Columna de Nicolás Grau: Tenemos que hablar de desarrollo (una respuesta a Sebastián Edwards)



En una reciente columna, el destacado académico y economista de derecha Sebastián Edwards ha hecho un llamado a las y los economistas de izquierda a tener un debate profundo, respetuoso y basado en evidencia sobre la estrategia de desarrollo. Valoro el llamado y su tono: el momento así lo requiere.

En Chile y el mundo estamos viviendo un período de grandes cuestionamientos a las lógicas que han primado en la economía desde la década de los 80. No sólo por la crisis climática y del cuidado, la última exacerbada por la pandemia, sino también por la fallida promesa en que se basó la revolución neoliberal en el mundo. Luego de los 30 mejores años del capitalismo (1945-1975), se señaló que el mercado debía actuar con plena desregulación y libertad. Al hacerlo, afirmaban sus promotores, pagaríamos un costo en igualdad, pero aquello nos permitiría un mayor crecimiento. Lamentablemente, sólo se cumplió la mitad: los países se hicieron más desiguales, pero tuvieron menores tasas de crecimiento que en décadas anteriores.

Chile fue un caso atípico. Acá el neoliberalismo resultó y por un par de décadas fuimos un país desigual modelo. Luego de un desempeño muy mediocre de la economía durante la dictadura (al final de los 80 los salarios reales alcanzaron el nivel del comienzo de los 70), los economistas de la Concertación supieron sacar el mejor rendimiento posible al diseño de los Chicago Boys y, con algo de pragmatismo y políticas sociales focalizadas, lograron una década de alto crecimiento y reducción de pobreza.

Pero este éxito tuvo dos problemas. En primer lugar, fue un éxito parcial. No sólo porque fue a costa de una gran destrucción no sostenible de la naturaleza y la consecuente proliferación de conflictos socioambientales, sino porque además mantuvo inalterable un alto nivel de desigualdad de ingresos y de poder. Con datos del “World Inequality Database” (https://wid.world), el joven economista Cristóbal Otero graficó elocuentemente las consecuencias de este grado de desigualdad: si comparamos el PIB per cápita 2010 (ajustado por paridad de poder de compra) entre Chile y Uruguay, nosotros estamos mejor. Pero si hacemos la misma comparación sacando al 10% de mayores ingresos de ambos países, Uruguay tiene un ingreso mayor, diferencia que crece desde el 2005 (período de fortalecimiento de la negociación colectiva en Uruguay). Es decir, el mirar sólo el PIB per cápita -obviando la desigualdad- no permite ver que el grueso de la población vive mejor en Uruguay.

El segundo problema fue que este éxito parcial nos atontó y nos quitó la capacidad de repensarnos. Aun cuando el modelo se agotó hace un par de décadas (desde el 2000 que crecemos poco, la productividad está estancada y no hay mayor diversificación de exportaciones), fue necesario un estallido social para que se abriera el debate en serio respecto de una alternativa para nuestra estrategia de desarrollo.

De este modo, si el debate va a ser basado en datos, y no sólo en nuestras -también importantes- visiones políticas, el punto de partida debería ser que el modelo de los 80 se agotó. Así, más allá del juicio que tengamos de nuestra economía en los últimos 40 años (crítico en mi caso), deberíamos concordar en que no vamos a salir del letargo económico de los últimos 20 años siguiendo las mismas recetas.

Nuestra visión en la izquierda, en particular en el Frente Amplio, es optimista. Creemos que, a través de una profunda transición productiva hacia una economía verde, de mayor innovación y complejidad, es posible conciliar el cuidado del planeta con el bienestar material de la población. En esta agenda conviven políticas industriales con derechos sociales garantizados, un fuerte rol del Estado, como articulador e inversionista estratégico, con la acción indispensable de la empresa privada y las comunidades. Un sistema de impuestos de mayor recaudación y progresividad, con un mayor alcance de la negociación colectiva. Sabemos que la innovación y las mejoras de productividad requieren escala, pero también sabemos que la gran empresa es fuente de desigualdades de poder. Por eso es tan importante la propuesta de Gabriel Boric de codeterminación y paridad de género en los directorios de la gran empresa. Porque queremos que el dinamismo económico no socave la igualdad política.

Dicho así suena como una utopía, pero si algo aprendimos del siglo XX es que se pueden hacer grandes reducciones de la desigualdad de ingreso y de poder, al mismo tiempo que los países se desarrollan.

Tal como señala Sebastián Edwards, necesitamos conversar estos temas con la seriedad que merecen. Ojalá logremos acuerdos. Sin embargo, mi experiencia en debates programáticos con los economistas de derecha durante la campaña de 2017 fue poco estimulante (Edwards es una excepción). A riesgo de hacer una caricatura, pareciera ser que en la derecha las políticas prodesarrollo se reducen a prometer cada cuatro años que en Chile será posible crear una empresa en un día. Habiendo pasado casi dos gobiernos del sector, espero que hayan logrado avanzar en la materia. Así, tal como nos invita Sebastián, podremos tener un debate a la altura de las circunstancias.

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