Clásico Universitario del ’62: la historia del partido con más público en la historia del fútbol chileno

Universidad de Chile y la Católica se enfrentaron tres veces en ese título del '62, en uno de esos se registró la asistencia más grande de la historia.

El 29 de diciembre del año del Mundial de Chile, Universidad de Chile venció 4-1 a la Católica con 85.268 espectadores en las graderías del Nacional. El encuentro que, hasta hoy, es el que más gente llevó en la bitácora nacional y que genera un duro contraste con el duelo de este domingo, sin público en Rancagua, a causa de la pandemia. “El estadio estaba lleno. No cabía una aguja, incluso quedó gente afuera”, recuerda Sergio Navarro, uno de los protagonistas. El arquero de la U en ese entonces, Manuel Astorga, resume que “ese equipo del Ballet Azul tenía técnica y velocidad, marcaba la diferencia, por eso generaba tanta expectación”.


Eran otros tiempos. Cuando la televisión no tenía prisionero al fútbol y el deporte se vivía de una manera comunitaria, familiar. Sin rencillas no barras bravas. Así al menos lo recuerdan los protagonistas de esa era.

El 29 de diciembre de 1962 se registró la mayor asistencia histórica en un partido del fútbol chileno, con 85.268 registrados. En esa jornada, Universidad de Chile goleó 4-1 a la Católica y quedó más cerca de su tercera estrella

Un título que sólo se definiría con el mismo cuadro cruzado en un duelo en el que ganó 5-3. Un fuerte contraste con la jornada de este domingo en una nueva versión del partido, sin público en Rancagua.

“En esa época el Ballet Azul llevaba mucha gente a los estadios. Despertaba muchas simpatías, porque jugábamos muy bien. Y en ese sentido el Clásico Universitario estaba comenzando a ser profesional, porque antes se disputaba con estudiantes de las dos instituciones”, recuerda Sergio Navarro.

Dos tantos de Leonel Sánchez (12′ y 25′) y un doblete de Carlos Campos (32′ y ‘82) sellaron el triunfo de los azules. Eso, pese a que el jugador de la franja Washington Villarroel había puesto temprano en ventaja a su equipo.

Ese equipo tenía técnica y velocidad, marcaba la diferencia, por eso generaba tanta expectación. Esa noche ganamos por una diferencia importante, fuimos superiores”, rememora el meta azul de ese duelo, Manuel Astorga.

Y Navarro agrega que “para la U fue todo fue bueno en ese partido. Jugamos con mucha tranquilidad, porque demostrábamos que éramos superiores en ese momento. No significa sólo ganar el partido ante la UC, sino saber que podíamos lograr el campeonato. Éramos muy sólidos, tanto que goleamos al final”.

Una jornada en la que muchos, incluso, no pudieron ingresar al recinto de Ñuñoa, tal como lo repasa el mismo ex lateral izquierdo, quien explica que “el estadio estaba lleno. No cabía una aguja, incluso quedó gente afuera. El público se sentaba en los pasillos, porque ya no quedaban asientos. No hubo desórdenes, tampoco peleas. Cada uno defendía sus colores con risas, con alegría”.

Más que un clásico, una fiesta

Desde los inicios del profesionalismo en el fútbol chileno, el duelo entre las dos universidades más importantes del país generó una efervescencia que sólo el Superclásico pudo emular muchos años después.

“Era un espectáculo digno de verse. Había algunas representaciones antes de los partidos, la Copucha creo que las llamaban. Era muy entretenido, se echaban tallas unos a otros, era muy especial. La gente iba con los niños chicos. Muchas familias llevaban cosas para comer, termos con café, comida para compartir. Daba gusto ver el clásico”, dice el capitán de Chile el Mundial del ‘62.

Una semblanza que coincide con las palabras de Astorga, quien así lo describe. “Era una fiesta del fútbol y de la familia. Mucha gente no iba normalmente al estadio, pero el Clásico Universitario era otra cosa, generaba mucha expectación. Había jefes de barras y competencias entre las hinchadas, espectáculos antes de los partidos. Jugábamos sin pensar en malograr a los rivales”.

Y es, precisamente, era el espíritu del Clásico Universitario. Más que un partido de fútbol era una fiesta familiar, donde no existe la rivalidad que pesa hoy en día en el balompié moderno.

“En ese tiempo se tomaba el clásico universitario como algo netamente deportivo. No había peleas, ni puñetes. Si las bromas eran buenas, todos se reían y nadie se enojaba”, dice Navarro.

Y su compañero de equipo en ese entonces refuerza las palabras del capitán de la Roja mundialista, ya que “era muy distinto, ahora en un clásico los jugadores van dispuestos a pelear, por lo mismo no va gente a los estadios. Antes éramos todos amigos, con los católicos, con los colocolinos… Hoy se odian a muerte, se mandan recados por la prensa antes de los partidos. Eso antes no existía”.

Semi profesionales

Es cierto que el fútbol de esos tiempos tenía esa faceta romántica, netamente deportiva, ese amateurismo que hacía defender más los colores que el agravio al rival. Sin embargo, también encerraba una dura realidad para los protagonistas, lejos del poder económico que tiene hoy en día.

“Éramos semi profesionales, a los clubes nos unía un contrato profesional, pero era más bien simbólico. Ganábamos para vivir solamente, ni siquiera nos alcanza para ahorrar”, recuerda Astorga.

A su vez, recuerda que sólo con la creación del Sindicato de Futbolistas Profesionales se pudo equilibrar un poco la balanza para los jugadores de fútbol.

“En ese entonces éramos esclavos del fútbol, las autoridades de los clubes eran los que ganaban. Eso hasta que fundamos el Sindicato de Futbolistas Profesionales con Hugo Lepe, Mario Moreno, entre otros. Ahí hubo cierta libertad para negociar los contratos. Nunca llegamos a alcanzar los niveles que tienen los jugadores hoy en día. Si hubiéramos jugado ahora, seríamos millonarios. En ese tiempo, tenías que estudiar o trabajar para complementar tus ingresos”, recuerda el ex meta.

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