en el patio de su casa.

De lejos, mientras pasa lentamente las páginas del diario, podría ser un señor mayor cualquiera, en un día cualquiera, diciendo frases que cualquiera podría decir.

Pero Carlos Altamirano no es ninguna de esas cosas.

*

Fue en 1974 cuando, probablemente, Carlos Altamirano vivió uno de los momentos más significativos de su vida. No fue el discurso que dio el 9 de septiembre de 1973 -hace exactos 45 años- en el Estadio Chile, ni tampoco el Golpe de Estado que sufriría dos días después el gobierno de su amigo y compañero Salvador Allende.

De hecho, no fue en Chile.

Foto: Patricio Fuentes Y.

El día de Navidad de ese año, “Tati” Allende -hija del expresidente- envió un auto a la casa donde vivía Juan Carlos Altamirano, el hijo de Carlos Altamirano, quien estudiaba cine en Cuba. El chofer le dijo que la “Tati” lo había invitado a su casa para la celebración. Juan Carlos tenía 19 años y el resto de su familia -su madre Silvia Celis y sus dos hermanas, Alejandra y Francisca- estaban en Londres, donde él mismo vivía hasta antes de partir a Cuba.

-Yo dije: “Ay, que amorosa la ‘Tati’”, estaba muy agradecido. Pero no sabía qué iba a pasar después -recuerda Juan Carlos.

Cuando el hijo del exsecretario del Partido Socialista entró a la casa de la hija de Allende, lo vio. Estaba Fidel Castro, pero no lo miraba a él. También había varios personeros de la Revolución Cubana dentro de la casa, pero esos tampoco captaban la atención del joven. A quien miraba Juan Carlos era a un hombre muy flaco y que usaba el pelo teñido. Un hombre que había sobrevivido escondiéndose de los carabineros y las Fuerzas Armadas en poblaciones y sectores alejados de su familia, y que gracias a los disfraces había logrado llegar desde Chile a Cuba.

Era él. Era su padre. Era Carlos Altamirano.

Ese año, 1974, como para muchos, comenzó formalmente su exilio.

-Mi padre siempre habla del hombre y sus circunstancias. Él se la jugó y apoyó a la UP. Fracasaron. Eso sí le pesa, aún le pesa. Y lo que más le pesa son las consecuencias de un exilio que para él duró 19 años. Porque él fue el último en volver -dice Juan Carlos Altamirano.

Y hoy, a 45 años del golpe, Carlos Altamirano es el último que queda.


Altamirano y Valdés

El peso de la historia

-Ahí estoy. El primero que mandaba Pinochet a detener. Ubicarme y detenerme. Ubicar y detener. Yo era perverso para ellos -dice Carlos Altamirano, mientras mira un cuadro en su biblioteca, en su casa en Lo Cañas, en La Florida. Es una página de diario enmarcada.

La lista de los más buscados de la UP.

-(Era) el primero, no de “los” primeros. El primero de la lista para matarlo -explica, mientras se ríe.

El lugar del exsecretario general del PS en aquella hoja refleja la controversia que su nombre genera.

Lo que queda en pie del 11 de septiembre de 1973 es un hombre con un cuerpo menudo, delgado, que mira su jardín como si siempre lo viera por primera vez. Lo que queda del 11 de septiembre de 1973 también es un recuerdo, presente ahí mismo. Una parte de ese edificio que ardió en llamas. Una parte de La Moneda.

Es un pilar que alguna vez, antes del golpe, estuvo en el palacio presidencial y que hoy adorna la entrada de su casa. La historia familiar dice que rescató dos.

-El segundo se lo regaló a Pablo Neruda -cuenta su hijo, Juan Carlos.

Ese es un recuerdo amable para Altamirano.

Pero él es un hombre controvertido. Un hombre que, por 45 años, ha sido apuntado por la derecha, por la izquierda, por todos, como el gran responsable del fracaso del gobierno de Allende. Y cuando escucha o lee eso nuevamente, su respuesta es la misma:

-¡¡¡Patrañas!!!

Juan Gabriel Valdés -socialista, exministro, uno de los más cercanos a Altamirano y quien, además, está casado con su sobrina Antonia Echenique- explica que la figura del ex jerarca de la UP es atractiva, “solo por ser una especie de demostración máxima del fenómeno de lo subversivo”.

-Creo que Altamirano fue en buena medida una construcción de la derecha, porque se llamaba Carlos Altamirano -dice.

El exdirigente del PS venía de una familia acomodada, perteneciente a la oligarquía tradicional de Santiago. Su abuelo, Juan Antonio Orrego, fue fundador y presidente del Banco de Chile; su bisabuelo, Francisco Puelma Castillo, descubrió las salitreras junto a José Santos Ossa.

-Era un pije en un partido de izquierda y eso irrita a demasiada gente, de los dos lados -explica Valdés.

Fue en El Morro, la finca de más de 15.000 hectáreas de sus abuelos, en la Región de Biobío, donde Altamirano creció rodeado de privilegios. Y se convirtió en un rebelde.

La infancia y juventud de Altamirano transcurrió entre araucarias y copihues, con el río Renaico a su lado. Allí se juntaba con su primo hermano y uno de sus mejores amigos hasta el día de hoy, el médico e investigador Héctor Orrego Matte. Ambos cabalgaban, hacían excursiones, cazaban. Y a ambos les daba vergüenza sus orígenes acomodados, la diferencia entre ellos y los de afuera.

-Con Carlos nos influimos mutuamente. Dábamos unos discursos como si fuéramos los líderes del mundo. Y cada vez que nos íbamos de El Morro, él lanzaba un discurso despidiéndose y lloraba -dice su primo.

Pero esos discursos no hicieron famoso a Carlos Altamirano. Sí lo hizo ser apuntado por el discurso que dio en el Estadio Chile el 9 de septiembre de 1973. El mismo que algunos dicen fue el detonante del Golpe de Estado, que terminó con Salvador Allende suicidándose en La Moneda.

-Más allá de toda la historia política y de las discrepancias que tuvieron ambos, esa amistad nunca se quebró -asevera Jorge Arrate, reconocido como el mejor amigo de Altamirano.

Él y Allende, hasta donde saben sus más cercanos, siguieron siendo amigos.

-Pero aún se siente responsable por cómo terminó todo. Aún le duele -dice su hijo Juan Carlos.

Si Micaela Altamirano -hermana de Sebastián e hija de Juan Carlos y la escritora Carla Guelfenbein, con quienes el exjerarca comparte cada domingo- tiene que recordar el primer momento en que se dio cuenta del peso negativo que tenía la figura de su abuelo, se acuerda de Wikipedia.

-Lo primero que dice es “avanzar sin transar” y que es culpable del golpe, ¡es lo primero que dice! Yo lo veo tan dulce con nosotros. Aunque sé que ese abuelo dulce es de ahora, porque también he visto el otro lado.

Por eso, cuentan Micaela y Sebastián, cuando alguien les pregunta si son nietos de Carlos Altamirano, no saben si responder. Eso con la gente mayor. Con la gente joven, explica su nieto, da lo mismo.

-Nadie lo conoce: es Allende o Pinochet en el pasado. No existen otros nombres. Pero a mí me da lo mismo. Yo sé lo que hizo, la importancia que tuvo y que alguien no lo conozca no le va a quitar esa importancia, ese peso que tiene en la historia.

-¿Qué cuenta él de los años 70?

-No habla tanto de eso. Siempre es alguien el que le pregunta y él responde. No va a llegar y decir “¡Acuérdense que yo, en el 73…!


Foto: Patricio Fuentes Y.

La transición de un rebelde

-¿Le tiene susto a la muerte?

-No. Ya me tengo que morir nomás.

A sus 95 años, Carlos Altamirano resiente el paso del tiempo. Se nota en sus manos envejecidas. Se nota en su cara surcada por arrugas que parecen contar historias. Se nota en su andar, en su caminar lento, en los segundos que le toma levantarse y en rechazar la ayuda que le puedan ofrecer. No se nota en su habilidad para evadir las preguntas que no quiere contestar.

-¿Le da miedo lo que digan de usted después de que se muera?

-No. Ahí qué importa, si uno está debidamente enterrado -dice, distraído.

Altamirano mira el pasto de su jardín y empieza a reclamar. “¿Y estas porquerías de pelotas, de dónde salieron, oye?”, le dice como quien habla con el viento. Luego mira a Tintín, su perro quiltro, rubio, peludo y con exceso de peso, y lo llama.

-¡Tintín, Tintín, Tintín, Tintín, Tintiiiiiiiiiiiiii, Tintín! ¡Tíntin!

Cuando volvió a Chile después del exilio, las primeras mascotas que tuvo Carlos Altamirano fueron tres perros. Hoy solo tiene a Tintín, su único acompañante en Lo Cañas.

Pero el primer encuentro del exdirigente con el nuevo Chile de la transición fue antes y no fue en Chile. Fue en París, en 1991 o quizás en 1992.

Además del mismo Altamirano, en la reunión participó su amigo Juan Gabriel Valdés, que en ese entonces era embajador de España, y una delegación de parlamentarios. Entre ellos destacaban dos jóvenes diputados UDI que, a pesar de lo que creían sus pares socialistas, querían conocer al exsecretario general del PS. Apenas Altamirano saludó a Juan Antonio Coloma y Andrés Chadwick, les dijo:

-Estoy con ustedes, jóvenes. Quisiera preguntarles, cuéntenme ustedes lo que pasa en Chile.

-No, don Carlos. Es usted quien tiene que contarnos. Usted está aquí, ¿cómo ve a Chile? -dijo uno.

-Yo soy un hombre de vida azarosa. Ustedes saben qué les voy a contar de Chile y yo no estoy en Chile hace 17 años, cuéntenme ustedes qué pasa en Chile -respondió él.

Estuvieron dos horas conversando. Parecía el inicio, quizás, de lo que sería el regreso de Altamirano a Chile, en 1993. Su vuelta al ruedo político.

Fue todo lo contrario: llegó a su país para poner punto final a su vida política.

Valdés recuerda que lo hizo de la forma más natural posible.

-Le decíamos: “Carlos, hay que ir a tal reunión”. Él decía: “No, no voy a ir”, o decía: “Ya, bueno”, y no llegaba. Él se autovetó. Y es el principal reconocimiento de que él pertenecía a otro mundo.

Su decisión de no hablar y desaparecer completamente de la escena pública la ha mantenido durante 25 años. Excepto en una ocasión. La última vez que Carlos Altamirano se dejó ver fue el 21 de abril de 2016, cuando murió Patricio Aylwin. Ese día, y a ese mismo hombre, quien fuera su eterno opositor, con 93, erguido y estoico, le hizo guardia de honor al expresidente.

La vida social del exsecretario general del PS no es tan solitaria. Cada 15 días, Carlos Altamirano -que recuerda números y reuniones gracias a una pizarra verde que está en su casa, al lado del teléfono, del control remoto, dos lápices y una foto con su familia- tiene una cita ineludible.

Jorge Arrate es considerado por todos como su mejor amigo. La última vez que estuvieron juntos fue en los primeros días de agosto, antes de que Arrate partiera a Nueva York.

-Carlos, a sus 95, opina cada vez menos que antes. Está más maduro, más cauteloso. Pero siempre sigue atento a lo que está pasando -dice Arrate.

Juan Gabriel Valdés opina parecido:

-Habla muy poco, aunque pregunta por personas. Dice: “¿Qué hay de Nacho Walker?”, entonces uno le cuenta en lo que está Ignacio Walker, que es su sobrino, porque está casado con Cecilia Echenique. También pregunta mucho por José Miguel Insulza, por Lucho Maira. Carlos pregunta por personas y qué dicen de política, más que hablar él de la política misma. Pero tiene una memoria increíble.

A pesar de eso, Carlos Altamirano no tiene intención alguna de escribir sus memorias. No le interesa, dice su hijo Juan Carlos. A pesar de que está lleno de historias y anécdotas, de que incluso tiene cuadernos llenos de apuntes, al exdirigente no le interesa publicar nada.

O al menos eso dice.

-¿Le gustaría hacer algo antes de morirse, algo que no haya hecho?

-No, no lo he pensado.

-¿Le gustaría que lo enterraran acá, en su patio?

-Me da igual donde me entierren. Ya no me importa dónde me van a enterrar. Es lo único que sé.


Foto: Patricio Fuentes Y.

La procesión va por dentro

-Ya no estoy ni ahí.

-¿Cuándo le dejó de importar lo que dicen de usted?

-Ya no me importó. Ya me toca irme al cementerio.

-Se ve bien a los 95.

-Sí, pero la procesión va por dentro.

Toda su familia y amigos concuerdan que la pena más grande de Carlos Altamirano es la muerte de Paulina Viollier, su segunda mujer. La fundadora de Elle y luego de Vog, sus dos icónicas boutiques, su mujer por más de 40 años, la misma que lo acompañó al exilio en la República Federal Alemana y con quien vivió los años dorados de Altamirano en París. Esa Paulina, la que desde 1972 era legalmente su mujer, sufrió un infarto por aneurisma en enero de 2010. Y murió.

Mientras sobrevivía con el corazón destrozado, Carlos Altamirano trataba de mantenerse firme. Y aunque nunca ha tenido problemas en llevarlo, pasó bastante tiempo sin que el exsecretario general del PS usara su bastón. Quería demostrar que estaba en pie.

-Yo he visto llorar al tata una vez. Estaba con una amiga hablando de Paulina y le vi caer una lágrima. Fue súper chocante, porque nunca lo había visto llorar. Verlo llorar fue como “es humano”. Lo de Paulina, hasta el día de hoy, lo emociona harto -dice Micaela, su nieta.

En cambio, si uno le pregunta por una fecha que parecería obvia, por el 11 de septiembre, la respuesta siempre será escueta: “Sí, me dio mucha tristeza”. Y nada más.

Y aunque la sombra del Golpe de Estado le pesa, a Altamirano le pesa más el cuerpo.

Es sabido que el exsecretario general del PS fue campeón sudamericano de salto alto. Ese físico que lo hizo merecedor de medallas es el que le ha permitido tener buena salud a sus 95 años. Ha sido un caminante impenitente. Y las caminatas para el exjerarca de la UP son sinónimo de memorias pasadas que hoy puede recordar, pero no repetir. Como los kilómetros y kilómetros que recorría día a día junto a su amigo Jorge Arrate en Berlín. O las tardes caminando por los bosques alemanes.

Hasta incluso el año antepasado, Altamirano era capaz de hacer largas caminatas. La casa de su hijo Juan Carlos, cerca de Futrono, fue su último refugio lejos de Santiago. A media hora en lancha del pueblo, se refugiaba junto a su hijo y sus nietos. Por las tardes subía un camino de tierra, roca y mucha maleza. Iba con su bastón, a su ritmo, pero lo hacía.

Hoy, a la entrada de su casa en Lo Cañas, hay una especie de cántaro metálico en el que descansan ocho bastones. Algunos son completamente de madera; otros tienen mangos de colores. Hay unos que incluso parecen más una rama recién sacada de un árbol que un bastón.

A los 95 años, el exsecretario general del PS demora más en pararse, más en equilibrarse. A Altamirano las ganas no le faltan. Pero ni uno ni todos sus bastones pueden revertir las limitaciones del cuerpo.


Foto: Patricio Fuentes Y.

“Vivir” esperando

Si alguien le pregunta a Carlos Altamirano cómo está, la respuesta, como todas sus respuestas, es corta, precisa y contundente:

-Aún vivo.

En abril pasado, Carlos Altamirano decidió aprovechar la energía que le queda. La razón era importante: su nieta Micaela, hija de Juan Carlos, recibía su título de Licenciada en Ciencias Jurídicas.

El evento era en la Universidad Adolfo Ibáñez, a los pies de la Cordillera de los Andes. Era, básicamente, en el cerro, en la tarde. Pero Altamirano quería ir. Incluso le llevó un regalo a su nieta, una chaqueta que él mismo había comprado. Al día siguiente la llamó. “Espero que te haya gustado”, le dijo.

La vida de Carlos Altamirano, tal como cuenta Micaela, se divide en dos partes.

Antes y después del exilio.

-Esta segunda parte ha sido mucho más familiar. Para mí significó mucho que fuera, literalmente, hasta la punta del cerro para verme recibir mi diploma. Él ha estado en todos los momentos importantes míos y de mi hermano. No se ha perdido ninguno. Incluso, esas cosas tontas, como cuando pasé de octavo a primero medio -dice Micaela.

A pesar de todo, hay momentos de los 19 años de exilio que aún le duelen a Altamirano. Le duele, dice su hijo, no ser un papá más presente. Pero le duele aún más tener a su familia desparramada en el mundo: una de sus hijas vive en México y la otra en Inglaterra. Hablan por Skype. Las consecuencias del exilio, para él, aún están presentes.

Y se reflejan en un hecho simple: la típica foto familiar, de Altamirano con todos sus hijos, sus nietos y bisnietos, no existe.

-Mi abuelo es nostálgico. Está hablando de un amigo, y pregunta: “¿Qué es de él?”, y le tenemos que responder que se murió. Todos sus amigos están muertos -explica su nieto Sebastián.

Los muertos. Ese es el tema de conversación del exsecretario general del PS cuando se junta con su primo de 94 años, Héctor Orrego.

-Somos una especie de cementerio viviente y recorremos las tumbas de nuestros amigos en la mente -dice Orrego.

Ese lugar, aunque sea imaginario, es lo único que Carlos Altamirano recorre hoy, además de su parcela de media hectárea en Lo Cañas.

Adora su jardín. Adora su casa. Y por eso, a pesar de la oposición de toda su familia, sigue viviendo allí, acompañado solo de Rosita, quien lo cuida hace años. Altamirano no se va a separar de los recuerdos que le dejó Paulina.

Pero el jardín ya no es lo que era.

-La muerte al menos garantiza algo: no hay más sufrimientos de ninguna especie -explica el primo de Altamirano.

Cuando Paulina vivía, hasta 2010, los árboles a esta fecha estaban en flor. Entre ella y él podaban y cortaban ramitas. Él era joven y vigoroso. Ella aún estaba con vida.

Hoy, incluso el mismo Altamirano ve cómo el jardín ha cambiado. El pasto ya no crece como antes, hay arbustos secos y flores marchitas. Es la decadencia y la soledad.

Altamirano pasea por su jardín y con su bastón apunta a un árbol muerto.

-Vino un ventarrón con nieve y no resistió más -dice, con una mueca en la cara.

-¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

-No, yo preferiría que no me recordaran.

-¿Por qué?

Carlos Altamirano, el último de la UP en volver a Chile, el último que queda en pie, 45 años después, resopla y contesta en seco:

-Porque no quiero que me recuerden. Quiero que me dejen tranquilo no más.

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