Columna de Diana Aurenque: 100 años de decadencia



Hace 100 años Oswald Spengler ya había publicado y revisado los dos volúmenes de su obra más importante “El ocaso de Occidente”. En dicho estudio, Spengler no solo intentó explicar la historia del desarrollo cultural bajo una metafísica propia, sino que intentó predecir su porvenir. En ese sentido, y contrario a visiones optimistas del siglo XIX, Spengler consideró que si bien las culturas tienen momentos de apogeo y prosperidad, a ellas necesariamente (o naturalmente), les sobreviene un período sombrío, un ocaso, en el sentido de una profunda decadencia cultural. Con ello, contradice la idea ingenua de que las sociedades progresan de forma continua a la par que avanza la historia humana.

Pero, además, cuestiona de raíz la posibilidad de que realmente haya una transmisión de conceptos y/o experiencias entre culturas distintas -para Spengler, las culturas tienen almas distintas (apolínea, fáustica, etc.) y por tanto, poseen cualidades intransmisibles. Se trata, pues, de culturas que no tienen formas de comunicarse, posibilidad de acceso entre unas a otras; en consecuencia, los conceptos políticos por ej. que aplican a una (Constitución, Parlamento, etc.) poco o nada significan en otras culturas. De ese esencialismo animista, por decirlo de algún modo, se comprende que Spengler defienda una visión antiliberal y antidemocrática; pues el cesarismo que acoge es justamente aquello que permitiría la expansión de Occidente -expansión que no es integradora, sino dominadora.

Más allá de compartir su esencialismo, resulta interesante volver al punto de partida de Spengler. Para el filósofo de la cultura, el ocaso ya estaba en su época; desde 1918. Hoy, sin embargo, pareciera ser que o bien se activa una nueva decadencia, o bien llevamos 100 años deambulando en ella. Una donde parece ser más difícil que nunca lograr que las distintas culturas -en sentido de colectividades o grupos políticos- dialoguen, concuerden. 100 años de decadencia en soledad. Y ni siquiera en “culturas” entrenadas para ello, grupos profesionalizados como lo constituye la clase política, demuestran tener esa “alma común” para que puedan progresar.

A mayor diversidad cultural, valórica o ideológica, menor cohesión política. Esa realidad nos lleva a una paradoja seria: ¿cómo mediar entre el valor de la diversidad y las complejidades políticas que de ella derivan? Porque hay complejidades.

Peter Sloterdijk, por ej. nos recuerda el mito de la caída de la torre de Babel relatada en el Génesis 11-1-9 y le otorga una lectura particular: se trataría de la versión política de la caída del Paraíso. Lo interesante del relato, según Sloterdijk, es constatar que con dicha caída -como castigo dado por Dios- se inicia la falta de consenso entre los seres humanos, la incomprensión entre ellos. Se da pie a la  “perversa pluralidad”. Antes de la caída de Babel los seres humanos habitábamos en un “paraíso de la unidad”, un “consensus”, donde reinaba “la coincidencia perfecta entre convicciones y tareas”.

A más de un mes del plebiscito seguimos sin acuerdos. Y por primera vez empiezo a notar que ese descuerdo no es solo falla de la clase política, ni de sus almas, ni de alguna decadencia de Occidente que data desde hace 100 años; es un viejo castigo destino.

Por Diana Aurenque, directora del Departamento de Filosofía Usach

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