La evolución de las familias "smart" en Chile

casa 003

Ilustración: Alfredo Cáceres

Estos diez años vieron la consolidación de los smartphones y servicios como WhatsApp, los que llegaron para cruzar las relaciones de padres, hijos y abuelos en un Chile con mayor conectividad, chats familiares e internet móvil. ¿Cómo nos cambió esta década "smart"?




El 29 de junio de 2007, Apple lanzó al mercado el iPhone, un dispositivo con una varios detalles revolucionarios para esos años: hasta ocho horas de uso continuo, seis si se navegaba en Internet y -lo más destacado- una pantalla de 3,5 pulgadas que funcionaba con sólo tocarla con los dedos. Dos años después, en mayo de 2009, apareció WhatsApp y poco más de 12 meses después Facebook –que hasta hoy sigue siendo la red social más popular- superaba por primera vez los 500 millones de usuarios. En octubre de ese mismo año se fundaba la plataforma favorita de los aficionados a la fotografía: Instagram.

Todos esos cambios hicieron que la nueva década que partió en 2010, y que por estos días está a punto de despedirse, se viera marcada por dispositivos y servicios multifuncionales y casi omipresentes. De hecho, hoy se calcula que en el mundo hay 3,3 mil millones de usuarios de smartphones capaces de tareas tan distintas como ejecutar juegos o guiar el desplazamiento de un auto en una ciudad. En el caso de Chile, el Instituto Nacional de Estadísticas calcula que existen casi 28 millones de teléfonos móviles, una presencia que supera largamente el número de habitantes y se hace notar en las dinámicas de las familias chilenas: hoy los aparatos y servicios "smart" están modificando la vida diaria con grupos de chat que permiten coordinar fiestas de fin de año o cumpleaños, pedir viajes en Uber para ir a buscar a los hijos a una fiesta o realizar videollamadas desde y hacia cualquier parte del mundo.

Modesto Gayo, académico de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales, explica que estos procesos van de la mano con el creciente acceso a smartphones en el país. Por ejemplo, según el mismo INE en 2010 sólo había unos 19 millones de celulares en Chile. "Estas plataformas ayudan a que se hagan muchas tareas que siempre fueron individuales, como leer la prensa o un libro; comunicarse por teléfono, enviar mensajes o escribir lo que antes era un carta", dice Gayo.

Estos cambios, cuando se analizan desde la óptica de las relaciones familiares, muestran claroscuros. "Los smartphones han hecho lo fácil más fácil y lo difícil, más difícil", argumenta Daniel Halpern, académico de la Facultad de Comunicaciones de la UC y director de TrenDigital de esa misma universidad. Él dice que labores que en décadas anteriores eran sencillas -como coordinarse para un almuerzo, planificar la vestimenta según el clima del día o acordar el traslado de una persona- se han hecho más fáciles aún. "En cambio, lo difícil, como los problemas de comunicación, relacionamiento, apoyo y comprensión se han hecho más complejos porque son elementos que se facilitan cuando hay una conexión presencial y directa", cuenta el académico de la UC.

Halpern agrega que en esas zonas grises de las relaciones humanas los malos entendidos o los conflictos por los permisos a los hijos son difíciles de esclarecer a través de una comunicación por chat al no tener el contacto cara a cara. "Como el costo de estar constantemente comunicados es muy bajo, también es muy simple tener conflictos constantes. Entonces, se pierden los espacios para dirimir y terminar diferencias familiares. Hay muchos conflictos en WhatsApp que nunca terminan", dice el académico de la UC.

Esto se suma a otro proceso vinculado a la tecnología: la pérdida de atención en relación a nuestro entorno. Halpern explica que en décadas anteriores las familias compartían actividades o juegos que hoy han sido desplazadas por el uso de dispositivos que aíslan a cada uno en lo suyo: chatear, revisar redes sociales o ver videos. "El uso privado de la tecnología a través de dispositivos se come lo público. La realidad es que se llega a la casa a conectarse, a estar conmigo mismo o en mi mundo y no en el entorno colectivo", afirma el director de TrenDigital.

En un estudio hecho por Cadem en 2018, el 71% de los encuestados dijo que el uso de smartphones y dispositivos similares dañaba la relación con sus hijos. Además, un 15% de los entrevistados respondió que revisa el teléfono permanentemente cuando está con sus hijos durante su tiempo libre, y un 13%, que lo hace "muy o bastante" seguido en esas circunstancias. Un 61% admitió un uso del teléfono frente a los menores "algunas o pocas veces" y sólo el 11% dijo que nunca lo revisa frente a ellos. Pero esta relación también ha sido documentada en los otros miembros de la ecuación. En un trabajo de Pew Research hecho en Estados Unidos, más de la mitad de los jóvenes entre 13 y 17 años encuestados dijo que sus padres viven distraídos por el teléfono. Cuando les preguntaron a esos papás, los resultados no fueron muy distintos: un 65% reconoció estar preocupado por todo el tiempo que sus hijos están pegados a sus celulares.

"La tecnología te permite tener una mayor cantidad de tiempo, pero con menor calidad. Hoy hay más presencia física de los padres en las casas, pero me da la impresión de que la presencia emocional es más baja", dice Halpern. Para el académico de la UC el ejemplo más gráfico de este proceso es la madre que amamanta a su hijo mientras revisa su celular. "Esta disminución del vínculo no ocurre porque los padres de ahora sean más buenos o malos que los de antes, sino que se debe a que antes era más fácil porque no tenían tanta competencia como hoy en términos de atención", agrega.

Gayo apunta que, en ciertos escenarios, los dispositivos sí ayudan a la comunicación en los hogares al unir a los más jóvenes con los mayores, en un proceso donde se invierte la jerarquía familiar. "Hemos visto que los jóvenes les enseñan a los adultos mayores sobre tecnología. Ahí hay un lugar de encuentro. O sea, por un lado las tecnologías individualizan la vida de las personas y, por otro, generan confluencias que son interesantes y entregan el reconocimiento del rol de los jóvenes como maestros", cuenta el sociólogo.

Esa no es la única ventaja que él ve: dice que gracias a servicios como Facebook, WhatsApp o Skype se pueden acercar familiares que en otras circunstancias se mantendrían más alejados. "Han permitido fortalecer vínculos que se estaban debilitando, muchas veces entre personas de la misma edad: el abuelo puede hablar con su hermano que vive en Estados Unidos o el padre que conversa más seguido con el hijo que está estudiando afuera del país. Ahora con estas tecnologías todos vivimos cerca", explica.

De todas maneras, para Halpern el futuro no es tan complejo en la relación tecnología - familias. "Hay procesos de aprendizaje y la mayoría de estos cambios sociales son más bien pendulares. Hoy estamos casi en un extremo, pero no veo en el futuro familias más desconectadas de lo que ya están", concluye.

Comenta