Intervenciones lumínicas en el espacio público: “El arte tiene la fuerza para reflexionar en torno a los debates sociales”

Andrea Gana (35) es artista visual y sonora, y junto a su hermano Octavio son los creadores de Delight Lab. Hace 11 años que realizan intervenciones lumínicas en el espacio público, con mensajes como Dignidad, Hambre, Humanidad o Zona de Sacrificio, que han quedado marcados en la memoria de muchos chilenos.




“Siendo niños tuvimos la suerte de crecer con una madre creativa que nos tenía a mí y mis dos hermanos muy estimulados. Nos llevaba a los museos y nos promovía hacer manualidades. Entré a estudiar Arte en la Universidad Católica y en esa época comencé a hacer mis primeras proyecciones. De alguna forma me gustaba salir de los espacios convencionales de clases para mostrar mis trabajos. En esa época, en 2008, no se trabajaba tanto con proyecciones. De hecho, no tuve referentes hasta que estudié estética y conocí artistas como Christof Wodiczko.

Lo que siempre me interesó fue transformar los espacios arquitectónicos en algo distinto, jugar con las formas y las apariciones, acercarme a lo fantasmagórico. Recuerdo que una de mis primeras proyecciones la hice en un edificio del Campus Oriente. Con dos proyectores de la universidad, armé un carrusel que calzaba perfecto con los arcos y los pilares de una cúpula. Estaba muy oscuro y se veía bien, aunque un poco deslavado porque no tenía los recursos que tengo ahora para proyectar. Fue muy significativa esa experiencia para algunos compañeros, que cada vez que pasaban por ahí recordaban el carrusel. Hay algo nostálgico en la experiencia de proyectar. Estuvo ahí, fue efímero, pero de alguna forma perdura. Paralelamente, mi hermano Octavio estaba estudiando diseño y también comenzó a interesarse por el uso de la luz, entonces se nos ocurrió en 2009 hacer nuestra primera proyección mapping a gran escala en el Museo de Arte Contemporáneo. Quisimos mostrar el edificio desde adentro hacia afuera y, al mismo tiempo, todo lo que estaba pasando alrededor de él.

La luz ha sido la materia prima de toda nuestra trayectoria. Está en todas partes. Se puede usar el sol, el fuego, las luces caseras. No hay impedimentos. Con Octavio llevamos 11 años haciendo intervenciones lumínicas y es nuestra matriz, nuestra base. Se adapta a distintos soportes, es versátil, cobra forma tridimensional y es muy simbólica. En sí misma tiene un valor, y por eso siempre me ha interesado la arqueoastronomía, que es el estudio de cómo las culturas pasadas construyeron en torno al cielo, las estrellas y la posición del sol.

La luz ha sido la forma que tenemos de manifestarnos frente a injusticias sociales. Así como los bailarines salen a bailar en las marchas, nosotros salimos a iluminar. Cuando se activó el movimiento Patagonia sin Represas salimos con un auto a proyectar en la calle. Cuando fue asesinado Camilo Catrillanca proyectamos su imagen junto a unos versos de Raúl Zurita y en Ventanas, de noche, usamos el humo de las chimeneas industriales como soporte para proyectar la frase Zona de sacrificio, mensaje que al mismo tiempo iluminaba todo el humo que se emanaba. Hemos proyectado en el Palacio de Tribunales, en la Torre Entel, en otras ciudades de Chile y el mundo. Hemos revivido muertos a través del mapping, como hicimos con Pablo Neruda, Rodrigo Rojas de Negri o Salvador Allende en las calles. Hemos mostrado la cultura Selknam en Moscú. Nos hemos manifestado contra la violencia de género.

La luz tiene la característica de alcanzar cierta monumentalidad: algo pasa con la escala que el mensaje se torna poderoso y a pesar de que es efímero, queda en la memoria. Es directo y por eso cuidamos mucho la forma en que lo hacemos. Elegirlo implica un debate interno largo, aunque cuando es un concepto transversal potente, algo que se está hablando en todo el mundo, nos llega mucho más rápido a la cabeza. Así nos pasó con Hambre.

Artistas como Alfredo Jaar o el grupo CADA –colectivo de artistas que en dictadura hicieron importantes intervenciones en el espacio público– han sido grandes referentes para nosotros.

Más que activistas o artistas, nos sentimos como artivistas lumínicos. Vemos en el arte una forma de problematizar y visibilizar lo que no se quiere mostrar o nombrar. Por eso nos hackearon nuestras cuentas, por eso recibimos tantas amenazas y fuimos censurados, paradójicamente, con más luz cuando proyectamos Humanidad y Solidaridad. Pero hemos tenido la fortuna de ser visibilizados, de denunciar ese hostigamiento y eso nos protege. Si callas y no dices nada, puedes desaparecer sin que nadie se entere, como les ha sucedido a diferentes activistas en la historia.

Actualmente estamos encerrados, pero activos. Pusimos hace unos días un recurso de protección en la Corte de Apelaciones de Santiago por la censura de la que fuimos víctimas hace un mes y estamos creando y pensando nuevas intervenciones para salir a la vía pública cuando termine esta cuarentena.

La visibilidad siempre ayuda y nos da el impulso para no parar de hacer lo que nos gusta. La Red Internacional de Artistas Lumínicos ha sido de mucho apoyo en este sentido y también las redes que nosotros mismos hemos generado. Nos interesa el trabajo en equipo con otros artistas y colectivos. Creemos que el arte tiene esa fuerza para reflexionar en torno a los debates sociales y que siempre va a la vanguardia. No pertenece a partidos, no es publicitario y puede generar impacto masivo”.

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