Columna de Joaquín Trujillo: Dos suplantaciones de la justicia

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Por Joaquín Trujillo, investigador del Centro de Estudios Públicos

Así es, hay dos tipos de funas. El primero, el que chilenos designamos con esa palabra, es el de la funa vociferante que no cree que la justicia que tarde sea justa, que ahoga al denunciado bajo una marea de insultos y dicta sentencia sin apelación. El segundo es acaso uno peor. No hay gritos, solo susurros. Consiste en destruir la imagen de una persona sin que ella se entere. Ir construyendo, por así decirlo, una realidad paralela en torno al otro, de la que muchos participen, excepto él. Si el primer tipo, en toda su estridencia, al menos anuncia al condenado que le ha recaído un anatema, el segundo hace lo imposible para que la notificación nunca toque a su puerta. La idea es negarle hasta el beneficio del mal rato, de tal suerte que no pueda aclarar nada.

La cultura occidental, hoy tan vapuleada, cuenta entre los diseños que ha acumulado, un poder especial para la justicia, ese en que una serie de garantías le dicen al mundo: este gran poder, ante todo se toma un tiempo, porque es muy fácil toparte en la calle con tu peor enemigo y gritar que te ha robado para que otra justicia, la inmediata, transgreda por ti lo que eres incapaz por propia mano. Pero por sobre todo, la menospreciada justicia del hemisferio occidental, tras milenios de aprendizaje, ha concluido que es derecho del acusado conocer los cargos que se le imputan. La práctica regular de aquella pregunta tan humana: esto es lo que se dice contra ti, ¿qué puedes contestar en tu defensa? O mejor: ¿qué puede decir alguien cuya especialidad sea defender? No vaya a ser que no sepas ser tu abogado.

Con razón estamos horrorizados con las funas a grito limpio. ¿Nos escandalizan también las de susurro sucio? Estas últimas son una inveterada costumbre en Chile (mala costumbre). Decir que nada se dice a la cara es poco. De ahí que nos sorprendamos cuando tropezamos con alguien frontal, y que quizás nos anuncia un ángel terrible o simplemente una amistad genuina.

La literatura en lengua inglesa, muy sensible a estas cuestiones de la percepción, nos lo enrostra. El intrigante Yago, de Shakespeare, puede urdir su calumnia contra Desdémona, esa blasfemia que acarrea su femicidio, porque el celópata Otelo no logra procesar la habladuría en prueba, en aclaración.

Y es que eso que llamamos “la ilustración”, época gracias a la cual conseguimos el derecho a saber sobre nosotros mismos, en otros idiomas se llama “la aclaración”. La esfera pública es en buena medida la divulgación de todas las aclaraciones, sublimes y pedestres. Sin ella no existe. Ya que estamos reactualizando el software, aprovechemos de erradicarlas. Las de puñaladas en el corazón y las por la espalda. Que no ocurra que llegue el momento en que suframos en carne propia lo que son, o peor aún, ni nos enteremos. Chile está intoxicado de todo este material radioactivo, de vieja y nueva data. Pues el exhibicionismo ha aprendido demasiado del sigilo.

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