Aterrizar suave: cómo volver al trabajo y enfrentar el duelo postvacacional

Ilustración: César Mejías

Se viene el último fin de semana de febrero y con ello el inexorable fin del verano. Para miles de personas eso significa el término del descanso y el regreso a la oficina o los estudios. Conversamos con dos especialistas para que nos dieran sus recomendaciones de una aclimatación armónica.




Es un sentimiento que probablemente se arrastra desde el colegio. Febrero, segunda semana, el mes es corto y empieza un nerviosismo largo, intenso. Los trámites propios del “regreso a clases”: ir a comprar el uniforme, ese olor a camisas blancas y la aspereza de los pantalones grises. Chaleco azul marino, zapatos. Algunos padres hacían incluso probarse las parkas, cuando afuera había 30º a la sombra.

Esa sensación, muy parecida a la de domingo por la tarde-noche, es la que aparece ya en la adultez cuando el final de las vacaciones empieza a aparecer en una inexorable cuenta regresiva. Un escalofrío que recorre la columna de solo pensar en abrir el correo, levantarse temprano y volver al modo trabajo.

Se relaciona también con el añoso “se apareció marzo”, pero no ahondaremos ahora en el ítem de gastos asociados a este fatídico mes, sino a la sensación psicológica de hacer que el cuerpo y la mente pasen de golpe y porrazo del relajo a la responsabilidad.

El asunto tiene nombre y se conoce —aunque no es realmente un síndrome— como “síndrome postvacacional”.

En su entrada de Wikipedia se define como “el estado que se produce en el trabajador al fracasar el proceso de adaptación entre un periodo de vacaciones con la vuelta a la vida activa, produciendo molestias que nos hacen responder a nuestras actividades rutinarias con un menor rendimiento”.

El tema ha sido bastante estudiado puesto que no solamente afecta al individuo sino a la colectividad, ya que altera la performance de la fuerza laboral y por ende la de la economía. David Ballard, director del Centro para la Excelencia Organizacional de Asociación Psicológica de Estados Unidos, profundizó en este exacto fenómeno en su estudio de 2018 titulado “Trabajo y Bienestar”, donde concluyó:

“Cuando la gente vuelve al trabajo y hay un montón de tareas esperando, lo que ha ganado en términos de descanso desaparece muy rápido. Si te empiezas a preocupar apenas tus vacaciones terminan, eso empieza a comerse la experiencia de recuperación”.

¿Hasta qué punto es “normal” sentir esa lata de tener que volver a trabajar después de unas semanas en la playa y en qué momento hay que preocuparse o, mejor aún, ocuparse? ¿Qué nos puede estar diciendo esa sensación respecto de nuestro trabajo y/o vida? ¿Cómo podemos hacer frente o reducir lo más posible esta incomodidad?

Ilustración: César Mejías

Normal hasta que no es normal

Si estás leyendo esto durante tus últimos días de vacaciones y te identifican estas lúgubres sensaciones, no es para preocuparse. Es algo completamente normal.

“Con la forma tan intensa que trabajamos, una o dos semanas de vacaciones no permiten desconectarnos”, dice Mariana Bargsted, psicóloga y doctora en Comportamiento Social y Organizacional, académica de la Escuela de Psicología de la U. Adolfo Ibáñez y directora del Observatorio de Futuro del Trabajo. Está comprobado que “después de dos semanas uno recién se relaja, por eso la sensación más general es que faltaron días de vacaciones”.

Josefina Guzmán, psicóloga de Clinica INDISA, también descarta de plano que se trate de un “síndrome”. “Es totalmente normal sentir un poco de frustración, algo de ansiedad y por ende presentar una menor tolerancia a las labores, estar un poco más irritable”, dice sobre el regreso de vacaciones.

“Lo esperable es que la primera semana sea así y la segunda ya sea todo un poco más normal; esa es la adaptación”. Aunque de inmediato reflexiona y se cuestiona qué es lo “normal” a estas alturas.

“El estrés no es el mismo que hace unos años, por lo tanto todas estas adaptaciones son más difíciles hoy, ya que estamos sometidos a un estado de alerta permanente producto de la pandemia”.

No es raro, entonces, sentir una pequeña incomodidad al comienzo, como arena en el zapato del alma, cuando se pasa de la reposera en el lago a la oficina en el centro de la ciudad. Eso sí, hay que poner ojo porque estas sensaciones, si son intensas, pueden ser una alerta de que nuestro trabajo nos hace daño.

“Si se vuelve patológico —si hay dolores de cabeza constantes, molestias gastrointestinales, trastornos del sueño, alimenticios o de conducta— ahí habría que consultar con un especialista”, aconseja Guzmán.

“Cuando hay ansiedad corporal o psicológica, irritabilidad, tensión o inquietud, es un indicador de que el trabajo tiene elementos negativos de estrés o riesgo psicosocial”, advierte Bargsted. En ese caso, más que un trastorno adaptativo es tu cuerpo-y/o-mente diciéndote “amiga, sal de ahí”.

Vacaciones de las vacaciones

La fórmula más eficiente y absoluta de evitar 100% este “síndrome” post-vacacional es no tomarse vacaciones nunca.

Broma.

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Foto: Leonardo Rubilar Chandía / AGENCIAUNO

Salvo para la gente que no tuvo vacaciones este verano. Esas personas pueden leer esto y pensar, viendo el vaso medio lleno —algo siempre importante—, que al menos no tendrán que lidiar con la adaptación de regreso al trabajo.

La realidad es que no existe una fórmula mágica para no sentir esa micro-nostalgia por el descanso ni evitar el tedio de tener que volver a la rutina del trabajo y/o los estudios. Pero si hay algunos lifehacks buenos que se pueden utilizar.

Lo primero y más interesante, aunque quizá lo más abstracto también, lo recomienda Josefina Guzmán: “Es importante incorporar el descanso como algo habitual en la vida. Si uno posterga o evita las vacaciones como algo frecuente, cuando se terminan se sienten como un duelo”. Si uno no considera a las vacaciones como parte de la rutina vital, por decirlo así, tu cabeza cree que nunca más va a tenerlas.

En esa línea, un buen consejo lo aporta este artículo de Medium, donde aconsejan comenzar a planificar o tirar ideas, respecto del próximo destino o plan para las siguientes vacaciones. Así, al menos, tu mente ya se empieza a ilusionar con una nueva aventura.

Otra cosa interesante que sugiere el mismo texto es que, si todavía estás de vacaciones y te quedan unos días, conviene comenzar a comer un poquito más sano. Tomar mucha agua y quizá hacer un poco de ejercicio, en modo relajado. No suena como una mala idea para llegar con el cuerpo y la cabeza bien despejados.

Quizá también puedes aprovechar de avanzar, aunque sea un poco, en las partes más entretenidas de tu trabajo. Planificar cosas de largo plazo que en el día a día nunca tienes tiempo de hacer y que le pueden dar un norte un poco más holístico a tu pega.

Tercero: pensar en qué cosas de las vacaciones, de lo que te gustaron de ellas, puedes agregar a tu rutina de vida normal. Andar en kayak probablemente no, pero sí cosas como salir más seguido a comer, jugar juegos de mesa, cocinar cosas distintas o conocer lugares nuevos.

Para un aterrizaje lo más armónico posible, Mariana Bargsted recomienda “volver con calma, despacio, quizá el primer día dedicarse a mirar los pendientes y planificar; no ponerse metas altas la primera semana”.

“Lo duro del proceso depende de cuán radical es lo que estabas haciendo versus lo que vas hacer. Por ejemplo, pasar de una playa a una oficina. El malestar tiene que ver con eso, por eso conviene hacerlo paulatinamente”, agrega.

En ese sentido, aconseja no regresar a casa el último día de vacaciones. “Eso es bueno, tanto para ahorrarse los posibles tacos como para poder habituarse de nuevo a la casa y la ciudad”.

Por último, sugiere no cerrarle la puerta definitivamente a las vacaciones, al menos al mood relajado y buena onda que ellas consiguen en uno. “Es buena idea organizar algo para el fin de semana que viene, una salida a comer, conocer algún lugar, tener un panorama en mente para que la semana pase más liviana”.

Un último tip es organizar un día para mirar las fotos y los videos que se hicieron durante esos días, para así mantener los recuerdos vivos y no olvidar que al final lo más espectacular de las vacaciones son la o las personas con las que fuiste y —lo más probable, esperemos que sea así— volvieron contigo.

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