Las dudas del sistema político

Uno de los objetivos que muchos defendimos durante el proceso constituyente fue que los gobiernos pudiesen, efectivamente, gobernar. Y si bien la propuesta de sistema político tiene algunos pequeños avances en esa materia, la verdad es que siguen siendo insuficientes.




El sistema político de la propuesta constitucional no es radicalmente diferente al sistema actual. La sorna con que algunos hablan del presidencialismo atenuado con bicameralismo asimétrico revela más su desdén por entender las complejidades del diseño institucional, que una crítica honesta al sistema. Para ello, es importante comprender dónde están las principales diferencias y semejanzas con el sistema que nos gobierna, así como las dudas que plantea.

Uno de los debates fundamentales del constitucionalismo se refiere a la pregunta sobre si el rol de un texto constitucional es simplemente limitar al poder o si debe permitir que el Estado lo ejerza con mayor fuerza. Nicholas Barber critica al constitucionalismo negativo planteando que la simple limitación del poder evita que el Estado cumple su función: servir a la gente. La “carta de navegación”, como la llamaba el jurista argentino Carlos Nino, no puede ser simplemente una expresión de los miedos de una sociedad, sino que de sus planes y anhelos.

En ese sentido, una de las principales críticas al sistema político actual se refiere a algo que muchos plantean como ventaja: el bloqueo que tienen los gobiernos para llevar adelante sus programas. El diseño institucional chileno ha producido gobiernos de minoría en todas las elecciones desde 1990, salvo el segundo gobierno de Bachelet. Tal como planteaba Guzmán, los gobiernos tienen poca capacidad de hacer cambios relevantes, y cada vez que se ha logrado, ha requerido transacciones políticas que hoy nos parecen inaceptables.

Un sistema que inmoviliza la acción política está llamado a frustrar a la ciudadanía. Por ello, uno de los objetivos que muchos defendimos durante el proceso constituyente fue que los gobiernos pudiesen, efectivamente, gobernar. Y si bien la propuesta de sistema político tiene algunos pequeños avances en esa materia, la verdad es que siguen siendo insuficientes.

El sistema propuesto es un presidencialismo, pero atenuado con respecto al actual. O sea, el Ejecutivo tiene aún menos poder para llevar adelante sus propuestas (al contrario de lo que muchos plantean), pero sin mejorar significativamente las reglas de coordinación del Congreso. La asimetría entre las cámaras es, probablemente, lo único que ayuda a ese fin. Pero lo esencial que distingue al sistema actual, y que alienta las pasiones de quienes adscriben al constitucionalismo negativo, sigue en pie: se nos propone un sistema que mira al poder con desconfianza y que subestima la necesidad de construir legitimidad de los actores políticos.

¿Significa que esto debiese llamarnos a rechazar la eventual propuesta que salga de la Convención? Lo dudo. La discusión que hubo sobre el sistema político fue un avance en todo sentido. Se discutió el significado y funciones, la representación y su legitimidad. Además, queda abierta la puerta a una construcción más razonable del sistema electoral y a fortalecer los partidos políticos. Un avance pequeño, pero en la dirección correcta.

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