Por Christian GonzálezDel telegrama de Mussolini a las esposas de Cantona: las mejores anécdotas de los 1.000 partidos en los mundiales
El evento suele estar matizado por situaciones raras que ocurren dentro y fuera del campo de juego y que, en muchos casos, involucran a actores relevantes. El partido entre Paraguay y Turquía marca el hito: fue el milésimo.

El Mundial es el máximo evento del fútbol. En el deporte, en general, solo los Juegos Olímpicos le discuten en cuanto a trascendencia. Todos los demás se sitúan un par de escalones por debajo. Cada una de las circunstancias que ocurren en la cancha tienen el potencial de transformarse en un acontecimiento ampliamente comentado. En algunos casos, en leyenda. En otros, en anécdota.
El partido entre Paraguay y Turquía, por ejemplo, pasó a la historia por una circunstancia bastante particular: fue el milésimo encuentro por un torneo de esta naturaleza.
Del telegrama de Mussolini a las esposas de Cantona: las mejores anécdotas de los mundiales
Realizar un anecdotario en un marco tan extenso es un ejercicio tan aleatorio como riesgoso: indefectiblemente, alguna situación que otro considere digna de incluir quedará fuera. De hecho, la definición es tan amplia que la categoría podría abarcar alguna incidencia que, para otros, merezca otro reconocimiento: el de histórica.
Vencer o morir
Ese tenue límite puede, perfectamente, aplicarse a la comunicación entre el dictador italiano Benito Mussolini y el capitán italiano Giuseppe Meazza, antes del Mundial que se disputó en el país de la bota en 1934. Mediante un telegrama, el gobernante transmitió un escueto, pero potente mensaje: “Vencer o morir”. Nunca estuvo tan claro si se trataba de un slogan o de una advertencia. De hecho, el combinado que dirigía Vittorio Pozzo sufrió especialmente en dos duelos: los cuartos de final ante España y la definición ante Checoslovaquia. Finalmente, la Azzurra se quedó con el título. Venció y nadie murió.
El partido que terminó antes
Cuatro años antes, en Uruguay, se había dado un situación tan particular como inimaginable en los tiempos actuales: el árbitro brasileño Almeida Rego señaló el final del partido entre Argentina y Francia, que ganaban los transandinos por la cuenta mínima, con seis minutos de antelación. Los hinchas argentinos, en otra situación que hoy resultaría inconcebible, saltaron al campo de juego a celebrar la victoria, mientras los jugadores galos reclamaban por el error. Al final, el juez rectificó y ordenó disputar el tiempo que había quedado pendiente. La evaluación del campo de juego corrió por cuenta de la policía montada. El marcador no cambió.
Una guerra de goles
En Suiza 1954 se registró el partido con más goles: 12. Fue en los cuartos de final entre los locales y Austria. El triunfo favoreció a los helvéticos por 7-5. El primer tiempo había finalizado 5-4. Es el partido con más goles en la historia de los mundiales. Esa cita fue, además, la que tuvo mejor promedio de gol por partido: 5,38.

“Pero tenemos a Pelé”
El Mundial de 1962 se jugó en Chile. La Roja, que dirigía Fernando Riera y que tenía a Leonel Sánchez como esperanza ofensiva (el símbolo azul terminó como uno de los goleadores del certamen), obtuvo el tercer puesto. Brasil logró el bicampeonato, después de haberse quedado con la copa en 1958, en Suecia, con la irrupción de Pelé. Precisamente, la magia de O Rei, quien se lesionó y no pudo brillar, servía, incluso, para disimular necesidades sociales. “No tenemos arroz, ni pan, pero tenemos a Pelé, Garrincha, Amarildo. Y tenemos la Copa. Es lo principal”, declaró el presidente Joao Goulart, en un cuestionable orden de prioridades. Nadie discutió la afirmación. Una más de los brasileños en ese Mundial: no cambiaron nada respecto del anterior. Tuvieron el mismo plantel, el mismo cuerpo técnico, viajaron en el mismo avión y hasta el mismo piloto.
La invasión de un jeque
Una imagen emblemática en este tipo de certámenes la protagonizó el jeque kuwaití Fahd Al-Ahmad Al-Sabah, quien presidía la federación de ese país y, además, era el hermano de la máxima autoridad del país. En España 82, Francia vencía por 4-1 al representativo del emirato. El juez soviético Miroslav Stupar había validado un gol de Alain Giresse, lo que a la autoridad no le pareció correcto. Para refutar el cobro, porque durante la jugada se había escuchado un pitazo, no se le ocurrió nada mejor que bajar al campo de juego y exigir la rectificación. Increíblemente, Stupar se la concedió. La FIFA suspendió al árbitro y aplicó una multa de US$ 20 mil a la federación kuwatí, una ganga para un país petrolero. Los jugadores asiáticos había pactado un premio de US$ 280 mil si vencían a los galos.
El Rolls-Royce de regalo
El emiratí Khalid Ismaïl puede decir con propiedad que un Mundial le cambió la vida: tuvo el honor de marcar el primer gol de su selección en una competencia global. Fue en Italia 90. Dio lo mismo que fuera el descuento en la estrepitosa caída por 5-1 ante Alemania Federal, que terminaría quedándose con el título. Como reconocimiento, recibió un Rolls-Royce de parte de las autoridades locales. A propósito, Roberto Baggio dijo que se conformaría con una bicicleta. La asociación de motociclismo respondió literalmente y se la regaló.
Cantona detenido
Cuatro años después, el siempre polémico Eric Cantona pasó por una situación desagradable. En Estados Unidos 94, al que asistió como comentarista televisivo, infringió la ubicación en la tribuna de prensa. Terminó esposado en la antesala de la semifinal entre Brasil y Suecia. El Scratch consiguió el tetracampeonato en ese certamen.
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