Educación

¿Chile necesita nuevas carreras universitarias?

La transformación del mercado laboral, marcada por la automatización y la digitalización, está empujando a las instituciones a rediseñar sus modelos formativos, integrando habilidades transversales y respondiendo a trayectorias cada vez menos lineales.

¿Chile necesita nuevas carreras universitarias?

Para muchos, tener un título sigue siendo la puerta de entrada al mercado laboral, y no ejercer en lo que se estudió aún se interpreta como un fracaso, dando origen a la figura de los “cesantes ilustrados”. Sin embargo, esa forma lineal de proyectar la vida profesional comienza a perder fuerza. Lo que emerge es una transformación en la manera de formar: perfiles que combinan habilidades técnicas, capacidades cognitivas y adaptación constante a entornos cambiantes.

El cambio no es menor. De acuerdo con el World Economic Forum, una parte significativa de las habilidades que hoy se consideran clave en el mercado laboral cambiará en los próximos años, impulsada por la automatización, la inteligencia artificial y la transformación digital de los empleos. Habilidades asociadas a tareas rutinarias —tanto manuales como cognitivas— y a la ejecución de procesos estructurados comienzan a perder relevancia, mientras que otras, como el pensamiento analítico, la resolución de problemas complejos y el aprendizaje activo, pasan a ocupar un lugar central.

Necesita Chile nuevas carreras universitarias

En Chile, esta transformación se cruza con un sistema de educación superior en expansión y diversificación. La matrícula de pregrado supera los 1,3 millones de estudiantes y, en paralelo, las modalidades a distancia han crecido con fuerza: entre 2021 y 2025, la educación online aumentó más de un 132%, sumando cerca de 54 mil nuevos estudiantes. Este crecimiento refleja una transformación en el perfil de quienes estudian, con trayectorias menos lineales y una mayor necesidad de compatibilizar formación, trabajo y vida personal.

Rediseñar la formación, no multiplicar las carreras

Frente a estos cambios, la discusión ya no se limita a qué habilidades desarrollar, sino a cómo se organiza la formación para integrarlas. En este contexto, surge una pregunta clave: ¿se necesitan nuevas carreras o una transformación de las existentes?

Desde la Universidad de Concepción, la respuesta es clara. “La creación de una carrera nueva no es la solución, pues estas habilidades son transversales a las distintas profesiones”, plantea su vicerrectora, Paulina Rincón.

Rincón explica que estas capacidades —como el pensamiento crítico, el trabajo interdisciplinario o el uso de tecnologías emergentes— no se abordan como contenidos aislados, sino como competencias que atraviesan las distintas carreras. Esto implica incorporarlas de manera progresiva en los planes de estudio, a través de asignaturas y actividades formativas que permitan su desarrollo en contextos diversos.

En esa línea, organismos como la OCDE han advertido que los países enfrentan un desafío adicional: no solo formar a los nuevos profesionales, sino también reconvertir a quienes ya están en el mercado laboral. En el caso chileno, la brecha de habilidades entre generaciones —particularmente entre adultos jóvenes y mayores— es una de las más altas entre los países miembros, lo que refuerza la necesidad de sistemas de aprendizaje a lo largo de la vida.

No se trata de crear nuevas ofertas, sino de actualizar los modelos educativos, integrando estas habilidades en la formación existente y adaptándolas a los cambios del entorno. Se trata de un giro desde estructuras rígidas hacia esquemas más flexibles, donde las fronteras entre disciplinas se vuelven cada vez más permeables.

Saber pensar

La diferencia ya no está solo en lo que se sabe, sino en cómo se piensa. “Las rutinas —físicas y cognitivas— pueden automatizarse cada vez más ampliamente”, señala el académico y director del Doctorado en Educación Superior de la Universidad Diego Portales, José Joaquín Brunner, lo que está desplazando el valor hacia capacidades como la creatividad, el pensamiento crítico y la interpretación de fenómenos complejos. Lo relevante ya no es acumular conocimientos, el desafío está en formar profesionales capaces de adaptarse, cuestionar y generar nuevas soluciones en entornos cambiantes.

José Joaquín Brunner. MARIO TELLEZ

Este cambio no solo redefine qué habilidades son relevantes, sino también cómo se enseñan. Para Brunner, la adaptabilidad no es un atributo abstracto, sino una capacidad que se desarrolla al enfrentar a los estudiantes a situaciones nuevas, problemas abiertos y contextos que exigen respuestas creativas. Así, la formación deja de centrarse en la transmisión de contenidos y se orienta cada vez más a la resolución de desafíos y el trabajo interdisciplinario.

A la vez, este tipo de capacidades no se adquiere en una etapa acotada de la vida. “Estos aprendizajes deben desarrollarse a lo largo de toda la vida”, plantea, en un contexto donde las trayectorias laborales son cada vez menos lineales y requieren procesos continuos de actualización y reconversión.

La formación técnica frente a la inteligencia artificial

Ese cambio comienza a expresarse con fuerza en las áreas más técnicas, donde el avance de la inteligencia artificial está redefiniendo no solo las herramientas, sino también el tipo de profesionales que se forman. En la Universidad Técnica Federico Santa María, el foco se ha desplazado en esa dirección. “Más que formar habilidades que ‘compitan’ con la inteligencia artificial, estamos formando capacidades que le dan sentido, dirección y responsabilidad al uso de estas tecnologías”, plantea su rector, Juan Yuz.

Yuz sostiene que la formación hoy se organiza en torno a tres dimensiones clave. Por un lado, el desarrollo del pensamiento crítico y el juicio ético, en contextos donde las tecnologías pueden entregar respuestas, pero no hacerse cargo de sus implicancias. Por otro, la capacidad de enfrentar problemas abiertos, donde no existen soluciones únicas ni escenarios completamente definidos. Y, finalmente, la integración de conocimientos desde una mirada sistémica, que permita conectar disciplinas y proyectar soluciones frente a desafíos complejos y cambiantes.

Juan Yuz.

Esto implica preparar a los estudiantes para tomar decisiones en contextos inciertos y evaluar las implicancias de las soluciones que se diseñan en escenarios donde no hay respuestas únicas ni soluciones predeterminadas.

En ese marco, el desafío para la educación superior no es expandir indefinidamente la oferta de carreras, sino asegurar que todos los egresados —independiente de su área— cuenten con capacidades que les permitan adaptarse, aprender continuamente y enfrentar contextos complejos.

Y es que, en última instancia, lo que está en juego va más allá de la empleabilidad. Como advierte Brunner, este cambio “implica no solo enseñar nuevas habilidades, sino también desarrollar disposiciones socioemocionales, la imaginación y el carácter”. Se trata, en sus palabras, de los desafíos más profundos de la formación humana en el siglo XXI.

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