Por Constanza Moncada M.“En Magallanes se olvidó a Gabriela Mistral”: la desconocida vida de la Nobel en tierra austral
Una nueva edición del libro Gabriela Austral, de Dusan Martinovic, profundiza en los dos años de la poeta en Punta Arenas. Entre anarquistas, bibliotecas populares y el frío del hotel Polo Sur, el director del Museo Gabriela Mistral reconstruye el periodo en que la maestra gestó su primer libro, Desolación.

Recién egresado como profesor de historia, Dusan Martinovic llegó a hacer clases al Liceo de Niñas de Punta Arenas. De inmediato, lo asaltaron las preguntas sobre el paso de Gabriela Mistral por esos pasillos. Fotografías de la poeta colgaban en las paredes del liceo; no obstante, la información sobre su estadía de dos años en la zona estaba poco documentada.
Su investigación comenzó cerca del 2008, recopilando recortes de prensa y conversando con hijos de quienes fueron alumnas de la señorita Lucila Godoy. Así nació el libro Gabriela Austral. Su vida en la Patagonia chilena. Revisión histórica 1918-1920, que se publicó primero en 2013 por el Fondo Nacional del Desarrollo Regional de Magallanes y Antártica Chilena, pero con un tiraje reducido, ya agotado. Hoy, vía Ediciones Libros del Cardo, se lanza una nueva edición.
Con un lenguaje cercano, el título aborda cómo llega Mistral a Magallanes y por qué decide irse. Para Martinovic, “este es el primer exilio o salida del territorio” que vive la oriunda del Valle del Elqui.

En diálogo con Culto, el también director del Museo Gabriela Mistral de Vicuña profundiza cómo la quisquillosa poetisa arribó a las inhóspitas tierras del fin del mundo, a asumir por primera vez la dirección de un colegio a los 28 años.
“El nombre de Gabriela ya había empezado a dar vueltas en el Ministerio de Instrucción. Cuando estaba en los Andes, a su amiga Fidelia Valdés, que era la directora de ese colegio, le habían ofrecido un traslado a Temuco. Ella no quiere, pero dice que Gabriela podría perfectamente cumplir ese cargo. No la nombran”, relata el autor.
La figura de Mistral como profesora no era tan atractiva en la época. Recién en 1910 rindió exámenes de competencia en la Escuela Normal de Santiago, para validar sus conocimientos y obtener su título de maestra. Sin embargo, su cercanía con Pedro Aguirre Cerda, quien ejercía como líder de la cartera, le daba puntos a su favor.
“No hay que complicarse en decir que Gabriela pide el cargo y Aguirre Cerda lo entrega. Es una profesora un poco de segundo orden, que toma uno de los liceos fiscales con ciertas características: el peor colegio de Chile. Así que también se va con este desafío. Es un cargo que no va a ser miel sobre hojuelas”, detalla.

Para dimensionar la importancia del nombramiento, Martinovic indica que en esos años habían 44 liceos fiscales, y que sus directores eran nombrados por el Presidente de la República.
Tras diez días de navegación, la profesora llegó a bordo del vapor Chiloé con la misión de reformar el liceo. Llega a un Punta Arenas con un alto porcentaje de extranjeros y una economía deprimida por la reciente instauración del canal de Panamá, que destronó a Magallanes como puerto obligado entre el Atlántico y el Pacífico.
Hasta hace poco, se desconocía la residencia de la poeta esos años. Un corte de pelo cambió el paradigma. “Estaba en una peluquería en Magallanes, que se llama El Dandy, donde atendía un caballero octogenario. Iba poca gente y un día me pasó su tarjeta para que lo recomiende a amistades. Veo la tarjeta y le pregunto si es familiar de Leonarda Cowell. Afirma, y lo primero que me dice, es que ella fue alumna de Gabriela Mistral y que siempre la acompañaba a su casa”, recuerda Martinovic.
Así se descubrió que su cobijo del frío fue una habitación del segundo piso del hotel Polo Sur que, gracias al hallazgo, hoy posee una placa que señala quién fue su huésped más ilustre.

Gabriela Mistral desarrolló su trabajo en el liceo sin contratiempos. Contaba con el respeto de los docentes, era querida por sus alumnas y trabajaba codo a codo con la oligarquía del sector y la Iglesia. Aumentó exponencialmente las matrículas y fundó la primera Biblioteca Popular gracias a donaciones de la ciudadanía, espacio que lleva el nombre de la Nobel.
Su labor trascendió los límites del liceo. “Hay registros de que era una constante visitadora de la cárcel y tenía actividades con el mundo obrero también, como con la Federación Obrera de Magallanes”, indica Martinovic. De hecho, según consigna el título, dio resguardo en el liceo al anarquista Simón Radowitzky, cuando huía de la cárcel de Ushuaia, según los registros de Laura Rodig, artista y compañera de viaje de Mistral.
Su caridad también le pasó la cuenta. En el libro se expone una anécdota que también quedó registrada en las cartas de Rodig. Para Navidad, invitó a algunos niños pobres del sector a su residencia, a quienes les tenía preparados regalos y comida. Pero la invitación se extendió por toda Punta Arenas y llegaron decenas de niños con sus padres a la espera de presentes. En ese instante, como caído del cielo, un hombre se bajó de un auto y comenzó a lanzar dinero, alejando a la muchedumbre de la poeta.

Magallanes, cuna de Desolación
El primer poemario de Gabriela Mistral, Desolación, es una obra magallánica, postula Dusan Martinovic. “Tiene la tranquilidad espiritual y económica que le permite recopilar lo que ha escrito en los últimos 15 años, más la creación que realiza en Magallanes, que es muy importante”.
Su avidez creativa la llevó a crear la revista Mireya, un espacio cultural único con base en Punta Arenas que publicó a literatos de todo el mundo, como Alfonsina Storni, Amado Nervo, Rubén Darío, Tagore y los dibujos de Rodig. Mistral como editora -primera y única vez que ejerce ese cargo-y su amigo Julio Munizaga como director, lanzaron seis ediciones de Mireya, que fueron un éxito en Chile y en Argentina.
“Desde Magallanes envió poemas a Nueva York, a Estados Unidos, que fueron publicados en diarios, pero aún no daba este salto que era necesario con la creación de un poemario”, explica Martinovic.

Cartas entre ella y Munizaga develan que ya desde ese periodo evaluaban la forma de publicar Desolación. “Munizaga dice, ya tengo las cotizaciones en ZigZag, en Nueva York, en Santiago...El libro se cuaja definitivamente allá en Magallanes, particularmente en la zona de Última Esperanza”, precisa el autor.
Finalmente, el primer libro de Mistral fue editado en Nueva York, Estados Unidos, en 1922, por iniciativa del Instituto de las Españas de la Universidad de Columbia.
El olvido de Magallanes
La señorita Lucila Godoy dejó el Liceo de Niñas de Punta Arenas por un procedimiento administrativo. Tras un incendio que afectó al establecimiento, la directora gastó para una remodelación recursos no bien rendidos, lo que le valieron su destitución. En ese escenario, Gabriela Mistral exigió a Pedro Aguirre Cerda, ahora parlamentario, que la ayudara en su reubicación. “Con otro tono, empieza a decir que si no se le entrega un cargo, se va a ir a Argentina, donde se le había ofrecido la dirección de la revista infantil Billiken. Ahí Pedro Aguirre Cerda hace las gestiones para que se le nombre en Temuco”, detalló Martinovic.
En el corazón de la Nobel quedó Magallanes, pero en Punta Arenas poco da cuenta de su contribución.
“No sé por qué motivo, en Magallanes se olvidó a Gabriela Mistral. No hay ninguna calle importante, colegio o jardín que lleve su nombre. Que un personaje como ella, que es la mujer más importante en la historia de nuestro país, pase tan desapercibida, me hizo apropiarme un poco de este asunto y llevar las banderas de Gabriela y empezar a decir vivió en esta casa, hizo clases en la Sociedad de Instrucción Popular, plantó los árboles de esta avenida”, critica el docente.

En sus pendientes está seguir la ruta que recorrió la escritora en su viaje a Última Esperanza, con el fin de que pueda establecerse un recorrido turístico especial con su nombre. Asimismo, ve con interés indagar las impresiones de Gabriela Mistral de la revuelta obrera del Frigorífico Bories en enero de 1919, que dejó obreros y policías fallecidos.
“En cartas hemos encontrado que llegó a la base de las Torres del Paine. Laura Rodig dice que la torre mayor debería llevar el nombre de Gabriela, que este lugar le fascinó”, expone.
El director del Museo Gabriela Mistral ve con ojos positivos las celebraciones del Nobel, que dieron “una imagen más fresca de ella, no la gris y enojada como la mamá de Chile que se nos vendió en los 80″. En 2025, registraron 15 mil visitantes, más que en años anteriores.
El rescate de Martinovic no solo sacude el polvo de los archivos regionales, sino que desmonta la imagen de la Mistral mayor y serie, para devolver a la mujer de carne y hueso que se forjó a sí misma entre el frío y el aislamiento del sur de Chile.
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