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“Estamos atrapados en el infierno”: los testimonios de iraníes tras meses de crisis política interna y guerra

Todos hablando en condición de anonimato, por temor a represalias del régimen de los ayatolás, un artículo de The New York Times recopiló las vivencias de ciudadanos del país islámico que enfrentan cortes de agua y electricidad, altas tasas de inflación y represión interna.

Personas participan en una procesión para despedir al fallecido líder supremo de Irán, Ali Khamenei, en Teherán, Irán. Foto: Xinhua Mehr News Agency

Cuando Behnam, un músico desempleado de Teherán, llama a su familia o a sus amigos para saber cómo están, nunca empieza hablando de la guerra.

“La primera pregunta que nos hacemos es ‘¿has comido?’”, cuenta a The New York Times. A sus 38 años, resume en una frase la magnitud del deterioro que atraviesa Irán: “Sinceramente, hemos llegado a un punto en el que solo pensamos en sobrevivir”.

Un ritmo de guerra terriblemente familiar ha vuelto para los iraníes: carreteras bombardeadas, el valor de su moneda -el rial iraní- en caída libre, mensajes amenazantes de Donald Trump en redes sociales y la retórica punitiva de los líderes religiosos del país. Sobre ese telón de fondo, la vida cotidiana se ha reducido a la mera subsistencia.

Como todos los iraníes entrevistados, Behnam pide que no se publique su apellido, por temor a represalias del gobierno de los ayatolás.

Horca preparada para la ejecución pública en Irán. Foto: archivo

Su testimonio, junto al de otros ciudadanos, fue recogido originalmente por The New York Times, que accedió a un país donde planificar el futuro “parece un lujo absurdo”. Los iraníes, empobrecidos por la crisis constante, compran arroz por tazas. Sustituyen frutas y verduras por suplementos vitamínicos, más baratos, mientras Estados Unidos e Irán intercambian ataques contra instalaciones militares, puertos y plantas desalinizadoras en toda la región.

Durante más de un año, los iraníes han quedado atrapados en un ciclo constante de ataques aéreos, represión interna y devastación económica. Un breve alto el fuego alcanzado el mes pasado con Washington les dio un respiro de los bombardeos, aunque no de una economía en descomposición.

El derrumbe de ese acuerdo en las últimas semanas volvió a sumir al país en la guerra, y muchos sienten que sus vidas están en suspenso o que ya no les pertenecen.

“Ya no tengo control sobre mi vida”, dice Behnam al diario estadounidense. “Nuestro destino está en manos de quienes no piensan en la gente común”, agrega.

Crisis tras crisis

El ciclo de crisis se remonta a la llamada “Guerra de los Doce Días” frente a Estados Unidos e Israel, que devastó el país en junio del año pasado.

Tras esos combates, el gobierno impuso un bloqueo de internet de varios meses, alegando motivos de seguridad nacional, que hundió aún más a una economía ya debilitada. Luego, una crisis inflacionaria que comenzó en diciembre pasado desencadenó protestas antigubernamentales que se transformaron en un movimiento nacional, reprimido en enero con la ofensiva más feroz que Irán había experimentado en décadas. El resultado de esto fue decenas de miles de muertos, según organizaciones humanitarias, y un país profundamente dividido.

Semanas después, en febrero, Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, anunciaron su guerra contra el país islámico. La describieron como una “oportunidad única” -apuntó el Times- en una generación para derrocar a los gobernantes autoritarios del país.

Oraciones masivas durante las ceremonias fúnebres de Alí Jamenei en la Gran Mosala de Teherán. Foto: archivo

Aviones estadounidenses e israelíes bombardearon el territorio, destruyeron infraestructura y provocaron la muerte del entonces líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y de miles de civiles. Pero el régimen teocrático ha permanecido intacto, envalentonado por su propia supervivencia.

Asal, una comerciante de 20 años de una ciudad cercana a Teherán, fue una de las miles de personas que participaron en las protestas de enero. Entre lágrimas, al describir el arresto y las torturas que, según ella, sufrieron ella y sus amigos, comentó que alguna vez esperó que la intervención estadounidense-israelí ayudara a derrocar al régimen. “Trump nos dijo que quería salvarnos, pero no era cierto”, afirma. “Lo que pase en el futuro ya no me importa”, sigue.

El precio a pagar

A la angustia ciudadana se suma, según varios testimonios iraníes, ver cómo sus seres queridos intentan superar las dificultades económicas solo para que sus pequeños avances sean aplastados por la siguiente crisis.

Farzad, un diseñador web de Teherán, relata que durante la recesión posterior a la Guerra de los Doce Días una amiga de la familia comenzó a vender encurtidos y mermeladas caseras por Instagram para complementar una pensión que ya no le alcanzaba. El negocio, que antes prosperaba, se derrumbó durante el bloqueo de internet que el gobierno impuso durante la represión de enero y los primeros meses de la guerra.

Algunos iraníes señalan que los precios se han disparado a tal punto que renuncian a la atención médica o compran vitaminas para sustituir las frutas y verduras de su dieta, porque resultan más baratas. “Dejemos de lado las estadísticas”, dice Farzad al referirse a la magnitud del colapso. “La conocemos por experiencia propia, por lo que hemos vivido”.

Una mujer pasa junto a una valla publicitaria con los retratos de los líderes iraníes y libaneses asesinados en la plaza Enghelab de Teherán, Irán. Foto: archivo ATTA KENARE

Incluso cuando los bombardeos estadounidenses cesaron el mes pasado, las humillaciones continuaron. El gobierno mantuvo la represión contra la oposición, con una oleada de ejecuciones de manifestantes en enero y la confiscación de propiedades de disidentes.

El mes pasado, ciberataques paralizaron tres de los principales bancos del país, según las autoridades islámicas, y millones de iraníes perdieron de golpe el acceso al poco dinero que tenían. Para cuando se resolvió el caos bancario, Irán ya estaba de nuevo en guerra.

Sin embargo, no todos comparten la misma lectura. Los partidarios del gobierno sostienen que el país no tiene otra opción que seguir luchando. “Todo tiene un precio”, dice Hossein, quien dirige un negocio en línea desde la ciudad portuaria de Bandar Abbas, blanco de intensos bombardeos estadounidenses la semana pasada.

“Enfrentarnos a Estados Unidos y preservar nuestra independencia es mucho más valioso que convertirnos en otro país de la región que simplemente dice sí a todo lo que Estados Unidos quiere”, sostiene.

“No hay salvación”

Buena parte de los nuevos bombardeos se ha concentrado en el sur de Irán, consignó The New York Times. Farideh, de 51 años, observa consternada cómo los bombardeos estadounidenses han destruido vías férreas y derribado puentes en su región, dejando a algunos residentes aislados durante días.

En la provincia sureña de Hormozgán -en el litoral del estrecho de Ormuz-, los ataques aéreos inutilizaron las redes eléctricas y una planta desalinizadora, según el director de la compañía local de distribución eléctrica, Hamid Saed Panah, y el vicegobernador provincial, Ahmad Nafisi. Estados Unidos no se ha pronunciado sobre estas afirmaciones.

Adherentes del régimen islámico asisten a una ceremonia fúnebre militar en Teherán, Irán, en marzo de este año. Foto: Xinhua Sha Dati

Algunos residentes del sur cuentan que se quedaron sin agua corriente y soportaron cortes de electricidad de varias horas, en medio de temperaturas que rozan constantemente los 50 grados Celsius durante el verano boreal.

“Ha sido una experiencia extremadamente amarga y estresante, llena de desesperanza sobre el futuro”, dice Farideh, a quien le cuesta imaginar qué será de la educación de sus hijos y qué perspectivas laborales les quedarán. “Desafortunadamente, nosotros, el pueblo, estamos pagando el precio de los errores y la obstinación de los gobiernos”, lamenta.

Cada noche, los fieles a la república islámica acampan en las calles de la mayoría de las ciudades para exigir que el gobierno opte por la guerra en lugar de la paz, lo que exaspera a quienes solo anhelan que la crisis termine. En ese punto de agotamiento, el futuro se ha vuelto difícil de proyectar.

“La situación se ha vuelto tan grave que todos han perdido la cabeza”, resume Mohsen, un comerciante de la ciudad central de Isfahán. “Estamos atrapados en el infierno y no hay salvación”.

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