Columna de Ascanio Cavallo: La pesadilla circular



La caída de los dos proyectos de retiros previsionales en una misma noche del Congreso es la mejor noticia que ha tenido en el último tiempo el Banco Central. No ha sido, penosamente, un triunfo para el gobierno, que después de todo presentó uno de los proyectos, sino para los encargados de luchar contra la inflación. Hasta aquí, en el gobierno, la única que parece entender a cabalidad este problema es la vocera, Camila Vallejo. Fuera de Mario Marcel, por supuesto, a pesar de la rasmilladura que se llevó en el proceso: la ausencia de un respaldo inequívoco del Presidente.

El fenómeno inflacionario es mundial. Es un coletazo de los gigantescos desembolsos fiscales que hicieron los gobiernos para enfrentar la pandemia del Covid-19, con su pérdida de empleos, ruptura de las cadenas de abastecimiento y paralización productiva. A eso le ha agregado Putin su guerra de conquista sobre uno de los graneros del mundo. Y, en otras latitudes, la demanda popular por seguir recibiendo dinero extra, aunque la emergencia haya pasado en lo sustancial.

Esta semana, la editora de The Economist, Zanny Minton Beddoes, escribió que algunos bancos centrales, entusiasmados con cosas más glamorosas como “combatir el cambio climático o imaginar divisas digitales”, descuidaron su trabajo y están enfrentando severas dificultades. Entre ellos, nada menos que la Reserva Federal de Estados Unidos, que no cerró la puerta a tiempo y pondrá en problemas al gobierno de Biden. En Europa, algunos bienes de consumo están siendo racionados, mientras se llama a los bancos a cerrar sus ventanillas de crédito fácil.

En el hatajo de la demanda por más dinero extra está Chile; al Presidente le gritan “amarillo” por no auspiciar los retiros. Es un fenómeno extraordinario, inverosímil. Ciertos parlamentarios lograron que la gente liquidara progresivamente sus propios ahorros para combatir la crisis; el propósito más avieso era tocar de muerte al sistema financiero, pero el resultado paradójico es que los cotizantes los exigen ahora como prueba de que son de su propiedad, por temor a que los políticos se los quiten o que todo el sistema se derrumbe. Una iniciativa anticapitalista ha derivado en un agresivo reclamo capitalista.

La consecuencia es que el país no parece preparado para enfrentar un momento difícil. Luce más insolidario, más hostil, más dividido y rabioso, más intolerante y desconfiado, crispado.

El gobierno de Piñera no fue capaz de detener esa ola en su raíz y después, para tratar de hacerlo, agregó más gasto, el IFE y otros paquetes fiscales. El resultado neto es la inflación, con un grueso aporte local y un menor aporte internacional… que está, sin embargo, creciendo. No se puede decir que sin los revolcones de Piñera el país estaría enteramente libre de la infección, pero estaría un poco más sano. Y mantendría en la caja los recursos que se gastó. En ese proceso, Chile dejó de ser rico; ahora es un deudor. ¿Era inevitable hacer lo que hizo? Esa es otra discusión.

Las preguntas del momento son: ¿Se aproxima una recesión global? Es posible. ¿Y habrá recesión en Chile? Al día de hoy, bastante probable. La advertencia ya está aquí. La inflación anualizada se encarama a 9,4%, la más alta desde la crisis del 2008 y un punto más elevada que la de Estados Unidos. En alimentos y bebidas es todavía más seria: 13,1%.

En grueso, la inflación es el resultado de gastar más dinero que los bienes que están disponibles. Es una pesadilla circular: cuanto más suben los precios, menos vale el dinero; cuanto más dinero circula, más suben los precios. Las generaciones de chilenos de menos de 40 años no conocen esa experiencia, porque hace casi medio siglo que Chile la ha combatido exitosamente. Y se puede dar por segura una cosa: no querrán haberla conocido si es que la desgracia toca a la puerta.

El único remedio es gastar menos. Para eso, los bancos centrales suben las tasas de interés, de modo que el dinero cueste más caro y la gente se endeude menos. Pero en Chile, el falso “quinto retiro” de las AFP era para gastar más, el proyecto del gobierno permitía seguirse endeudando y ahora el clamor de algunos dirigentes del oficialismo es que el gobierno entregue más dinero vía bonos y paquetes fiscales o, lo que es más delirante, que introduzca formas de control de precios.

No está claro aún si el gobierno de Boric -descontado otra vez el ministro Marcel- tiene conciencia de la amenaza que se cierne sobre su cabeza. Algunos de sus altos funcionarios fueron frívolos con los retiros previsionales hasta hace sólo unos meses, cuando todo valía contra Piñera, y aún más frívolos respecto del papel y la autonomía del Banco Central. Resolver una crisis inflacionaria es más complicado que recortarlo todo o aumentarlo todo; las variantes son infinitas.

Pero para hacerse cargo se requiere un gobierno con densidad política, cosa que usualmente se logra después de unos dos meses de ejercicio en La Moneda. El problema de Boric es que su equipo la ha ido perdiendo en lugar de ganarla. Tiene un Ministerio del Interior semivacante, una Segpres con la credibilidad seriamente herida y un gabinete desincronizado, ministros que anotan autogoles cuando es evitable y que se inventan polémicas sólo por meterse en lo que no han entendido. No es deseable, en general, que un gabinete termine funcionando por descarte.

Como se muestra hasta hoy, el gobierno resulta demasiado delgado, demasiado liviano para enfrentar el paso por una borrasca

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