Maradona contra Diego: la intensa lucha que marcó las últimas horas del futbolista semidiós

Maradona, en un duelo de Gimnasia y Esgrima de La Plata (Foto: AFP)

Enclaustrado en una casona del barrio Tigre, en la que debía recuperarse de la operación para extraerle un hematoma subdural del cerebro, el astro argentino ansiaba resolver sus conflictos pendientes. Tenía el sueño de reunir a sus hijos y de reemplazar, en alguna medida, el vacío que le había dejado la partida de sus padres. Sin embargo, otra vez no logró dominar al personaje que lo rodeaba.




El 30 de octubre de 2020, Diego Maradona cumplía 60 años. Gimnasia y Esgrima, el club al que dirigía, enfrentaba a Patronato, pero es muy probable que ni el más fanático de los hinchas triperos estuviera tan pendiente del partido como de la efeméride que se estaba celebrando. A duras penas, el entrenador ingresó al campo de juego para recibir la ovación de los que lograron asistir al duelo, que marcaba la reanudación del fútbol argentino después de la cuarentena obligada por pandemia. Al que vitoreaban era a un remedo del superhéroe que había llevado a Argentina a tocar el cielo del balompié, en México 86. El futbolista que había sorteado a medio equipo de Inglaterra para marcar el mejor gol de la historia de los mundiales daba paso, ahora, a una imagen preocupante. Se desplazaba con dificultad, apoyado por su ayudante, Sebastián ‘Gallego’ Pérez y otro asistente más. A duras penas, llegaba al trono que el Lobo, como todos los clubes del fútbol argentino, le había dispuesto para recibirlo, a la altura del personaje del que se trataba y del que nunca pudo desprenderse. Del que, a la larga, lo terminó matando.

Dos días después estaba internado. Anémico, por haber abandonado el plan nutricional que le habían diseñado para recuperarlo, y descompensado por el alcohol y los fármacos que solía consumir y, muchas veces, mezclar, un poco con el afán de disminuir los dolores físicos que sufría y otro tanto con la finalidad de evadir los problemas que le seguían atormentando. Estaba profundamente triste. Ya no tenía a sus padres, sus principales soportes. Con ellos, una parte suya se fue antes de que el resto la acompañara.

Maradona ya no era él. Quizás como un acto reflejo, una reminiscencia de sus días más gloriosos, alzaba una de sus manos para agradecer la ovación que bajaba desde las gradas. Al aplauso incondicional de los más fanáticos, se sumaba, eso sí, la natural preocupación de los más escépticos. Diego no estaba bien. No caminaba bien, miraba perdidamente y poco se le entendía lo que hablaba. ¿Había reincidido en las drogas? ¿Había festejado su cumpleaños con anticipación? ¿El alcohol le estaba pasando la cuenta en una jornada en la que debía mostrarse lúcido?. Pudo haber un poco de todo. Lo concreto es que debía estar ahí. Todo el fútbol argentino lo esperaba. También tenía compromisos comerciales que cumplir. A pocos les importaba Diego. Lo que interesaba es que Maradona siguiera produciendo, a cualquier costo. Y lo que más produjo fue pena e inquietud.

El desenlace de la historia es conocido. El 25 de noviembre, producto de una insuficiencia cardiaca, el Diez dejó de existir. Su ausencia se llora hasta hoy. “Es una fecha especial. Recordamos todos a Diego como un grandísimo jugador, pero yo mucho más allá, porque lo conocí, lo frecuenté, llegué a conocer su manera de ser. Tal como sucedió, fue una tragedia para todo el mundo que ama el fútbol. Diego está en otro nivel dentro del fútbol. Para los que lo vimos jugar, era algo espectacular. A un año de desaparición, es un día en que lo recordaremos más, pero Diego será eterno. Todo lo que le amamos, nunca lo olvidaremos”, dice, a modo de ejemplo, el brasileño Ronaldo, en el marco de una conferencia de prensa previa a la final de la Copa Libertadores, entre Flamengo y Palmeiras.

Demonios y una reunión pendiente

Por momentos, el ex capitán de la selección argentina parecía lúcido. Al menos, cumplía con los parámetros para decir que lo estaba, Llegó a urdir un plan de fuga, que le propuso a su enfermera y que involucraba intercambiar su ropa para dejar el centro asistencial que, naturalmente, no habría podido concretarse, por toda la atención que le rodeaba. Y también llegó a confesar dos deseos que le quedaban por cumplir, en una vida en la que había tenido, literalmente, todo a la mano: el primero era el de desprenderse del personaje que rodeaba a Maradona y volver a la esencia ‘del Diego’, que lo acercaba más a sus humildes orígenes en Villa Fiorito, uno de los barrios más desposeídos de Buenos Aires. El segundo, era el de reunir a sus hijos, quienes mantenían una distante relación. En alguna medida, aspiraba a recuperar parte de la vida familiar que se le había ido con las muertes de sus padres, Diego y Dalma Salvadora Franco, la Tota. A los 60 años, ya le parecía un buen tiempo para dejar de lado al rockstar de tiempo completo que lo había acompañado casi por medio siglo y de acercarse más al tipo bonachón del que habla Ronaldo y al que pocos conocieron realmente.

Sin embargo, más allá de la declaración de intenciones, apartarse de su ‘otro yo’ no le iba a resultar fácil. En la misma clínica, tuvo episodios de rabia y desesperación. Se sintió solo, se comportaba con distancia y ponía problemas para recibir ayuda. En resumen, su peor versión seguía transformándose en el demonio que no le dejaba vivir. En principio, por ejemplo, no estaba dispuesto a internarse otra vez en una clínica para tratar sus nuevas adicciones y por esa razón se le terminó adaptando el mismo lugar en el que los vicios se seguían generando. Había declarado públicamente que la cocaína la había abandonado hace largo tiempo. “Que nadie se venga a poner la estrella de que sacó a Maradona de la droga. A mí me sacó Dalma”, decía, en alusión a su hija mayor. Sin embargo, los ‘sustitutos’ que había elegido para desconectarse del mundo eran igualmente peligrosos y le cobraron un alto precio.

La desolación llevó incluso a pensar en volver a llevarlo a Cuba, donde ya se había sometido a terapia anteriormente, pero con los excesos que no tardarían en conocerse y que hasta hoy lo envuelven en polémicas. Ese 24 de noviembre, cuando decidió irse a dormir y no volvió a despertar, se fue contrariado. Muy lejos de la felicidad que pretendía.

La foto de la esperanza

Ineludiblemente, el cuerpo le pasó la cuenta a Maradona. Días después del cumpleaños, su médico personal, Leopoldo Luque, hoy uno de los apuntados por la justicia argentina como uno de los eventuales responsables del homicidio con dolo eventual del astro, decidió operarlo para extraerle un hematoma subdural del cerebro. Ahí radicaría la explicación de los movimientos erráticos y de las balbuceantes palabras que pronunciaba y que poco se le entendían a la ex figura del balompié planetario. Esa sería parte de la solución para volver a verlo bien. O con relativa normalidad.

La clínica Olivos se transformó por varios días en el centro del mundo y en un sitio de peregrinación, tal como otros nosocomios que habían recibido al exfutbolista en percances anteriores. Cada tanto, llegaba el facultativo en su motocicleta y, rodeado de micrófonos, informaba de la evolución de su afamado paciente. Nunca, eso sí, dio luces de eventuales complicaciones, que condujeran a pensar que el trágico final podría estar cerca. Por el contrario, por esos días, el discurso estaba lleno de optimismo. El entorno de Maradona le informaba a El Deportivo de la satisfactoria evolución del Diez. Si había afán de tranquilizar o de ocultar la verdadera condición del exfutbolista, es algo que a estar alturas ya no se puede determinar, porque incluso es materia de la investigación que se sigue para esclarecer la muerte del exjugador. Lo concreto es que aunque sus cercanos se esforzaban por dar cuenta de lo contrario, Diego no estaba bien. O estaba cada vez peor.

Leopoldo Luque, el médico que intervino a Maradona, posa con el fallecido astro.
Leopoldo Luque, el médico que intervino a Maradona, posa con el fallecido astro.

Por esos días, Luque se mostraba junto a Maradona en una fotografía tomada en la clínica. El profesional, nuevamente, pretendía dar señales de normalidad. Al ex jugador del Napoli se le veía averiado, pero consciente. Incluso, con una ligera sonrisa, que daba cuenta de un buen estado de ánimo. Días más tarde, ya en la finca del barrio San Andrés en la que debía realizar su convalecencia, el astro grabó un video de saludo para su médico. Se le veía notoriamente decaído, aunque aún con ganas de lanzarle una broma a su tratante por el alcance de nombre con el centrodelantero que obtuvo la Copa del Mundo en Argentina 1978. “Luque, Lepoldo Jacinto Luque”, se le escucha decir, mientras come una papilla. El profesional, eso sí, también fue objeto de su ira. En varias ocasiones lo echó de la casa en la que Johnny, su sobrino; Maxi, el cuñado de Morla; y Monona, la cocinera, procuraban atenderlo, pero, sobre todo contenerlo.

Maradona no estaba bien. Nunca lo estuvo, por más que muchos se esforzaran por hacerlo creer. Diego, o ‘el Diego’, como le gustaba que le dijeran, se había ido hace más tiempo. Y nunca más volvió.

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