La hojarasca



Por César Barros, economista

Ha habido mucha prensa, y muchísima copucha, por algunos errores de la ministra del Interior. Desde su frustrada visita en La Araucanía, el “Wallmapu” argentino (que cubre más del 50% de su territorio), y ahora último, el avión venezolano (extraño fantasma nocturno). No son errores simples, pero tampoco ponen en peligro al país, ni al gobierno; son como dijo Ricardo Lagos, “hojarasca”. Y solo serán recordados como anécdotas de un equipo de gobierno con poca experiencia.

La verdad es que preocuparse tanto de este gobierno no es lo más importante ahora. El Presidente Boric y su equipo se topan con los problemas permanentes del país. Y cualquier Presidente (JAK incluido) se habría encontrado con lo mismo: La Araucanía, los inmigrantes (¡oh, la zanja!), el crimen y la droga, la inflación, el quinto retiro y una burocracia, que hace que gobernar sea como remar en un lago de dulce de leche. O más bien dicho, de alquitrán.

Si lo logran (y que Dios los proteja) capaz que los reelijan. Si lo hacen mal, serán reemplazados. Son solo dos años de gestión y otros dos de elecciones. ¿Qué se puede hacer en solo dos años, con tanto problema? Pocazo. Así que partidarios y opositores ármense de paciencia, no es tan larga la espera.

Pero, otra cosa es la constituyente. Aquí no se ven los equivalentes criollos de Jefferson, Madison o Adams. Solo periodistas, algún historiador de fantasía, postgraduados imaginativos en teorías constitucionales y extremistas variopintos. Pero líderes, ninguno. Si lo siguen haciendo como van, se encaminan derechito al rechazo (Cadem dixit: y más vale creerle, parece). Si corrigen el rumbo (evento de baja probabilidad), capaz que se la aprueben, pero “nadando a lo perro” y ganando por cabeza, con lo cual nunca será “la casa de todos”, sino la del 51 o del 52%. Para qué decir si se rechaza, aunque sea por nariz. No hay plan B, y los constituyentes, que no pueden estar más empoderados porque no se puede más, jamás se han puesto en esa situación, ni de broma.

Y la pena es que, con tanto tiempo perdido y tanta plata gastada, los problemas del país al final no requerían un cambio constitucional. Las bajas pensiones, el pasaje del Metro, la pésima educación pública y el horror del Sename no necesitaban un cambio constitucional para ser corregidos. La vieja Constitución de Lagos era capaz de hacerlo perfectamente. Solo se necesitaba algo de sentido común, no poca plata (que además la había: y lo vinimos a descubrir después del IFE, y de “los mínimos comunes”) y una clase política sensata.

Pero la clase política nos encaminó a esta cueva de conejo, que sabemos dónde comenzó, pero ni idea adónde irá a terminar. Está claro que el “Multi” lo que sea no va a poner término a la violencia en La Araucanía; los derechos del reino animal “sintiente” no van a acabar con el rodeo (los invito a ir este fin de semana a Rancagua) y las deudas del CAE se van a terminar sin la nueva Constitución.

O sea, todo lo que nos llevó al 18- O no era un déficit constitucional: solo necesitaba sentido común (que parece que sigue sin existir), plata que había, y mucha paciencia, que siempre se va a necesitar.

Y si se llega a aprobar lo que se está ahora cocinando por la “zurda”, será como “el parto de los montes”: un engendro, que no arreglará nuestros males pasados, presentes ni futuros. Pero nos dejará décadas tratando de corregirlo.

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