Lo que Boric no se llevó



Por Carlos Meléndez, académico UDP y COES

El final de la tercera ola de Covid-19 y el retorno a la presencia en la educación y el trabajo, coincidieron con la toma de poder de una nueva coalición de izquierda, presidida por Gabriel Boric. Varios aspectos se ajustaron para afianzar el inicio de una etapa postestallido social. La llegada de un exdirigente estudiantil a La Moneda y la renovación de la élite gubernamental por sectores -en teoría- sintonizados con la demanda social movilizada, han generado confianza en un sector importante del país, aunque ya se constata una caída en su aprobación presidencial. Lamentablemente, la esperanza no ha logrado vencer a la violencia que se ha instalado en la vida urbana de la capital chilena.

Boric y compañía se llevaron la esperanza del estallido social a La Moneda, pero dejaron la violencia. No me refiero únicamente a los remanentes de vandalismo que disciplinadamente siguen destrozando Baquedano y alrededores los viernes, sino también a una concatenación de actos de violencia urbana; esto es: los asaltos y asedios (con mayor victimización en mujeres) en el Barrio Universitario, las amenazas en liceos públicos (como los de Quinta Normal), el aumento de la delincuencia y el comercio informal en el Centro de Santiago (gobernado, por cierto, por el Partido Comunista, integrante del oficialismo). Esta ola de agresividad en la convivencia cotidiana no solo goza de impunidad, sino que, además, se ampara en una sutil tolerancia por parte de quienes hasta hace muy poco legitimaron la rebeldía sin límites. Es así como se va instalando una subcultura que legitima la transgresión al justificarla por la crisis de representación. Esta desobediencia puede terminar desbordando, incluso, a quienes hoy tienen que resguardar el orden público.

De los nuevos inquilinos en el poder, por ahora, solo se nota indolencia. El uso y abuso de una simbología política romántico-vintage, empieza a dejar de funcionar para quienes sufren diariamente la versión violenta del “octubrismo”. ¿Qué puede pensar el arrendatario de un café en Lastarria del Presidente que pasea por librerías en Buenos Aires, mientras una turba destroza su negocio vociferando “gobierno amarillo”? ¿Qué reacción esperar de un vecino al que, mientras ve un nuevo letrero de “Se Arrienda” instalarse en otra ventana de su barrio, le llegan noticias del barbero argentino que atendió el acicalado capilar del joven Mandatario?

Un exvecino de Bellas Artes, como el Presidente, conoce a cabalidad cuántos negocios de emprendedores han cerrado en el centro de Santiago a consecuencia de un ecosistema agresivo para la reactivación económica. Su cercanía con el vecindario magnifica su indolencia, pues, muy posiblemente, muchos de los perjudicados saludaron su llegada al poder. Quizás son ellos mismos los primeros en desilusionarse. Ante necesidades perentorias como el costo de vida y la protección ante la inseguridad pública, el verso político resulta infame.

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