Bob Dylan: el regreso de la gran bestia

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Aunque el mundo está en pausa, el cantautor más grande continúa su curso. A los 79 años publica un nuevo álbum, cuyos adelantos persisten en la memoria personal y colectiva, mientras piensa nada menos que en el fin de la raza humana.


De ser futbolista, Bob Dylan habría sido rey del amague. Desde joven posee una habilidad extraordinaria para deshacerse de las expectativas y salirse con la suya como el solista más relevante del siglo XX y contando, incluyendo el lujo de no ir a buscar el Nobel de Literatura en la ceremonia tradicional.

Si hubiera dependido de la opinión pública en los 60, debió encabezar cada marcha por los derechos civiles y en contra de la guerra de Vietnam hasta quedar sin voz rasgueando la guitarra. Aunque estuvo presente en momentos históricos como el acto en que Martin Luther King dijo “tengo un sueño” en 1963, fue vetado ese mismo año en el Show de Ed Sullivan por la sátira anticomunista Talkin’ John Birch paranoid blues, y sus primeros álbumes contienen temas inequívocamente políticos y reivindicativos en favor de los oprimidos, para Dylan la casilla cantante protesta se transformó en una camisa de fuerza, más aún cuando descubrió el encanto y glamour que irradiaban las bandas de la Invasión británica y se sumó a la fiesta aburrido de la militancia impuesta por artistas y prensa progresista. “La contracultura, fuera lo que fuese, ya me tenía harto”, se quejó en su autobiografía Crónicas Vol. 1 (2004). “Me ponía enfermo el modo en que subvertían mis letras y extrapolaban su significado a conflictos interesados, así como el hecho de que me hubieran proclamado el Gran Buda de la Revuelta, el Sumo Sacerdote de la Protesta, el Zar de la Disidencia”.

Se dejó crecer el pelo, sacó uno con Los Beatles, cogió una Fender, le gritaron traidor y siguió tocando con una mueca de ironía. “Nada de folkie o poeta, es la gran bestia del rock and roll”, proclamó Chuck Berry. “En la música, Frank Sinatra puso la voz, Elvis Presley puso el cuerpo, Bob Dylan puso el cerebro”, sintetizó Bruce Springsteen. “Nunca estuvo destinado a complacer”, observó Bill Clinton. El propio Bob, que el próximo viernes publica su trigésimo noveno álbum, Rough and rowdy ways, simplifica la concepción sobre sí mismo a los 79 años. “Soy un hombre de contradicciones, soy un hombre de muchos estados de ánimo”, canta en la autobiográfica “I Contain multitudes”.

El disco es el primero con canciones originales desde Tempest (2012). “Murder most foul”, la pieza de adelanto, estrenada el 27 de marzo, se extiende por 16 minutos y 56 segundos. Traducida como “El asesinato más repugnante”, aborda uno de los mayores traumas y misterios en la historia de Estados Unidos, como es el asesinato del Presidente John Kennedy, en un relato salpicado de referencias y personajes de la cultura pop del siglo XX. “Sinceramente, señorita Scarlett, me importa un bledo”, dice una línea, citando a Clark Gable en Lo que el viento se llevó (1939), en una crónica vertiginosa donde hay espacio para los festivales de Woodstock y Altamont, discos como Tommy, de The Who; el viejo éxito de The Everly Brothers “Wake up little Susie”, estrellas negras como Etta James y Johnny Lee Hooker y miembros de Eagles, entre decenas de citas y figuras en torno a la muerte de JFK y su cabeza estallando cuadro a cuadro como un loop en la película de ocho milímetros de Abraham Zapruder.

Se suma así al espíritu profundamente arqueológico que ha tenido la música de Bob Dylan en este siglo, que a su vez se conecta con los inicios de su trayectoria cuando buscaba inspiración, entre otras vetas, en el calvario de la Gran Depresión para la clase trabajadora. En Together through life (2009), por ejemplo, escarbó en la antesala del rock & roll. Tempest, la canción que dio título al disco de 2012, también tenía metraje propio de una suite: 14 minutos para relatar la tragedia del Titanic con algunas licencias, donde la historia real se mezclaba con la cinta de James Cameron, mientras el resto de la obra circulaba por paisajes musicales del periodo de entreguerras en los años 30. Shadows in the night (2015) fue un homenaje extraordinario a Frank Sinatra, uno de sus ídolos, mientras Fallen angels (2016) tributó a compositores neoyorquinos legendarios de los tiempos de las big bands.

Un mundo obsoleto

Bob Dylan sabe que su figura trasciende en el tiempo, pero a la vez duda respecto de su propia época y cómo persistirá en el futuro. Escribe estas crónicas universales ligeramente musicalizadas que abarcan un siglo donde su voz cascada es el vértice absoluto.

“Nuestro mundo ya está obsoleto”, declaró esta semana en una entrevista a The New York Times, asumiendo que el ejercicio de la memoria es propio de su generación. “Tenemos una tendencia a vivir en el pasado, pero solo somos nosotros. Los jóvenes no tienen esa tendencia. No tienen pasado, así que todo lo que saben es lo que ven y oyen, y creerán cualquier cosa”.

En la misma nota contó del dolor que le provocó el asesinato de George Floyd en Minneapolis, “torturado hasta la muerte de esa manera”. El tiempo traza círculos y enlaces. Fue en el bohemio barrio de Dinkytown de aquella ciudad donde a fines de los años 50 Bob Dylan se introdujo en el beatnik y un ambiente politizado que definió parte de su carácter. Ya instalado en Nueva York a comienzos de 1962 compone The Death of Emmett Till (1962), considerada como su primera canción de protesta, sobre la brutal muerte de un chico negro de 14 años en Mississippi, linchado en un granero y cuyo rostro desfigurado por los golpes fue portada en toda la nación en 1955.

“¿Piensas en la mortalidad a menudo?”, le preguntan en el New York Times y Dylan dice que más allá de sí mismo piensa en la muerte de nuestra especie, “el largo y extraño viaje del mono desnudo”. En abril de 2009, entrevistado en el diario El Mundo de España, se definió como una persona “completamente” mística y cómodo en la soledad. “Creo que es la Tierra. Los ríos, las montañas, el vacío enorme. La Tierra me creó. Yo soy salvaje y solitario. Incluso cuando viajo por ciudades, me siento más en casa en los aparcamientos vacíos. Pero siento mucho amor hacia los seres humanos, un amor de verdad, un amor de justicia. Creo que tengo una naturaleza dual. Soy un tipo más aventurero y menos de relación estable”.

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